Los cielos cuentan la gloria de Dios
En el Salmo 19 vemos la gloria y la revelación de Dios en su creación (vv. 1-6), en su Palabra (vv. 7-10) y en la vida personal (vv. 11-14). Presentamos una interpretación bíblica.
Al profeta Ezequiel se le dijo en una visión divina: “Hijo de hombre, mira con tus ojos [la creación], y oye con tus oídos [la Palabra], y pon tu corazón [el arrepentimiento personal] a todas las cosas que te muestro” (Ez. 40:4).
Son tres ámbitos importantes a través de los cuales Dios habla a la gente y a los que asocia determinadas intenciones. Y David estaba bien preparado para escribir un salmo sobre esto: como pastor en los campos, veía el esplendor glorioso de las estrellas. Como amigo y seguidor de Dios, escuchaba su palabra. Y como pecador bendecido, escuchó las advertencias del Señor y fue conducido al arrepentimiento personal. Así pues, las tres partes del Salmo 19 nos enseñan tres cosas distintas sobre cómo vemos al Creador en la creación, cómo escuchamos la palabra Divinas y cómo reflexionamos sobre nosotros mismos y volvemos nuestro corazón hacia Él.
La revelación de Dios en la creación
El Salmo 19 comienza con una clara afirmación sobre el Creador y la creación. Todo ha sido creado por Dios. Él es el Creador. Y todo da testimonio de su gloria: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”.
La creación da testimonio de la gloria del Creador. Se trata de una afirmación espiritual. Quien ve la creación en su esplendor, encuentra en ella al Creador: “Él es el Hacedor de todo” (Jer. 10:16). “Alégrese Israel en su Hacedor” (Sal. 149:2). “Venid, adoremos y postrémonos; Arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor” (Sal. 95:6). “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud” (Ecl. 12:1).
Las obras de la creación de Dios reflejan su personalidad y sus características en toda su profundidad. Cuando observamos lo creado, podemos llegar a una comprensión más profunda acerca de la naturaleza y la persona del Padre. Consideremos las palabras clave del Salmo 19:
– “Los cielos”:
1) Incluyen el cielo terrenal, el aire, el agua, la atmósfera.
2) Representan el conjunto de la creación (los árboles, los ríos, las montañas, los océanos, las flores, los animales y los hombres).
3) Representan el mundo invisible. Llama la atención que “cielos” esté en plural. Esto parece indicar la profundidad y el significado espiritual del mundo invisible de Dios.
– “El firmamento” se refiere a la bóveda celeste, la atmósfera, el universo. La Tierra está rodeada de una protección divina. Dios cubre nuestras vidas como el firmamento cubre el planeta. Él da luz y vida, protege, guía y abriga. Incluso el diablo lo ha reconocido: “¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene?” (Job 1:10).
– La expresión “obra de sus manos” se refiere a todo lo creado y expresa también nuestro lugar en relación con el Señor.
– “La gloria de Dios” habla de la honra de Dios, de su majestad, poder y luz, pero también de lo que nosotros mismos debemos ser para Él.
La Biblia comienza con la creación: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1). Los cielos y la Tierra fueron creados por Jehová. Son tan perfectos (inmejorables) y variados, atestiguan tanta inventiva y creatividad, son tan adaptables y elaborados, encajan tan bien y forman un conjunto tan armonioso que uno no puede sino maravillarse.
Pensemos en el átomo, en el sistema planetario y en la fuerza que hay en él; las distancias, la interacción entre las fuerzas que hacen posible la vida; los ciclos con los parámetros establecidos por Dios, por ejemplo, el ciclo del agua con la evaporación y las lluvias. Están las corrientes oceánicas y los constantes vientos debidos al poder del sol (una fuerza planetaria importante). También los vientos alisios provocados por la rotación de la Tierra y por las diferencias en temperatura y presión atmosférica (los monzones, los vientos del Sahara, etc.). O pensemos en el milagro del cuerpo humano con su circulación sanguínea (100,000 latidos cardíacos por día, es decir, 2,500 – 3,000 millones durante toda la vida promedio del humano); también el ingenioso sistema para mantener la temperatura corporal, la presión sanguínea y el nivel de las hormonas.
Ante la diversidad de la creación, uno se da cuenta rápidamente de que nada de esto puede ser producto de la casualidad.
