Cuando los caminos de Dios parecen no ser perfectos

John Meador

¿Cómo reaccionamos cuando las cosas no salen como esperábamos de parte de Dios? – Las experiencias que tuvo el apóstol Pedro con el Señor Jesús nos muestran claramente lo que importa en momentos así.

Pedro es quizá el más transparente de los doce discípulos. Dado que la Biblia habla bastante sobre él, podemos aprender quizás más de este pescador galileo y de sus luchas interiores, que de cualquier otro de los discípulos.

Casi todo el mundo puede identificarse en algo con Pedro, ya que él experimentó los momentos más gloriosos y también los más tristes y angustiantes. Como discípulo de Jesús, fue tanto un modelo como un fracaso. Habló a favor y en contra de Jesús; y Cristo le amó y reprendió.

Si representáramos la vida de Pedro como un gráfico, sin duda encontraríamos un punto en algún lugar de ese cuadro en el que podríamos identificarnos plenamente con él. Pocas personas han tenido una actuación tan brillante, y a la vez tan desatinada y en un plazo tan corto como Pedro.

Apenas unos meses después de la impactante experiencia en el Monte de la Transfiguración, donde Pedro y otros dos discípulos presenciaron la transfiguración de Jesús, y presenciaron la aparición de Moisés y Elías, Pedro cae en el pozo más profundo de su vida.

Cuando Jesús dice a sus discípulos después de la última cena de Pascua: “Todos ustedes me abandonarán” (Mr. 14:27 nvi), Pedro responde con brío: “Aunque todos te abandonen, yo no” (v. 29 nvi).

El Evangelio de Mateo describe con todo detalle lo que sucede a continuación. Poco después de la declaración de lealtad de Pedro, tan seguro de sí mismo, Jesús, que ha sido traicionado por Judas, es arrestado y llevado ante el Sanedrín. Los discípulos huyen, salvo Pedro, que quiere permanecer fiel a su Señor. Se siente magnetizado por la escena surrealista que se le presenta. ¿Puede ser que todas sus esperanzas y sueños hayan sido en vano? Este seguramente no es el futuro con Jesús como él se lo había imaginado.

En el patio de Caifás, Pedro es testigo de cómo van aumentando, tanto el odio como las acusaciones contra Jesús, hasta que en un momento el sumo sacerdote rasga su manto y acusa a Cristo de blasfemia. Entonces los espectadores se convierten en una turba que golpea y escupe al Hijo de Dios. Pedro ya no sabe qué hacer; está lleno de miedo y de confusión, y se siente desilusionado.

Tres veces durante esta acalorada escena, a Pedro se le acercan personas que le dicen: “¿No eres tú también uno de esos seguidores de Jesús?”; Pedro lo niega con vehemencia tres veces y olvida que había jurado a Jesús que nunca le abandonaría.

Después de la tercera negación, Pedro recuerda de repente lo que el Señor le había dicho: “Antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. Y saliendo fuera, lloró amargamente (Mt 26:75).

Ahí lo tenemos, para que todo el mundo puede verlo: Pedro ha negado a Jesús.

Hay un detalle que únicamente lo relata Lucas en su evangelio y que a menudo es pasado por alto. Allí dice: “Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro” (Lucas 22:61).
¿Te imaginas cómo habrá sido eso?

Cuando la vida no es lo que pensábamos que sería
Antes de condenar a Pedro por cobarde, deberíamos pausar un momento y pensar: ¿Con qué frecuencia no hacemos básicamente lo mismo que él? Merece la pena pensar cuántas veces nos hemos encontrado en una situación similar a la de Pedro.

¿En qué aspectos se compara esta situación con la de Pedro? Nuestra fe se tambalea porque Dios no está haciendo lo que esperábamos. Vemos que el mal triunfa sobre el bien; parece que la injusticia tuviera la última palabra. Seguimos valientemente intentando creer y orar, pero parece que es inútil. Pensábamos que conocíamos la voluntad de Dios e hicimos nuestros planes acordes a ella, pero los mismos se hicieron añicos mientras el Cielo guarda silencio. El matrimonio o la familia que veíamos como la dirección de Dios nos ha decepcionado; o quizás una persona a quien admirábamos ha caído en pecado, y nos sentimos defraudados y desilusionados.

Y luego, en nuestra angustia y decepción, culpamos al Padre. ¿Dónde estaba cuando ocurrió la desgracia? ¿Por qué permitió que ocurriera? No se comportó como esperábamos de un Dios amoroso. Y eso a pesar de haber puesto nuestras vidas en sus manos. Esta es una crisis de fe sin igual: el Todopoderoso no hace lo que claramente puede hacer, y a veces ni siquiera hace lo que (creíamos) había prometido —Ya no entendemos a Dios—.

