«Quien odia, se destruye a sí mismo…»

Antje Naujoks

Cada tanto, llega a haber gestos conciliadores entre israelíes y palestinos. Los mismos son pensados para poner una señal de paz y coexistencia, aunque no todos los consideran oportunos.

En ambos lados del conflicto hay intransigentes, aquellos incitadores que por el odio contra el enemigo no ven otra cosa. Fue así como, últimamente, llegó haber cada vez más ataques de palestinos contra civiles israelíes como también contra miembros del ejército. Pero, cada tanto, también llegan a darse ataques, por ejemplo, en Hebrón, de la población israelí-judía allí residente contra sus vecinos palestinos. Del lado palestino los atentados, ataques y asaltos incluso son glorificados oficialmente, y los perpetradores son honrados. El odio es verdaderamente institucionalizado desde libros de estudio hasta informes de medios de comunicación y pagos de la Autoridad Palestina (AP) a terroristas y sus familias. En eso está la diferencia: nada más lejos de la intención de Israel. Eso, sin embargo, es algo que el mundo mayormente no ve o prefiere no ver –no cabe en la imagen que muchos se han hecho de Israel.

En Hebrón, en marzo de 2016, un soldado israelí mató a disparos a un autor de atentados palestino, cuando este ya estaba indefenso en el suelo. Un grito de protesta atravesó el mundo. Todos trataban exclusivamente con lo que hizo el soldado, pero no con la acción desencadenante del autor del atentado. Recientemente, Hebrón, una de las ciudades más grandes de la parte sur de Cisjordania y lugar de los sepulcros de los patriarcas que les son sagrados tanto a judíos como a musulmanes, nuevamente se encontraba en el foco de atención pública. Un soldado golaní intervino audazmente a favor de un palestino que era atacado por un grupo de colonos. El soldado mismo que, sin pensarlo, abandonó su puesto, fue golpeado fuertemente. El mundo no se percató de esto, ni del hecho que por toda la sociedad israelí se escuchaban comentarios –entre ellos la voz del ex jefe de Estado Mayor, Benny Gantz– que elogiaban el comportamiento del soldado de «honorable». Más bien, siguen circulando videos que muestran exclusivamente los ataques de israelíes contra palestinos.

Algo similar ha ocurrido en otro incidente. En la Ciudad Vieja de Jerusalén, policías fronterizos israelíes le dispararon a un hombre de 32 años. Iyad al-Halak perdió la vida por no obedecer las exhortaciones de detenerse. Recién después se supo que se trataba de un hombre autista. Que los soldados dispararan con demasiada rapidez y muy acertadamente, no solo llevó a expresiones de disculpas de muchos organismos oficiales del Estado de Israel, sino también a una visita de condolencia a la familia en luto por Ayreh Stern, el rabino jefe de Jerusalén juntamente con la alcaldesa interina de la ciudad, Fleur Hassan-Nahoum. Para los israelíes, esto es un gesto natural y humano, al que el padre del hombre que perdiera la vida respondió: «Todos queremos vivir juntos en paz».

También para otro israelí era algo natural expresar personalmente su condolencia a la familia, lo que, sin embargo, casi llevó a un asesinato por linchamiento. Que Yehuda Glick quedara con vida, lo adjudica sola y exclusivamente al hecho «que los dolientes no tenían armas de fuego ni cuchillos en el momento, de otro modo yo no podría dar una entrevista aquí desde la cama de hospital». Glick es uno es los intransigentes, ya que, entre otros, como director del Instituto para la Herencia del Monte del Templo está a favor de la construcción el Tercer Templo. Para él, el Monte del Templo es un sitio exclusivamente judío. Glick persigue firmemente su objetivo ideológico, por el cual ya en octubre de 2014 por poco habría pagado con su vida. Esa vez lo esperó un perpetrador palestino después de una ponencia en Jerusalén, y le disparó varias veces. Él apenas sobrevivió.

Aun cuando Glick política e ideológicamente no solo polariza, sino que cada tanto también provoca, él dijo del ataque sufrido durante su visita de condolencia: «Sigo con dolor, pero duele mucho más ver cómo reacciona nuestra sociedad, cuando uno hace lo mejor posible para respetar las personas y quiere expresar que cada ser humano fue creado como imagen de Dios. Duele profundamente que sigue habiendo sociedades en las que la violencia es un instrumento legítimo, y el linchamiento algo no reprochable».

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