Detrás de todo hay un planificador y diseñador magistral. Por eso, en lugar de hablar de “naturaleza” —cuya raíz proviene del verbo latín nasci (= nacer o surgir), haciendo pensar en un desarrollo propio—, prefiero la expresión “creación”.
Los versículos 2 a 6 mencionan algunas características especiales de la creación:
El versículo 2 habla del día y la noche. Nuestro planeta gira, y cuando nuestra posición apunta hacia el sol, disfrutamos de la luz del día. Cuando la Tierra sigue girando, nos movemos hacia el lado opuesto al sol y vemos que este “se oculta” —oscurece.
Los versículos 5 y 6 nos ofrecen una imagen muy interesante del sol. Lo describen de una forma que también es común en nuestro lenguaje cotidiano actual. La Tierra orbita alrededor del sol, pero aquí se habla poéticamente de su “curso”, de cómo sale de su “tabernáculo” y vuelve de nuevo: “En ellos puso tabernáculo para el sol; y éste, como esposo que sale de su tálamo, se alegra cual gigante para correr el camino. De un extremo de los cielos es su salida, y su curso hasta el término de ellos; y nada hay que se esconda de su calor”. Se lo describe como un esposo y un gigante (u hombre fuerte, o héroe, en otras versiones) que recorre su “camino” diario y anual. Es precisamente este tipo de descripción el que insinúa dimensiones espirituales que no podrían expresarse de este modo sin el lenguaje poético.
La creación también nos recuerda que hasta ahora el hombre solo ha entendido una pequeña parte de su inmensa realidad (quizá el 5%).
Tres mil estrellas son visibles a simple vista. En el año 1500, Nicolás Copérnico (1473-1543) afirmó que los planetas giraban alrededor del Sol. Job 26:7 atestigua: “Él (…) cuelga la tierra sobre nada”. Y en Isaías 40:22 (700 a. C.) dice: “El está sentado sobre el círculo de la tierra”.
El 13 de noviembre de 1577, Tycho Brahe vio un cometa que cruzaba una órbita planetaria. El modelo copernicano ya no parecía funcionar. En 1609, Johannes Keppler observó que las órbitas planetarias eran elípticas. Complementado por estas observaciones, el modelo copernicano volvió a tener sentido. En 1610, Galileo Galilei contó alrededor de 30,000 estrellas con su telescopio. Jeremías 33:22 (600 a. C.) dice: “Cómo no puede ser contado el ejército del cielo”. Y Job 9:9 (DHH): “Él creó las constelaciones: la Osa Mayor, el Orión y las Pléyades, y el grupo de estrellas del sur”.
En 1680, Isaac Newton descubrió un cometa que giraba en una órbita y regresaba. Esto lo llevó a descubrir la gravedad como la fuerza que crea órbitas y mantiene unido el universo. Newton era muy religioso, y suponía que la ciencia revelaría el plan de Dios.
El sacerdote Georges E. Lemaitre también creía en la creación; descubrió que el universo se expande (el corrimiento al rojo). Entonces, ¿cuál fue el principio? Optó de este modo por la teoría del Gran Estallido (Big Bang).
Hasta 1920 se creía que solo había una galaxia. Einstein creía que no tenía principio y que siempre permanecía en el mismo lugar. Edwin Powell Hubble descubrió una segunda galaxia (Andrómeda) con un telescopio de cien pulgadas. Hoy, gracias a los nuevos telescopios Hubble, sabemos que debe haber unos 100,000 millones de galaxias. Y en 2024 se descubrieron galaxias “primitivas” que ya son increíblemente grandes.
La creación nos recuerda constantemente que Dios es grande y quiere que crezcamos en su conocimiento (cf. Daniel 12:4, 6, 7, 9, 10). En Daniel 12:4 leemos: “Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará”.
La proclamación de la gloria de Dios
El versículo 4 deja claro que la creación es una proclamación mundial y continua de la gloria de Dios.
¿Nos ha llegado ya su mensaje? ¿Hemos experimentado por nosotros mismos que algo de la creación nos ha hablado? ¿Oímos el piar de los pájaros? ¿Nos maravillamos ante las flores?