¿Te has sentido alguna vez así? Entonces no estás muy lejos de Pedro, que negó a su Señor. Cuando tales pensamientos se apoderan de nosotros, la gran desilusión se cuela en nuestras almas y nuestra fe empieza a flaquear.

Puede ser que nunca digamos en voz alta: “No conozco a esta persona”, pero nos comportamos así. Dejamos de identificarnos claramente con Jesús. Y percibimos cómo Él se da vuelta y nos mira.

Mi esposa Kim y yo lo hemos vivido personalmente. Hace años, mis padres decidieron pasar el resto de sus vidas en la zona de Dallas-Fort Worth, donde nosotros vivíamos. Durante décadas habían vivido muy lejos de nosotros, en el oeste de EE.UU., por lo que las visitas eran raras. El gran sueño de mi madre y su petición de oración era poder vivir cerca de sus hijos y nietos en su vejez. Y también nosotros oramos por ello.

En los años anteriores a la mudanza, mi madre había estado luchando contra el cáncer, pero luego mejoró y los planes de mudarse estaban a punto de concretarse. Nuestros hijos estaban deseando que los abuelos vivieran por fin cerca de nosotros. Se encontró una casa a menos de dos kilómetros de la nuestra, y 15 años de planificación y oración por fin se hicieron realidad. Qué maravilloso sería poder pasar el futuro juntos…

Pero dos semanas después de la mudanza, el cáncer reapareció. Ingresaron a mi madre en el hospital. El diagnóstico fue estremecedor: el cáncer estaba a punto de destruir todo el cuerpo de mi madre. Ella murió poco después, a pesar de nuestros sueños, a pesar de nuestras oraciones, que al parecer Dios había respondido. Había estado tan cerca de la vejez soñada pero no le fue permitido vivir para verlo.

Fue una época oscura para nosotros, una de decepción y sueños rotos. ¿Cómo fue posible esto? ¿Cómo pudo Dios permitir que las esperanzas y oraciones de esta mujer abnegada y profundamente fiel se vieran tan brutalmente defraudadas? ¿Cómo pudo permitir que nuestros hijos sufrieran esta terrible decepción?

Sí, conocíamos todas las respuestas espirituales y bíblicas “correctas”, pero no nos ayudaban en esta situación. También sabíamos que había otras personas cuyos sueños se habían hecho añicos; no éramos los únicos que experimentábamos una pérdida tan abrumadora.

Pero esta vez no fueron otros, sino fuimos nosotros los que sufrimos. Nuestra fe empezó a flaquear y nos costó mucho confiar en el Señor. Creíamos que lo sabíamos todo sobre Él, ¡y ahora esto!

Durante años, en un estante de nuestra cocina había un pequeño bloque de madera en el que Kim había escrito uno de sus versículos favoritos de la Biblia. Era el Salmo 18:31: “El camino de Dios es perfecto” (nvi).

Ella, en su profundo dolor, tomó el texto de la estantería y lo tiró a la papelera. El camino de Dios ya no le parecía perfecto.

¿Cómo encuentras el camino de vuelta a Dios en esas situaciones? ¿Cómo encontró Pedro el camino de regreso?

El camino de regreso es Jesús
La respuesta a la pregunta: “¿Cómo salgo de un pozo así?”, es esta: “Definitivamente, no por nuestros propios medios. Necesitamos a alguien que nos saque”. Y ese alguien es Jesús.

En el último capítulo del Evangelio de Juan, encontramos una conversación muy interesante entre Jesús y Pedro. El lugar: una hoguera a orillas del mar de Galilea.

Es una escena interesante en muchos aspectos. Jesús había muerto en la cruz, pero resucitó milagrosamente al tercer día. Se apareció a sus discípulos, incluido Pedro; de hecho, Pedro fue uno de los primeros en ver la tumba vacía. Uno pensaría que Pedro estaría loco de contento.

Pero él no estaba feliz; Pedro, normalmente el primero entre los discípulos y siempre en primera fila, permanece extrañamente callado en los relatos del período entre la resurrección y Pentecostés. Debía de estar abrumado por todo lo sucedido, pero había algo más. Pedro tenía un problema muy concreto, y lo sabemos por la conversación con Jesús en Juan capítulo 21.

Ocho días después de su resurrección, Jesús se apareció a sus discípulos y volverá a revelárseles en Pentecostés, pero Pedro aún no lo sabe. Todo es diferente a antes de la crucifixión: emocionante, pero al mismo tiempo confuso. Jesús ya no está físicamente presente todos los días. Está vivo, pero ¿qué va a pasar? Todo es un poco nebuloso y los discípulos no saben qué pensar ni cómo comportarse. Así que hacen lo más obvio y vuelven a sus antiguos trabajos.

