Los planes ambiciosos de Turquía en Israel

Antje Naujoks

No es un secreto que el presidente turco tiene planes ambiciosos. El mundo cristiano a más tardar con el estatus cambiado de la Hagia Sophia, debería tenerlo claro: Erdogan hace temblar a Turquía desde sus cimientos. Pero también a Jerusalén le ha echado un ojo, este aspirante a sultán.

Para los cristianos fue un último fin de semana de julio triste. La Hagia Sophia, que incluso hasta el día de hoy se cuenta entre los edificios sagrados más antiguos y más grandes en la historia del cristianismo, y que se encuentra en la parte europea de Estambul, nuevamente fue declarada mezquita. El presidente turco rápidamente respaldó sus palabras con acciones. El 10 de julio 2020, un tribunal administrativo le canceló el estatus de museo que en 1934 había sido concedido por el gabinete de aquel tiempo. Dos semanas después llegaron 350 000 musulmanes ortodoxos de todas partes de Turquía, para realizar su oración del viernes en este lugar extraordinario de la historia cristiana; obviamente no delante de siquiera uno de los símbolos cristianos, que rápidamente fueron escondidos detrás de alfombras y cortinas. Que fueron citadas las siguientes palabras de Mahoma no debe asombrar: «Un día Constantinopla será conquistado. ¡Bendecido el soberano que logre eso!».

Muchos musulmanes piadosos siguen mirando emocional y culturalmente al tiempo de los cruceros, a derrotas, pero también a victorias como la conquista de Constantinopla. Para Erdogan, la transformación de la Hagia Sophia es otro triunfo del islam sobre un símbolo cristiano, quizás incluso el símbolo cristiano en suelo europeo. Eso estimula a mirar más fuertemente en dirección a Jerusalén. Hace mucho ya que los comentadores hablan de una Guerra Fría, pero que es aún mucho más complicada que «solo» una confrontación religiosa con implicaciones políticas entre dos religiones monoteístas. Aquí entran en juego no solamente Israel y Jordania, sino también Arabia Saudita: el hombre del Bósforo que a sí mismo se considera como todopoderoso, una vez más juega con el fuego.

Ya en 2017, expertos israelíes advertían de los planes turcos en Jerusalén, que tienen como objetivo no solo la Mezquita Al-Aqsa del Monte del Templo, sino también la expansión de la presencia turca en casi cada área de la vida de dicha ciudad. En muchas esquinas de la ciudad vieja de Jerusalén, como también en los vecindarios de características árabes de la ciudad, uno se encontraba con ciudadanos turcos. A través de testaferros como también sin disimulo, directamente bajo bandera turca, se intentaba comprar bienes inmuebles, posicionarse en negocio y comercio, en cultura y bienestar. Eso llegó hasta el punto que Jordania como protector del tercer sitio islámico santísimo después de La Meca y Medina, juntamente con Arabia Saudita, pidió a Israel, cumplir con sus obligaciones como soberano en Jerusalén, y a intervenir. Aquí estalla un conflicto, cuyas raíces se remontan al tiempo del reino otomano, cuando en los siglos XIX y XX, jordanos y saudíes una y otra vez hicieron hablar las armas frente al ejército otomano. Si bien ni Jordania ni Arabia Saudita están entusiasmados con la presencia de Israel en Jerusalén, y una y otra vez protestan por el manejo de Israel de los asuntos con respecto al Monte del Templo (restricciones para musulmanes que oran, visitantes judíos, excavaciones, restauraciones, y mucho más), son objeciones verbales; y nada más. Porque en definitiva parecen tener más reparos (si no también temor) por un fortalecimiento de la influencia turca, que por la presencia de Israel «probada» desde hace décadas. Ambos estados musulmanes saben: bajo Israel es concedida la libertad religiosa. En lo que respecta a Erdogan en este sentido, uno solo necesita recordar el destino de la Hagia Sophia.

Desde 2017, Israel ha hecho mucho para frenar a los turcos en Jerusalén; después de todo, desde el asunto Mavi-Marmara hace diez años atrás la relación israelí-turca ha caído en un tiempo de hielo, que está tan congelado, que aún en tiempos del coronavirus ni los vuelos de Turkish Airlines, ni ningún balneario turco ni ninguna mercancía turca pone en marcha un descongelamiento. Israel ha expulsado ciudadanos turcos, entre ellos también maestros que trabajaban en las escuelas, ha frustrado compras de bienes inmuebles, restringe los tentáculos de pulpo de la caridad multimillonaria turca en grupos árabes locales y frena los esfuerzos de restauración turca en la Ciudad Vieja de Jerusalén. Además se encargó de que las banderas turcas, de las que había cada vez más, fueran bajadas. En el mundo de negocios árabes, Israel trata de informar sobre las verdaderas aspiraciones del «modelo turco de negocios». En el curso de las relaciones entre Israel y Arabia Saudita que están mejorando, algunos expertos consideran, que las confrontaciones seguirán agudizándose. Ya ahora, las constelaciones se asemejan a una clásica Guerra Fría, en la que sobre todo a Turquía, que intenta ganar terreno, le vienen bien muchos, si no todos los medios. Eso los cristianos de la Ciudad Vieja de Jerusalén ya tuvieron que sufrirlo masivamente en su propio cuerpo, sobre todo los armenios.

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