“Considerad los cuervos, que ni siembran, ni siegan; que ni tienen despensa, ni granero, y Dios los alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que las aves? ¿Y quién de vosotros podrá con afanarse añadir a su estatura un codo?” (Lc. 12:24-25).
“Considerad los lirios, cómo crecen; no trabajan, ni hilan; mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. Y si así viste Dios la hierba que hoy está en el campo, y mañana es echada al horno, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?” (Lc. 12:27-28; cf. Mateo 6:26-30, 33).
¿Qué nos dicen los cielos y los montes? –“Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes. Tu justicia es como los montes de Dios, tus juicios, abismo grande” (Sal. 36:5-6).
¿Qué nos dicen los arroyos y el agua? –“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía” (Sal. 42:1).
¿Qué nos enseña una cascada? –“…y su voz como estruendo de muchas aguas” (Ap. 1:15).
¿Qué aprendemos de la hormiga? –“Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio; la cual no teniendo capitán, ni gobernador, ni señor, prepara en el verano su comida, y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento” (Pr. 6:6-8).
Todas estas cosas de la naturaleza nos dan un mensaje y quieren enseñarnos quién es Dios. Nos muestran sus características, su fidelidad hacia nosotros y sus caminos con nosotros.
La conexión con Israel
En la historia de la salvación, a menudo se vincula la creación con Israel, ya que ella proclama la gloria de Dios. Lo vemos en la imagen del sol del versículo 5. Este astro, comparado aquí con un “gigante”, es el órgano central de nuestro sistema planetario; es una imagen de Dios.
En Malaquías 4:2 leemos: “Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación”. Según Génesis 37:9, José soñó lo siguiente: “el sol y la luna y once estrellas se inclinaban a mí”. Esto simbolizaba a la familia de Jacob, que se inclinaría ante él. En Apocalipsis 12, Israel es representado como “una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas”. Jueces 5:31 dice: “Mas los que te aman, sean como el sol cuando sale en su fuerza” (cf. Salmos 50:1-2; 113:3). Los cuerpos celestes, la luna y las estrellas tienen un significado espiritual múltiple para Israel (Jeremías 31:36-37; Salmos 147:2-5). Impresiona la manera en que se compara a Israel con el universo.
Las nubes formaban la shekinah, la nube de gloria (Éxodo 40:34-35). El arco iris también señala la gloria del Señor: “Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal del pacto entre mí y la tierra. Y sucederá que cuando haga venir nubes sobre la tierra, se dejará ver entonces mi arco en las nubes. Y me acordaré del pacto mío (…) y lo veré, y me acordaré del pacto perpetuo” (Gn. 9:13-16; cf. Génesis 8:22; Ezequiel 1:28).
¿Por qué se crearon la Tierra y el universo? ¿Cuál es el objetivo? Son obra del Dios eterno (no de los dioses) y pretenden mostrar quién es Él: el Todopoderoso en fuerza y poder; y cómo es: creativo, cercano a nosotros, comunicativo en su revelación a nosotros. Los cielos y la Tierra están para guiarnos a adorar al Señor, pues sirven para glorificarlo.
El Nuevo Testamento habla de ello con gran claridad: “Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido” (Ro. 1:19-21).
Al Señor le gusta revelarse. Tiene una naturaleza invisible. Su poder se manifiesta en la creación y es ahí donde se revela su divinidad. Todo habla de que las cosas de este mundo fueron creadas por Dios. Él es el Creador, y de ello se deduce que nadie tiene excusa ante Él. Hay un conocimiento del Padre que puede adquirirse mediante la contemplación (Romanos 1:21); y toda la creación nos llama a glorificar al Señor y a ofrecerle nuestra gratitud.
Hoy en día, la sociedad occidental está ciega a la creación. La visión del Creador es ridiculizada y Él ha sido abandonado. Europa se ha vuelto secular (orientada hacia este mundo). La vida de Darwin fue una tragedia: se extravió, y considerando solo el mundo material, perdió a Dios. ¡Quien niega al Creador ha perdido el punto de referencia para comprender la realidad!
Por qué y para qué hemos sido creados
Estamos llamados a vivir “para alabanza de su gloria” (Efesios 1:4-6, 12, 14). “Te alabaré, oh Jehová Dios mío, con todo mi corazón, y glorificaré tu nombre para siempre” (Sal. 86:12).
¿Cómo lo hacemos?
