Cómo resistir las pruebas y tentaciones

Fredy Peter

Una interpretación de la Epístola de Santiago, la carta más antigua del Nuevo Testamento, y de las lecciones que encierra para nosotros. Parte 2: Santiago 1:1-18. Cómo manejarnos en las pruebas y tentaciones.

Los primeros 18 versículos de la Epístola de Santiago tienen muchísimo contenido: el versículo 1 nos informa sobre el autor y los destinatarios, los versículos 2 a 4 nos animan a resistir con firmeza en las pruebas, los del 5 al 8 nos llaman a la oración fiel, los versículos 9 a 11 nos instruyen sobre ricos y pobres, el 12 menciona la recompensa al resistir en las pruebas, los versículos 13 a 15 nos instruyen sobre las pruebas de la carne y, por último, los del 16 al 18 nos muestran la naturaleza del Padre celestial y nuestro renacimiento. Sin embargo, estos versículos no tratan sobre siete o incluso más temas diferentes, sino sobre uno solo: cómo manejarnos en y con las pruebas y tentaciones. Todos los versículos están estrechamente relacionados entre sí.

El saludo
“Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud” (Stg. 1:1).

La palabra griega para “dispersión” es la conocida palabra “diáspora”. Santiago escribió solo a los cristianos judíos, porque en la época de su redacción solamente había cristianos gentiles aislados, ya que la primera iglesia de creyentes gentiles en Antioquía estaba aún en proceso de formación bajo el ministerio de Pablo.

Los cristianos judíos fueron dispersados por primera vez por la persecución que estalló tras la lapidación de Esteban (Hechos 8:1). Por Hechos 11:19 también sabemos adónde se fueron: “…los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía…”. Y en Hechos 12:1 leemos más tarde de una nueva persecución de la Iglesia por Herodes Agripa. 

Los destinatarios de la carta sufrieron, pues, grandes persecuciones. Por eso, Santiago retoma, con mucho afecto y comprensión pastoral, preocupaciones concretas que inquietaban a los creyentes de su tiempo: ¿Por qué tenemos pruebas y tentaciones? ¿Cómo debemos comportarnos ante ellas? ¿De quién es la culpa? Y estas preguntas no han perdido nada de actualidad hasta nuestros días.

¿Por qué tenemos pruebas y tentaciones?
Nuestro texto habla de dos pruebas diferentes que debemos distinguir. Los versículos 2 a 12 tratan de pruebas positivas, santas, que podríamos llamar “pruebas para bien”, porque Dios las envía. Estas nos abordan desde fuera. Los versículos 13 a 15, sin embargo, hablan de las pruebas negativas, impías, en el sentido de tentación y seducción al mal —estas nos abordan desde dentro—. 

Primero, tratemos de comprender las pruebas positivas: Santiago dice que caemos en ellas de manera repentina, de forma totalmente inesperada y, en la mayoría de los casos, sin culpa nuestra. No nos engañemos: todo el que nace de nuevo tendrá pruebas, porque este es el camino por el que podemos crecer y progresar en la fe. Cuando Dios quiere educarnos y conducirnos, lo hace con pruebas. No podemos prescindir de ellas, y nadie está excluido. Muchos cristianos que han superado duras pruebas testimonian: “Ha sido un tiempo difícil, pero extremadamente bendecido; nunca he experimentado al Señor tan de cerca. No quisiera prescindir de ese tiempo”. Así se cumple Filipenses 1:6: “…estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”.

Por eso Santiago 1:2 dice: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas…”. “Diversas” significa “pruebas de diferentes clases”, como el hambre, la pobreza, la enfermedad, la opresión o la persecución. Solo a través de ellas se demuestra la calidad de nuestra fe. El proceso de prueba nos hace crecer y produce en nosotros una firme perseverancia. “Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (v. 4).

La obra completa no tiene nada que ver con la perfección cristiana o la impecabilidad, sino con una sumisión completa a la voluntad de Dios: “¡Sí, Señor, hágase tu voluntad! Llega a la meta conmigo”. A pesar de esto, en la medida de lo posible tratamos de evitar las pruebas, perdiendo así la oportunidad de progresar en las cosas espirituales. Además, no estamos solos. El Señor nos proporciona un remedio maravilloso: 

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (v. 5).

No se trata de una oración general pidiendo sabiduría, sino que el contexto deja claro que se refiere a momentos de pruebas y desafíos. Cuando ya no vemos salida en nuestra angustia, cuando todo está oscuro y tormentoso, entonces podemos pedir a Dios que nos dé sabiduría para saber cómo comportarnos en esa situación y qué quiere enseñarnos a través de ella. Sin embargo, hay una advertencia que debemos tener en cuenta:

“Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra” (v. 6).

Las consecuencias son duras y claras: “No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos” (vv. 7-8).

Cuando pedimos con fe que Dios nos dé sabiduría, discernimiento y gracia en nuestras pruebas, podemos experimentar lo que Santiago escribe en el versículo 12: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman”.

