PLAN DE PAZ ¿(Realmente) la última oportunidad?

Antje Naujoks

Mucho se discutió en las últimas semanas sobre los posibles aspectos del plan de paz de Trump. La atención se fijaba en la posición palestina. 

Posiblemente sea una de las frases más conocidas de una de las “rocas arcaicas de la diplomacia israelí”, como se le denomina a menudo a Abba (Aubrey) Eban, un judío proveniente de África del Sur, nacido en 1915, quien inmigró en 1946 al Israel pre-estatal. Eban, quien de 1966 a 1974 ejerció como ministro israelí de asuntos de exterior, quedó en la memoria de muchos por dominar diez idiomas y ser un retórico brillante. Tanto en vida de Eban, como después de su fallecimiento en 2002, repetidamente se ha citado su dicho dirigido al mundo árabe: “Ellos nunca perdieron oportunidad de perder una oportunidad”. Eban dijo estas palabras después de la Conferencia de Paz de Ginebra en diciembre 1973. Desde entonces, ha pasado mucho tiempo, y aún así, su conclusión continúa siendo apropiada. 

También Trump, a principios de febrero 2020, en su llamado al presidente de la Autoridad Palestina Mahmoud Abbas, usó el término “oportunidad histórica”. Su yerno y delegado especial para el Oriente Medio, Jared Kushner, habló de una “gran oportunidad para los palestinos”. De hecho, incontables comentarios de diversas décadas que tienen que ver con posibles acuerdos de paz en el Oriente Medio, reflejan una verdadera inflación de la palabra oportunidad, además repetidamente unida a la circunscripción “última”. 

Ahora, nuevamente se presenta una oportunidad. Cada uno de los bandos participantes ve piedras de tropiezo, y no pocas. Difícilmente un conflicto se deja solucionar de la siguiente manera: recién cuando dos partidos que pelean amargamente por la naranja comienzan a hablar entre sí, queda claro por qué cada uno quiere la única naranja disponible… uno necesita el jugo contra su resfrío, mientras que al otro le falta la cáscara para fabricar mermelada. De modo que en realidad no hay conflicto alguno, ya que ambas partes pueden tener lo que necesitan, a pesar de que hay una sola naranja. Los conflictos en general son muchísimo más complejos y con eso también más complicados, no solo en cuanto a las constelaciones de partida, sino también en vista de las posibles soluciones. Casi siempre las soluciones implican renuncias, que de antemano sería mejor denominarlas de soluciones intermedias. Es que en ese caso es menor la probabilidad que se perciba exclusivamente el vaso medio lleno y se olvide por eso que, a pesar de la concesión, también se ha logrado algo. 

Comprometerse con soluciones intermedias exige valentía. A veces se tiene que aceptar riesgos, que también pueden llevar a un fracaso. Algunos primer ministros israelíes corrieron riesgos: David Ben-Gurion antes y durante la fundación del Estado (1947 y 1948), Menachem Begin, al recibir en Jerusalén a Anwar Sadat de Egipto (1977), y cuando firmó el Acuerdo de Camp David (1979), Yitzhak Rabin, cuando llevó a conclusión los Acuerdos de Oslo (1993) y cuando firmó un acuerdo de paz con Jordania (1994), Ehud Barak, cuando dio orden de la retirada de las tropas israelíes del Líbano (2000), al igual que Ariel Sharon, cuando retiró a civiles y soldados israelíes de la Franja de Gaza (2005). De la mano de cada decisión que tomaban iba un precio, pero al mismo también había algún provecho. 

Teniendo esto en cuenta, uno debería recordar las exposiciones que el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, dio en la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU en febrero 2020. Él levantó una hoja con cinco mapas de la región. En cada uno de estos mapas, el territorio palestino estaba marcado en verde. Estos mapas, presentados uno al lado del otro, llevaban como título “Las concesiones históricas de los palestinos”, y representaban la “Palestina histórica” de los años 1917, 1947 y 1967, al igual que, en el último mapa, los planes del trato de Trump. El embajador israelí ante la ONU, Danny Danon, denominó esto de “mapa de mentiras de Mahmoud Abbas”. El mapa sobre el año 1917, en el que faltan los centros de población judía de aquel tiempo, representa una Palestina supuestamente soberana que, sin embargo, ni siquiera existió, ya que en 1917 terminaban unos 400 años de dominio otomano. En 1937, la propuesta de la Comisión Peel y 1947 del plan de división de la ONU consideran una colonización judía, no obstante Abbas se remite exclusivamente a que el territorio palestino de 1917 fue reducido, y establece una línea con la reducción continuada de 1967 y con la subsiguiente minimización por medio del Plan Trump, que convierte a “Palestina en un queso suizo”, como él lo formula. 

Tan solo a esta presentación se le podría añadir varias páginas de interpretaciones para explicar lo que el Embajador Danon llama “un cambio de la historia”. A las propuestas/iniciativas de 1947 (Plan de división de la ONU), 1967 (Resolución Khartum), 2000 (Camp David), 2001 (Taba), 2008 (Olmert), 2009 (Bar-Ilan) y 2016 (John Kerry), para nombrar solamente algunas, el lado árabe, es decir palestino, dijo categóricamente “No”, y sigue ahora con esta tradición con respecto al Trato de Trump, como Abbas admitió abiertamente. 

El rey Hussein de Jordania dijo de antemano al acuerdo de paz con Israel: “Nos encontramos ante posibilidades inmensas (…). Al mismo tiempo, siempre hay peligros que acechan.” En ciertos asuntos, Abbas no quiere dar concesiones, aun sabiendo que eso no es realista. Como consecuencia, se aferra al vaso medio lleno, lo que también le vende a su pueblo como aspecto decisivo. También en Israel había muchos que no estaban muy entusiasmados con el trato de Trump, también aquí habrá personas intransigentes que rechacen hacer concesiones. Pero por lo menos se está dispuesto a evaluar el plan. Si esto es una oportunidad o no, si de esto sale algo o no, una cosa ya es segura: quien se atrinchera y ni siquiera está dispuesto a por lo menos considerar ideas nuevas para indagar lo que a largo plazo podría ser bueno para su pueblo, posiblemente se quede de camino con aún menos. Una anulación total de la cooperación con Israel, que Abbas amenazaba con oponer al plan, no solamente tendría consecuencias económicas. Eso traería derramamiento de sangre y en todo caso lo contrario de lo que el trato promete. Ya en 1947 se vio, que Israel dijo “Sí” a lo poco que se le ofrecía, y trató con el vaso medio lleno, lo que hace mucho fue ampliado a una democracia soberana, viva, con una economía lucrativa y una sociedad próspera.

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