“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31). “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co. 6:20). “El que sacrifica alabanza [nuestra actitud hacia Dios] me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios” (Sal. 50:23). “Así alumbre vuestra luz [¡no nosotros mismos!] delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los cielos” (Mt. 5:16).
Debemos dar honra a Dios con nuestra forma de vida.
Ayudar a los débiles es una forma de glorificar al Señor: “El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor; mas el que tiene misericordia del pobre, lo honra” (Pr. 14:31).
Lo más importante para glorificar a Dios es creer en Jesús (2 Tesalonicenses 1:12), quien dijo: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Jn. 17:4). Jesús ha realizado nuestra redención para que el Padre sea glorificado (Juan 17:22, 24). Por tanto, se trata de centrarnos en la gloria de Dios y dejar que sea el centro de nuestra vida (1 Pedro 4:10-13; Filipenses 1:9-11). Por otra parte, nuestra fe también se fortalece cuando damos gloria al Señor de esta manera: “Y no se debilitó en la fe [Abraham] al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios” (Ro. 4:19-20).
¿Hemos encontrado el punto de referencia adecuado hacia Dios? ¿O somos como los diseñadores del puente del Alto Rin?
En 2003 se decidió construir el puente del Alto Rin sobre ese famoso río, de 225 metros de longitud, entre las ciudades históricas de Laufenburg (Suiza) y Laufenburg (Alemania). Un equipo suizo y otro alemán iniciaron los trabajos de construcción a ambos lados del Rin, pero cuando las secciones del puente iban a encontrarse, se dieron cuenta de que tenían alturas diferentes. El problema radicaba en que los dos equipos tenían puntos de referencia distintos con respecto a la altura del puente. En Suiza, el punto de referencia es el nivel del agua del Mediterráneo, mientras que Alemania tiene por punto de referencia el nivel del Mar del Norte. Los ingenieros eran conscientes de la diferencia de 27 cm que existe entre los dos, por lo cual se acordó desde el principio que los suizos la compensarían. El error fue que deberían haber construido 27 cm más alto, pero, en lugar de esto, construyeron 27 cm más bajo, lo que dio lugar a una doble diferencia de 54 cm entre las dos secciones del puente…
Del mismo modo, nuestra vida también necesita el punto de referencia adecuado, y este consiste en incluir a Dios en todos los ámbitos de la misma y darle toda la honra a Él. ¿Cómo damos prioridad al Señor en nuestras vidas?
La palabra del Antiguo Testamento para “glorificar” es kabed y significa también “dar peso”. Por tanto, en el sentido de las Sagradas Escrituras, “glorificar a Dios” significa que le demos el peso que merece. Glorificamos a Dios colocándolo en el centro de nuestra vida, porque solo así le damos la importancia que le corresponde. Él debe ser el centro en todo; nuestra atención debe enfocarse siempre en Él. El Altísimo debe ser el punto de referencia de nuestros pensamientos y obras.
También lo glorificamos difundiendo su mensaje. Este mensaje se emite durante toda nuestra vida, no siempre con palabras, pero siempre a través de nuestros hechos.
En los versículos 2 a 4 del Salmo 19, David ilumina e interpreta la revelación de Dios en su creación de la siguiente manera: “Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras”.
Aquí se transmiten importantes verdades sobre el mensaje de Dios testificado a través de la creación: cada día y cada noche, cada semana y cada año dan testimonio. El Señor no duerme; Él prosigue su propósito. El ritmo, la repetición, la precisión matemática, los períodos de sus tiempos de salvación hablan de Él y de cómo conducirá todo a su meta… es fiel, es un Dios con el que podemos contar: “Oh Jehová, roca mía…” (v. 14).
El día nos exige trabajar para Dios (cf. Salmos 104:23). La noche nos invita a descansar en Él. El día nos exhorta a anhelar aquel día que no tendrá fin. Y la noche nos predica que nos dejemos liberar de la noche eterna, que les espera a los perdidos.
El mensaje de la creación va “por toda la tierra”, es universal y omnipresente. Para Dios no hay fronteras donde este mensaje no pudiera llegar; ni montañas, ni valles, ni mares, ni países. Aquí ya vemos algo de la gran comisión, de la voluntad del Todopoderoso de ser conocido y glorificado en todas partes, de que se reconozca Su señorío y reinado sobre todo el mundo.
