¿Por qué en 1948 no se fundó un Estado árabe?

Antje Naujoks

Los acontecimientos históricos relacionados con el plan de división de la ONU son considerados como bastante investigados. No obstante, investigaciones de archivos más recientes revelan otros aspectos hasta ahora poco tenidos en cuenta. Estos sí jugaban un rol decisivo en que no se fundara un Estado árabe al lado del Estado judío.

Trasfondo
Cuando los británicos devolvieron el Mandato de Palestina que les había sido conferido por la Sociedad de las Naciones, las Naciones Unidas se dedicaron a la región. Después de evaluaciones realizadas por una comisión especial, esta presentó varias propuestas. De estas, con 33 contra 13 votos y diez abstenciones, la Asamblea General de la ONU finalmente aceptó con Resolución 181 (II), aquel plan de división que preveía la fundación de un Estado judío y uno árabe, al igual que un control internacional de la ciudad de Jerusalén. Mientras que los dirigentes del Israel pre-estatal aceptaron la propuesta, y con eso se mostraban de acuerdo con la fundación de un estado árabe, los estados árabes rechazaron la propuesta.

Después de la votación de la ONU el 29 de noviembre 1947, vitoreaban y danzaban no solamente judíos en la región del Mandato, sino en el mundo entero, y sobre todo en los campos para sobrevivientes del shoa creados después de 1945 en suelo alemán. Solo unas pocas horas más tarde, sucedieron las primeras acciones bélicas en el lugar de los hechos. Estas confrontaciones violentas culminaron unos meses más tarde en guerra en la noche que le seguía a la proclamación del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948: los ejércitos de Egipto, Transjordania, Siria, Iraq y Líbano marcharon contra el Estado judío. Esta primera guerra del Cercano Oriente terminó en 1949. Israel, numéricamente muy inferior y escasamente equipado en lo militar, fue vencedor, ya que, a pesar de tener que pagar un alto precio de 6,000 caídos (alrededor del 1% de la población judía de la región de aquel entonces) y haber perdido el acceso al lugar más santo del judaísmo en Jerusalén, no solamente defendió su existencia, sino que logró conseguir territorio adicional, más allá de la región prometida originalmente por el plan de división de la ONU.

Razones de la negativa árabe
Cuando en las incontables publicaciones sobre el tema se buscan las respuestas a la pregunta, del por qué el lado árabe rechazara el plan de división, uno se encuentra por ejemplo con los siguientes aspectos: el plan de división despedazaría la región artificialmente en varios segmentos, que presentarían problemas de índole geopolítica, militar y económica. Al Estado judío, se le adjudicaba el 56 por ciento de la región del Mandato, mientras que al Estado árabe se le había destinado el 43 por ciento. A esto se añadía el estatus internacional de la ciudad de Jerusalén, que planteaba preguntas sobre el futuro de aquellos lugares que les son santos a los árabes –tanto musulmanes como cristianos. Además, la mayoría árabe residente en la región, se convertía en minoría en el territorio destinado al Estado judío (500,000 judíos frente a 400,000 árabes, sin tener en cuenta Jerusalén). Era evidente que, con la soberanía judía, la inmigración de judíos aumentaría masivamente. En 1882, los judíos representaban el cinco por ciento, en 1945 ya el 30.6 por ciento de los habitantes de la región del Mandato. Al fundarse el estado, el Yishuv –la colonización judía pre-estatal– contaba con 649,600 personas, una tercera parte de la población total de la región del Mandato, de modo que este desarrollo por parte de los árabes era tomada como amenaza de la constelación demográfico-étnica. Algo similar sucedía en cuanto a propiedad de tierras. La mayor parte de los miembros de la mayoría árabe de la región del Mandato no habían hecho registrar bajo los otomanos ni bajo los británicos las tierras que habitaban y/o trabajaban. En 1946, el once por ciento de las superficies cultivables y el 20 por ciento de las cultivadas de la región estaban registrados como tierras de propiedad judía. Y la tendencia seguía aumentando.