Además de la perseverancia y la fiel oración, Santiago utiliza un ejemplo concreto para mostrarnos cómo debemos comportarnos durante las pruebas. Porque en ellas también existe el peligro de que nos rebelemos, refunfuñemos, desanimemos o hundamos en la autocompasión.

¿Cómo debemos comportarnos en las pruebas?
“El hermano que es de humilde condición, gloríese en su exaltación; pero el que es rico, en su humillación; porque él pasará como la flor de la hierba. Porque cuando sale el sol con calor abrasador, la hierba se seca, su flor se cae, y perece su hermosa apariencia; así también se marchitará el rico en todas sus empresas” (vv. 9-11). 

Con este ejemplo concreto, Santiago nos muestra claramente que tanto la pobreza —un estatus social o económico bajo y la impotencia social asociada— como también la riqueza son susceptibles a la tentación. En aquella época, a los terratenientes aristocráticos les iba bien a costa de la población pobre. Esta desigualdad puede ser realmente una dura prueba para el pobre y no ha cambiado hasta nuestros días. Si me encuentro en una capa social de pocos ingresos, ¿debo sentir envidia y amargura hacia el que está mejor posicionado que yo? Demasiados cristianos van por la vida deseando algo distinto de lo que el Señor les da y espera de ellos. 

Digamos “sí” a nuestras circunstancias. ¡En Jesucristo lo tenemos todo! “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Ef. 1:3). Y en Él tenemos una posición que está por encima de todo lo que este mundo puede ofrecer. 

Para el rico, en cambio, es una humillación y un desafío no poder adquirirlo todo con sus riquezas. Por eso, el rico debería gloriarse en su humildad. Santiago trae un ejemplo apropiado de la naturaleza para hacernos conscientes de la inestabilidad y fugacidad de la riqueza: “…porque él pasará como la flor de la hierba. Porque cuando sale el sol con calor abrasador, la hierba se seca, su flor se cae, y perece su hermosa apariencia; así también se marchitará el rico en todas sus empresas” (Stg. 1:10-11).

Con estos versículos, Santiago no pretendía decir nada contra los hermanos ricos, sino ayudar a ambos grupos, pobres y adinerados, a tomar distancia de sus circunstancias presentes, de lo que tenían delante de los ojos, y dirigir sus corazones hacia los imperdibles valores eternos que son iguales para todos.

Junto a las pruebas positivas, que Dios envía para nuestra santificación, existen también las pruebas negativas, tentaciones y seducciones al mal, muchas veces provocadas por nuestra propia concupiscencia y deseos carnales. 

¿Quién tiene la culpa de las tentaciones?
Cuando llegan las tentaciones, acusamos a Dios y nos excusamos a nosotros mismos, absolviendo de esta manera al verdadero enemigo. Sorprendentemente, sin embargo, el enemigo en nuestro texto no es el diablo, sino nosotros mismos. Santiago aclara:

“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (vv. 13-15).

Así como las pruebas santas están diseñadas por Dios para sacar lo mejor de nosotros, las tentaciones profanas están hechas para sacar lo peor. Del mismo modo que la respuesta correcta a las pruebas de Dios lleva a la madurez espiritual, el manejo incorrecto de los propios deseos lleva a la decadencia espiritual y, finalmente, a la muerte. Y así como hemos visto aquí la fuente del mal y del pecado, Santiago nos muestra al final de este pasaje la fuente del bien:

“Amados hermanos míos, no erréis. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (vv. 16-17). 

Con Dios no hay cambio de luz debido al sol, la luna y las estrellas: no hay día ni noche. Y es a este Dios eterno a quien hemos conocido. No solo es el Padre de las luces y de todo el universo, sino que por medio de Jesucristo se ha convertido también en nuestro Padre: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (v. 18). 

Por último, este versículo nos muestra que lo que Dios engendra contrasta con lo que el deseo humano hace nacer. Pedro, que también escribió a los creyentes perseguidos y oprimidos, lo resume de la siguiente manera: 

“En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:6-7). 

Según esto, las pruebas duran poco tiempo, obedecen a un propósito (“si es necesario”), causan tristeza, aparecen de diversas formas y no deben empañar nuestra alegría. Y como Dios las permite, también podemos aceptar personalmente para nosotros lo que dice Pablo: 

“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Co. 10:13).

Conclusión
Santiago nos enseña cómo hacer frente a las pruebas santas y a las tentaciones pecaminosas. Nos da una instrucción muy práctica, porque cada uno de nosotros vive en esta zona de tensión. Y nuestro Dios es tan glorioso y misericordioso que incluso a los que fracasan en alguna prueba les asegura la corona de la vida. Pues la condición para ella no es que venzamos en todas las pruebas, sino: “…que Dios ha prometido a los que le aman” (Stg. 1:12).

¿Amas al Señor Jesús y al que lo envió, el Padre que está en los cielos? Si estás en medio de una tentación, diles “no” a las seducciones de los deseos y de la lujuria que te arrastran hacia abajo, y diles “sí” a las pruebas del Señor, que te elevan. Santiago 4:7-8 lo resume así: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros”. Y con fe pide al Señor sabiduría en todas tus pruebas y tentaciones. ¡Le complace tanto dártela!

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