Pedro y otros seis discípulos están juntos en la orilla del mar de Galilea, y Pedro dice: “Voy a pescar” (Jn 21:3), y los demás le acompañan.

La redacción de la frase de Pedro en el texto original indica algo más que un viaje puntual al lago. Más bien significa: “Ahora volveré a ser pescador. Volveré a hacer lo que sé hacer”.

Sin embargo, al final de la noche, estos pescadores experimentados no pescaron nada. Yo no soy pescador, pero sé que la pesca requiere mucha paciencia. Alguien se sienta allí durante horas en la noche, sin decir una palabra y esperando a que el primer pez caiga en la red.

Al llegar la mañana, ocurre algo que lo cambia todo para Pedro y los demás discípulos.

Imagina por un momento que estás allí con los discípulos en la barca. Viviste cosas que no logras ordenar y te preguntas “¿qué me deparará el futuro?”. Pasaste toda la noche en vela haciendo tu antiguo trabajo, pero no ha servido de nada.

Ahora mira hacia la orilla del lago, quizá a unos cien metros de distancia, y verás lo mismo que los discípulos: un hombre de pie que te llama.

En su conversación con los discípulos, Jesús los saca a todos (pero especialmente a Pedro) del pozo de la frustración y de la confusión.

Lo que Jesús está a punto de hacer por Pedro, puede hacerlo por cada uno de nosotros: Él puede ayudarnos a recomponer el rompecabezas roto de nuestros sueños y expectativas; puede mostrarnos que las esperanzas a las que nos habíamos aferrado no son en absoluto tan vacías como parecían por un momento. Puede ayudarnos a volver a confiar en Él, a creer que aún no ha terminado con nosotros y que no nos ha dado por perdidos. Cristo puede ayudarnos a levantarnos y a continuar caminando con Él.

Volver a saber quién soy
“Y les dijo: ‘Hijitos, ¿tenéis algo de comer?’” (Jn 21:5).

Me encanta la forma en que Jesús se dirige aquí a los discípulos: los llama “hijitos”, que es una expresión de amistad y pertenencia a una familia. Así es como he llamado a mi propia familia durante décadas. Hijitos significa: “me pertenecen, somos una familia”.

Recuerdo cómo una vez me metí en un gran problema cuando era adolescente y cómo mi padre me dijo entonces: “Siéntate, hijo, y escucha con atención. No estás solo. Lo superaremos juntos. Lo superaremos juntos”. En ese momento, volví a saber quién era yo: el hijo de papá, y era exactamente lo que necesitaba escuchar y recordar.

Jesús podría haber llamado a los discípulos de otra manera. Pudo llamarlos por sus nombres o haber dicho: “Varones, ¿habéis pescado algo?” Pero los llama hijitos.

Y ellos lo escucharon; al fin y al cabo, respondían a su llamado. Pero, por supuesto, aún no se dan cuenta de que es Jesús. Es uno de esos momentos surrealistas en los que alguien nos habla de una manera que únicamente una persona puede hacerlo, y despierta en nosotros cientos de recuerdos, pero aún no nos damos cuenta de quién es ese alguien.

Pocos días antes de su crucifixión, en la última cena de Pascua con sus discípulos, en la que Pedro le juró fidelidad, Jesús había dicho a sus discípulos: “Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero (…) a donde yo voy, vosotros no podéis ir” (Jn. 13:33).

Y ahora, tras su completa desilusión y su vergonzosa negación de Jesús, Pedro vuelve a oír la palabra: “Hijitos”.

Pedro pronto aprenderá lo que nosotros también podemos saber: que la relación con Cristo que hemos recibido está llena de gracia. Es inmerecida desde el primer momento, y todos nuestros fallos no pueden acabar con ella. Pedro sigue siendo lo que era antes de negar a Jesús: un amigo de Jesús. ¡Qué gracia divina!

Posteriormente, el apóstol Pablo subrayó una y otra vez que somos hijos de Dios:

“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo…” (Ro. 8:15-17).

“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” (Ef. 5:1).

Y Juan, que estaba en la barca con Pedro aquel día, también lo sabía: “…a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12).

Tal vez tú, como los discípulos de ese entonces, no te des cuenta todavía de que Jesús se dirige a ti de esa manera, pero esto es exactamente lo que está haciendo. Quiere recordarte quién eres: parte de su familia, un hijo de Dios. E incluso, si has estado al final de tu fe cientos de veces y tienes el corazón roto, sigues siendo Su hijo.

Yo solo soy padre terrenal de seis hijos, pero no puedo imaginarme un escenario en el que uno de ellos deje de ser mi hijo. ¡Cuánto menos nuestro Padre celestial dejará de llamarnos hijos suyos!