Tanto judíos como árabes estaban de acuerdo entre sí que el Mandato británico debía terminar. Y los judíos echaron mano de la oportunidad que hacía acercarse más su sueño largamente añorado de un estado soberano propio. Pero el presidente de la Liga Árabe fundada a principios de 1945, Dr. Mohammad Fadhel al-Jamali, quien más tarde sería primer ministro de Iraq, dijo, ante la Asamblea General de la ONU, con respecto a la votación del plan de división: “Los Estados árabes no pueden tolerar esta ruptura en su unidad y esta amenaza de su autonomía política y económica. Ellos tienen un derecho de intervención decisivo en todos los asuntos que tocan sus intereses regionales. Por esta razón, se oponen a la creación de un Estado judío en Palestina, hoy o en cualquier otro momento en el futuro.” Este era el verdadero punto decisivo: era más importante evitar la formación de un Estado judío, que crear una entidad soberana para la población árabe local.

En este contexto, también se menciona a menudo que el lado árabe se habría sentido engañado. Ellos habían pagado un precio alto en las Grandes Revueltas Árabes para provocar el final del dominio otomano. Pero aún así, a causa del Acuerdo Sykes-Picot de 1916 hecho entre Gran Bretaña y Francia, el lado árabe, contrario a las promesas británicas, seguía bajo control externo. Juntamente con la Declaración Balfour que manifestaba un apoyo británico en la creación de una patria judía en Palestina, y el resultado de la Segunda Guerra Mundial, Palestina se convirtió –como decía en la revista Middle East Journal– “en prueba de fuego de los esfuerzos árabes de independencia. Rendirse habría significado una repetición de la derrota que había traído la Primera Guerra Mundial.”

Un estudio del historiador israelí Hillel Cohen de hace algunos años atrás, echó más luz sobre las dinámicas profundas del rechazo del lado árabe. Este estudio que se dedica a la “Colaboración palestina con el Sionismo 1917-1948” y que círculos de expertos consideran que marca nuevos rumbos, demuestra que no pocos de los árabes de la región del Mandato cooperaban con los judíos y cerraban pactos de no ataque con grupos judíos vecinos. Hillel y otros historiadores llegan a la conclusión, que la mayoría de los árabes residentes en la región de Mandato Palestina también después de la votación de la ONU de 1947 rechazaban una guerra contra el Estado judío que se estaba formando. Como ellos sabían de la debilidad militar del Israel pre-estatal, temían por ejemplo, por sus empleos recién alcanzados en el sector judío, que por diversas razones y contrario al sector económico árabe se encontraba en auge, y a ellos por fin les daba una perspectiva económica de futuro. Su postura correspondía con la actitud de algunos líderes políticos árabes, quienes hasta la votación de la ONU de principio ­estaban contra una guerra, si bien no necesariamente contra resistencia armada, entre ellos Egipto, Arabia Saudita, Transjordania, Siria, Yemen y el Iraq. Es más: el soberano de Transjordania, Emir Abdullah, consideraba la división de Palestina como “única solución factible del conflicto”. No obstante, esta opinión la expresaba, al igual que otros líderes árabes, exclusivamente detrás de puertas cerradas.

El vuelco que hasta la fecha marca la pauta
Que finalmente se llegara al rechazo árabe del plan de división, a través del cual en realidad no se excluyó la fundación de un Estado árabe, sino más bien se resistía a la fundación de un Estado judío, tiene que ver con intrigas políticas, que confirieron ventajas a los de línea ideológica dura. Estudios más recientes de los archivos echan una luz diferente sobre procesos históricos menos conocidos públicamente en conexión con este estira y afloje, como el fortalecimiento de la Hermandad Musulmana en Egipto y el primer congreso pan-árabe realizado en 1937 en Bludán, Siria. Allí sucedió mucho más que meramente la disolución de los gremios representantes de los árabes, existentes en Palestina, y la convocatoria de un nuevo gremio ocupado con incitadores ideológicos. Conclusiones de la investigación histórica más reciente señalan no solamente referencias de lo más estrechas de las perspectivas ideológicas de una parte del entonces mundo árabe con el ideario de los nacional-socialistas alemanes, sino del mismo modo subsidios tangibles de parte de nacionalsocialistas, aún más allá del 1945.