El mensaje profético de la creación
“En ellos puso tabernáculo para el sol; y éste, como esposo que sale de su tálamo, se alegra cual gigante para correr el camino. De un extremo de los cielos es su salida, y su curso hasta el término de ellos; y nada hay que se esconda de su calor” (Sal. 19:4c-6).
Al reflexionar sobre la creación, es inevitable establecer una comparación entre el sol y Jesucristo. Él vino según el plan de redención del Padre, y puso su tabernáculo entre nosotros: “…habitó entre nosotros” (Juan 1:14) y llevó a cabo la reconciliación en la cruz. La gloria del sol natural no es más que un reflejo de la gloria de Dios.
Jesús también es comparado en las Escrituras a un esposo. “Y éste, como esposo que sale de su tálamo…”, dice el Salmo 19:5. En nuestra cultura, la novia es la protagonista de una boda, cuando entra a la ceremonia. Entre los hebreos, lo era el novio: “…y como el gozo del esposo con la esposa, así se gozará contigo el Dios tuyo” (Is. 62:5). “¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos?” (Mt. 9:15). “Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!” (Mt. 25:6).
El sol saliendo de su tálamo [lecho nupcial] nos recuerda la primera venida de Jesús. Cuando se ve un amanecer, parece que el sol sale de una habitación y sube en el firmamento, hasta que vuelve a su alcoba al atardecer. De esta manera, el novio sale de su cámara en su día de honor, vestido con ropa espléndida, para recoger a su novia. “Se alegra [el sol] cual gigante [en hebreo guibbore = atleta, guerrero distinguido por su fuerza y valentía] al correr la carrera”. En Isaías 9:6, la misma palabra es usada en la expresión “Dios Fuerte”, en una descripción profética de Jesucristo: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto”. Y verdaderamente, Jesús abandonó la habitación del Padre en su encarnación para recorrer como un guibbore, un fuerte guerrero y gigante espiritual, su camino entre nosotros hasta su sacrificio en el Gólgota.
Cuando seguimos leyendo, el versículo 6 nos recuerda la segunda venida de Jesús: “De un extremo de los cielos es su salida, y su curso hasta el término de ellos; y nada hay que se esconda de su calor”. La promesa del regreso del Señor se cumplirá con la misma seguridad que se cumplió su primera advenimiento, y entonces no habrá nada en la Tierra “que se esconda de su calor”. “Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama. Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada” (Mal. 4:1-2).
En El Tesoro de David de C. H. Spurgeon, una interpretación de los Salmos, encontramos las siguientes explicaciones:
“Jesús, como el sol, reside en medio de la revelación, teniendo su tabernáculo entre los hombres en todo su resplandor (‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’; Jn. 1:14); gozándose, como el Esposo, de su Iglesia; para revelarse a los hombres y, como un campeón, conseguir renombre para Él. Él hace un circuito de misericordia, bendiciendo los rincones más remotos de la Tierra (…) y a ningún alma buscadora se le niega el calor revitalizante de su amor”.
Sin embargo, ¡hay miles y miles de personas que ven las glorias de la creación sin reconocer al Creador que hay detrás!
La revelación de Dios en la Palabra
En el curso de la historia de la salvación, Dios también dio al mundo su Palabra escrita a través del pueblo de Israel para revelarse aún más claramente (Romanos 9:4-5). Esto es lo que dice la segunda parte de este hermoso salmo: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo” (Sal. 19:7).
No se trata del cumplimiento de una ley, sino de un nuevo modo de vivir: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gá. 6:2). Ella refresca y fortalece a toda la persona y restaura y alienta el alma. Se puede confiar en lo que el Señor atestigua en su Palabra, la cual da sabiduría al sencillo e inexperto.
“Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos” (Sal. 19:8).
Cuando empezamos a aplicar personalmente las instrucciones de la Palabra de Dios, esta nos lleva a áreas completamente nuevas. Podemos reconocer caminos por donde ir, se derriban fronteras y se abren puertas. El estudio de la Biblia conduce al trabajo misionero y da alegría al corazón.
Los mandamientos deben ser claros, y eso es exactamente lo que es la Biblia. La mayor parte de lo que está escrito es claro y permite al lector un profundo conocimiento más allá de lo que comúnmente se sabe y entiende en el mundo.