Aprender a confiar de nuevo en Jesús
Allí, en la orilla del lago, Jesús ayudó a sus discípulos a volver a confiar en su persona: “Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron… “ (Jn. 21:6).

Me sorprende que esos pescadores experimentados siguieran con tanta facilidad los consejos de un extraño en la orilla (porque aún no le habían reconocido), pero aquí estaba ocurriendo algo poderoso.

Con esa invitación, Jesús hizo retroceder la memoria de los discípulos a los comienzos de su relación con Cristo, al día en que les pidió por primera vez que confiaran en Él. En el capítulo 5 de su evangelio, Lucas relata cómo Jesús predicaba junto al mar de Galilea y cómo estos pescadores le escuchaban y, de repente, les ordenó que salieran al lago y echaran las redes. Simón, le dijo: “Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red” (Lucas 5:5).

Entonces pescaron tantos peces que las redes empezaron a romperse. Fue la pesca de su vida y una lección que nunca olvidaron. Lucas cuenta que entonces lo dejaron todo y siguieron al Mesías.

Y ahora, después de la resurrección, Jesús vuelve a hacer lo mismo. “Vuelvan a confiar en mí”, les dice a los discípulos. Y ellos oyen, creen y de nuevo pescan tanto que a duras penas consiguen entrar las redes.

Es el momento en que Juan dice a Pedro: “¡Es el Señor!” (Jn 21:7). Y entonces las escamas espirituales caen de los ojos de los discípulos. El temor que se había apoderado de ellos con la muerte de Cristo les había hecho dudar, pero ahora Él les recuerda que tienen sobrados motivos para volver a creer, pues el Mesías mismo está delante de ellos.

Pedro negó al Hijo porque había cedido a sus miedos. Nosotros también tenemos miedos que nos dominan y que amenazan nuestra fe en el Salvador.

Tengo miedo de no poder seguir determinando mi propia vida.

Tengo miedo de que algo vaya mal si confío en Dios.

Tengo miedo de lo que dirá la gente si sigo a Jesús.

Tengo miedo de no tener vida propia si camino con Dios.

Tengo miedo de que me ocurra algo malo que no puedo entender.

Tengo miedo de que lo que creo sobre Dios y la Biblia resulte ser erróneo.

Tengo miedo de no poder terminar lo que estoy empezando.

Tengo miedo de sucumbir ante la tentación.

Tengo miedo de que la gente descubra mis debilidades y errores.

Tengo miedo de fallar de tal manera que Dios ya no me perdone.

Jesús utilizó un ejemplo sencillo del mundo de los pescadores para mostrar a sus discípulos que podían volver a confiar en Él. Esto nos recuerda constantemente que podemos confiar en Él en todas los asuntos, pero únicamente lo aprenderemos si le obedecemos.

¿Cómo se habían sentido los discípulos cuando su barca peligraba naufragar en medio de una violenta tormenta? En medio de su pánico Jesús les había dicho: “¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza” (Mt 8:26). ¿Cómo se habrán sentido cuando estuvieron en la montaña con 5,000 personas hambrientas y Jesús les dijo: “¡dadles vosotros de comer!” (Mt 14:16)? En aquella oportunidad Jesús bendijo los cinco panes y los dos peces que ellos le trajeron, como solo Él pudo hacerlo, y todos quedaron saciados. Cristo les declaró con eso: “Confíen en mí lo suficiente como para obedecerme”.

Confíen en mí lo suficiente como para obedecerme, nos dice a nosotros Jesús
Jesús sabe más de pesca que los discípulos. Sabe más de relaciones que nosotros. Sabe más que nosotros sobre el matrimonio, la educación de los hijos, los negocios, las amistades y la vida en general. Y lo que es más importante, nos conoce mejor que nosotros mismos. Aprendamos nuevamente a confiar en el Hijo de Dios.

Un verano, cuando mi hija, la del medio, era adolescente, fui con ella a un campamento para padres e hijas cerca del Monte Shasta, en California. Fueron unos días maravillosos.

Un día, mientras nuestro grupo cabalgaba por los vastos prados verdes de la montaña, vi de repente que la silla de montar de mi hija se deslizaba hacia un lado , y luego se cayó del caballo. Primero me asusté, porque íbamos muy rápido, pero luego vi que, gracias a Dios, no le había pasado nada.

El líder del grupo le dijo a mi hija: “Vuelve a montar de inmediato, porque sí no tendrás miedo de montar el resto de tu vida”. Fue un sabio consejo. Volvimos a ponerle la silla, ayudé a mi hija a subir al caballo y seguimos cabalgando. Fue un día maravilloso que todavía recordamos, y mi hija jamás se arrepintió de haber vuelto a montar enseguida.

A veces solo tenemos que montar de nuevo y volver a confiar.

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