Más que el centro demográfico del pueblo judío

Antje Naujoks

Si observamos las actuales estadísticas sobre el pueblo judío, no podemos negar que Israel es su foco central, y también lo será a futuro en muchos otros aspectos.

A finales de 1945, vastas zonas del mundo quedaron en ruinas. Un sinfín de refugiados que habían sobrevivido a la guerra buscaban un futuro. Por otro lado, fue un año de respiro para el pueblo judío, aunque al mismo tiempo sufrió una profunda conmoción al despertar a la magnitud del genocidio nazi. Antes de la Shoah, se contabilizaron unos 16.6 millones de judíos en todo el mundo. A principios de la década de 1950, luego del genocidio de la Segunda Guerra Mundial, la población judía aumentó un poco, ascendiendo a 11 millones de personas, pues muchos sobrevivientes volvieron a formar familias y a tener hijos. En 1948, la población judía del nuevo Estado de Israel era muy pequeña. Existe una ligera variación en las cifras: algunos estiman que había unos 650,000 y otros unos 850,000 judíos. De todas formas, está claro que solo una fracción de los judíos del mundo vivía en Israel en aquella época. La comunidad más grande de judíos, el 43 % de ellos en la diáspora, se encontraba en Estados Unidos.

Es evidente que el actual Estado de Israel, con sus casi siete millones de judíos, no solo cuenta con la mayor comunidad judía establecida en un único territorio, sino que posee el 47 % de la población judía mundial. Los expertos predicen que para 2030, la mayoría de la población judía del mundo vivirá en la Tierra Prometida. Si comparamos estos números con otras estadísticas, se nos hace evidente que Israel es el país que más contribuye al crecimiento del este pueblo.

Sin embargo, desde el punto de vista judío, significa mucho más que un simple aumento en los datos demográficos: Israel es un centro espiritual, que en el transcurso de tres generaciones ha convertido a una comunidad retraída, con mentalidad de diáspora, en un pueblo orgulloso y religiosamente vivo y diverso, a pesar de encontrarse bajo el monopolio ultraortodoxo, que, por cierto, representa el sector más minoritario. Por tratarse del centro espiritual del judaísmo, Israel se ha convertido en el eje académico y cultural de los estudios relacionados a esta religión. Además, contribuye a la unidad de muchas corrientes y culturas judías diversas que se influencian y se renuevan entre sí. Por otra parte, actúa como un puente que une al judío a un sentido de pertenencia que solo conocía en sus sueños y oraciones, y que hace cien años los propios sionistas creían inverosímil. Israel, como punto de referencia y vivero de la innovación judía, es una democracia viva e independiente que ha superado incluso los audaces sueños del renombrado visionario Theodor Herzl.

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