“El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal” (Sal. 19:9-10).
La propia Palabra está llena del temor de Dios y nos muestra que es algo que nunca debemos abandonar. Los juicios, en nuestros países, muchas veces carecen de justicia. Los valores están completamente tergiversados en el mundo, o ya se han perdido; pero David valoraba mucho los justos juicios de Jehová.
¿Quieres hacerte rico? ¿Quieres obtener lo que es escaso y de mucho precio, como la miel en el tiempo del Antiguo Testamento? Así como ya se hizo visible en la creación, encontrarás la gloria de Dios aun con mayor claridad en su Palabra.
La revelación de Dios en la vida personal
Mucha gente hoy en día no ve la creación como algo tan importante para conocer a Dios; otros hace tiempo que perdieron su relación con la Palabra impresa, así que el mensaje ya no les llega. ¿Acaso no está ahí? Sí, pero ya no les habla. Se necesita la revelación de Dios en la vida personal, como vemos en la de Pablo: “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles (…). Y glorificaban a Dios en mí” (Gá. 1:15-16, 24).
“Tu siervo es además amonestado con ellos (los juicios de Dios); en guardarlos hay grande galardón”, dice David en el Salmo 19:11. La Nueva Versión Internacional lo expresa así: “Por ellas (las ordenanzas del Señor) queda advertido tu siervo: quien las obedece recibe una gran recompensa”.
La última parte del salmo trata de la aplicación a la vida personal: David considera su vida, reflexiona sobre ella y llega a ciertas conclusiones; entonces se encamina hacia un cambio de vida. Deja que el Señor le advierta de los caminos equivocados, presta atención a las instrucciones bíblicas y espera una recompensa celestial: la perfección. Encontramos una buena analogía en Colosenses 3:1-4: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria”.
David ha adquirido una profunda percepción de la naturaleza del pecado: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (Sal. 19:12). Cuando dejamos que la Palabra agudice nuestra conciencia, reconocemos nuestros propios pecados.
David no quería llegar a querer el pecado, ni que este tuviera poder sobre él. El salmista dijo: “Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión” (v. 13). Aquí pide a Dios guardarlo de pecados voluntarios de soberbia (cf. Números 15:30-31).
Según el Antiguo Testamento, quien elige conscientemente una vida de pecado, quien renuncia voluntariamente a Dios en lugar de encomendarse al sacrificio del Señor, no tiene otro sacrificio para obtener el perdón.
Sin embargo, David se deja guiar a una decisión personal y experimenta la seguridad de haber sido perdonado: “Entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión” (Sal. 19:13).
El hijo de Isaí renuncia a su corazón dividido y recibe la paz y el perdón. El resultado de haber recibido la voz del Señor es una verdadera transformación y restauración. David también examina su lenguaje y decide que confesará claramente a su Dios: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío” (v. 14). Quiere que haya congruencia entre sus pensamientos y sus palabras; quiere practicar una piedad auténtica.
“Oh Jehová, roca mía, y redentor mío” (v. 14b). David ha encontrado a su Roca, su Redentor. El término “roca” nos recuerda al Dios de la creación; el nombre “redentor” nos recuerda la obra de Cristo en el Gólgota. En el versículo 1, donde se dice que los cielos cuentan la gloria de Dios, el texto original hebreo utiliza el nombre Elohim. En el versículo 7, donde David habla de la Palabra de Dios, la referencia es a Yahvé, el nombre que el Señor usa en su relación con los redimidos, los que han experimentado su poder salvador. Es el nombre de Dios para Israel, que lo conoce más íntimamente, y es el nombre que usa en el pacto que ha hecho con su pueblo. Es el nombre que describe la relación personal y amorosa de Dios con los suyos.
La gloria del Señor revelada en la creación es majestuosa, poderosa y de sumo significado, pero no es suficiente para nosotros. Cuando contemplamos el cielo, el universo, el mundo vegetal y animal, podemos sentirnos realmente maravillados, mas solo podemos captar y comprender en verdad lo que el Señor quiere ser para nosotros a través de la revelación en el Hijo y en la Palabra. Dios se nos revela como la Roca, pero también quiere ser nuestro Redentor. Y lo experimentamos como Redentor cuando nos dejamos conducir a una relación personal con Él a través de su Palabra.