No es nuevo que la figura decorativa de este período de la historia, el gran muftí de Jerusalén Haj Amin al-Husaini, sentía más que simpatía por Hitler y que varios nacionalsocialistas propagaban su antisemitismo también en el mundo árabe. No obstante, recién ahora sale a la luz, lo masiva que era la concordancia ideológica, ilustrada por ejemplo por la siguiente cita de 1946: “Este héroe [refiriéndose a al-Husaini] combatía el sionismo con la ayuda de Hitler y Alemania. Hitler y Alemania se han ido, pero Amin al-Husaini continuará la lucha”. El autodenominado “Tercer Reich” sucumbió en 1945, sus sustitutos, no obstante, no desaparecieron: 1947/1948 al-Husaini pudo recibir en las filas de su ejército Yihad a ex oficiales del ejército alemán (entre otros del cuerpo África de Rommel), y a nadie le molestaba que después de 1945 ellos seguían marchando con la canción de Horst Wessel en los labios. Además el muftí no solamente podía seguir sacando de los recursos económicos facilitados por los nazis, recursos que él había transferido a tiempo a Suiza y al Iraq: después de abril de 1945, también tenía segura una subvención mensual de parte del ministerio de asuntos exteriores de Alemania.

El gran muftí al-Husaini sabía cómo, por un lado, ponerse en la cumbre con las jugadas políticas correctas, y por el otro lado –lo que también recién ahora se presenta lentamente en la conciencia del público amplio– cómo sofocar de inmediato toda crítica y con eso también todo enfoque tolerante. Al-Husaini, quien en aquel entonces no podía entrar a Palestina, enviaba por toda Palestina a sus matones contra todos los que no coincidían con su línea radical. Si bien partes del mundo árabe en aquel entonces eran conscientes de que este extremista “es al menos tan dañino para el mundo árabe, si no aun más, que para los judíos”, ningún líder árabe aplicó el freno a tiempo. De este modo fue el gran muftí quien, mucho más allá de Palestina, caracterizaba el tono contra el estado judío en formación como también el existente, y quien no era anti-sionista, sino nacionalsocialista-antisemítico– una herencia que, en parte, se hace sentir hasta el día de hoy.

Epílogo
Que el lado árabe desde entonces esté más interesado en la eliminación del Estado judío que en la creación de un Estado palestino, también se vio en el año 1964. En ese año fue fundada en Jerusalén Este la Organización para la Liberación de Palestina. Jerusalén Este al igual que Cisjordania ya hacía 15 años se encontraba bajo control jordano. Eso significa: ni un colono israelí por kilómetros a la redonda, y ninguna entidad israelí con la que se debería haber negociado sobre la fundación de un Estado palestino. Pero aun así en aquel entonces “tan solo” se realizó la fundación de la OLP. Ese fue un momento crítico preeminente para la población árabe local, ya que nunca antes los árabes habían elegido la denominación palestinos; ni los ciudadanos de los Estados árabes, ni los ciudadanos árabes de la región de los que aquí se trataba. Lenguas cínicas incluso van tan lejos como a denominar la fundación de la OLP como “hora de nacimiento del pueblo palestino… ”. Quien cree que ahí se trataba de la creación de un estado palestino, se equivoca: En la Carta más bien se trata de una “lucha armada como único camino para la liberación de Palestina”; toda Palestina a saber. Esta elección de palabras no debe sorprender, ya que detrás de la fundación estaba, entre otros, también Ahmad al-Shukeiri quien fuera nombrado como primer presidente de la OLP, uno de los compañeros fieles del gran muftí Haj Amin al-Husaini.

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