La sociedad árabe de Israel y la pandemia

Antje Naujoks

Ya a principios de la pandemia, dos grupos de la población israelí hicieron los titulares. Mientras que la población judía ultra ortodoxa sigue sin estar bien parada, la sociedad árabe tiene un buen manejo de este desafío –por lo menos en esta ronda.

Una de las primeras localidades israelíes en tener que ser completamente aisladas en la primavera de 2020 fue Deir al-Assad en el norte del país, cerca de Carmiel. Los 13,000 habitantes exclusivamente árabe-musulmanes tuvieron que ser puestos bajo un confinamiento estricto, porque allí en el correr de unos pocos días se descubrió un incremente del 160 por ciento de personas infectadas con el virus. Como ilustración de la escala del problema: al cierre de esta edición, hubo alarma en Alemania por 50 infectados nuevos por cada 100,000 habitantes. Calculado para Deir al-Assad, esto correspondería a unas ocho personas infectadas por día, pero en realidad diariamente eran una docena o más. 

Deir al-Assad también tuvo que lamentar una de las primeras muertes en la sociedad árabe de Israel, a Achmad Na’ema de 92 años de edad, quien en la década del 1980 ejerciera el cargo de presidente de la administración regional de esta localidad. Una mirada a su descendencia familiar a su vez revela una de las razones por qué los contagios se propagaron tan masivamente en Deir al-Assad. Los descendientes directos de Na’ema en tres generaciones –hijos, nietos y bisnietos– llegan a un «orgulloso» número de 150 personas. Las familias son numerosas, a menudo viven juntos en un espacio sumamente reducido, y no solo llevan una vida familiar intensiva, sino también una social. Parte de eso es que, los hombres se reúnan cinco veces al día en la mezquita a orar, y las mujeres se encuentren para juntas cocinar para todos esos familiares, para conversar y para todas juntas vigilar a los muchos niños. En la sociedad árabe-israelí no es nada extraño encontrar en un hogar incluso hasta cuatro generaciones que viven juntas. No existen las residencias de ancianos. 

En Alemania hubo mucho alboroto en torno al término «virus con trasfondo migratorio». En Israel no se puede hablar de «trasfondo migratorio», porque esta gente hace generaciones que viven en el país. Que ellos hayan sido afectados con especial dureza por la pandemia no tiene nada que ver con que ellos pertenezcan a un grupo étnico o religioso determinado. Las personas en grupos familiares grandes, que viven en espacios reducidos y son socioeconómicamente débiles, se ven afectadas mucho más rápidamente por las infecciones. Ante este trasfondo, en Alemania son los empleados de los frigoríficos de carne los que trabajan y viven en malas condiciones, y en Israel los refugiados ilegales de África, los que están en un peligro mucho mayor de infectarse, que una pareja joven con oficina en su hogar que vive con un solo hijo en su casa propia con jardín. Que no obstante un comportamiento que no corresponde a los reglamentos –muchas visitas, todos sin máscara y nada de distancia social– también a una pareja de ese tipo fácilmente le pueda traer una infección, lo demostró la población israelí en su totalidad, cuando en octubre las nuevas infecciones anunciadas diariamente a nivel nacional se acercaban a los 10,000, casi 110 infectados por cada 100,000 habitantes. La gran mayoría había ignorado intencionadamente todas las disposiciones. 

En Israel viven alrededor de 1.7 millones de árabes, la mayoría de ellos musulmanes. Como centro poblacional se puede considerar el norte, pero también en el sur del país, donde se trata de musulmanes beduinos, uno de los subgrupos de la sociedad árabe. También ellos debían lidiar con masivos brotes infecciosos. No, no por ser beduinos, sino por llevar un estilo de vida comunitario y familiar. Por exactamente la misma razón –de la mano de otros aspectos decisivos– la comunidad ultra ortodoxa de Israel y de los EE. UU. se encontraba desproporcionadamente en las estadísticas de las infecciones. 

La totalidad de la sociedad árabe de Israel tenía luchas desproporcionadas con el virus. Que en relación a eso hubo pocas muertes, también tiene que ver con la estructura etaria extremadamente joven de este grupo de la población. En Rahat, la más grande de las ciudades beduinas, aproximadamente el 70 por ciento de los 80,000 habitantes son menores de 21 años. En retrospectiva también se debe notar que las autoridades estatales fueron activadas demasiado tarde entre esta población y no habían tomado en cuenta ciertas peculiaridades, como por ejemplo: entre la generación mayor sigue habiendo muchos analfabetos. Material informativo impreso los pasa «de largo» a ellos, de la misma manera como folletos redactados en el árabe académico estándar no llegan al ciudadano sencillo. Las autoridades tampoco incluyeron a los dignatarios de estas comunidades, si bien es exactamente a ellos a quienes esta gente escucha. Eso es así para toda la sociedad árabe del estado judío, pero aún más para los beduinos que mayormente viven en el sur del país, tanto los que viven en las ciudades, como los que están dispersos por el desierto, y que corresponden a unos 350,000 habitantes de los apenas 900,000 ciudadanos del Neguev. 

También aquí durante la primera ola del Covid en algunas aldeas o barrios urbanos hubo confinamientos estrictos. A pesar de eso, la ola del otoño transcurrió diferente aquí que la de la primavera. Mientras que en septiembre y octubre de 2020, es decir, en parte incluso durante el segundo confinamiento, los números en Deir al-Assad en el norte nuevamente aumentaron fuertemente, llegando con un promedio de 19 nuevos infectados por día a casi el triple del valor de alarma; Rahat, con casi siete veces más habitantes beduinos, a mediados de octubre no registró siquiera cinco nuevos infectados por día. No obstante hay que admitir que en el verano las cosas no estaban bien para esta ciudad. También aquí habían aumentado los números en julio y agosto, pero aún así se encontraban por debajo de los valores de las comunidades árabes en el norte, y también por debajo del enorme promedio presentado por Israel. Eso no se debía de modo alguno a menos pruebas realizadas en este grupo de la población, como reflejaba el alto porcentaje de las respuestas negativas a los análisis. 

Sobre esto comentaron los oficiales del Comando del Frente Civil de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI): «Les encomendamos encarecidamente a los alcaldes y demás responsables la implementación estricta de las recomendaciones del Gobierno. Ellos, al contrario, decidieron recrudecer aún más esas directivas. Por libre voluntad introdujeron medidas más estrictas, de modo que después de un nivel alto a comienzos del verano, cuando entre otros por casamientos grandes y el ignorar las medidas de protección las cosas estaban mal, ellos ahora han cambiado el rumbo mejor que el resto de la sociedad israelí».

El alcalde de Rahat, Fa’is Sahiban y el presidente de la administración regional Lakiya Ajmed Al-Assad, dijeron frente a la prensa que ellos querían servir de ejemplo. Sin muchas idas y venidas, y antes de que las autoridades estatales lo dispusieran, ellos dieron instrucciones de prohibir las oraciones en las mezquitas. Ellos cerraron las escuelas antes y limitaron la libertad de movimiento de los habitantes subordinados a ellos. Con respecto a todas las decisiones incluyeron a los jeques y muhtars –los jefes de familia importantes– al igual que los dignatarios musulmanes, para que estos lucharan codo a codo con ellos. El alcalde Sahiban dijo al respecto: «Tomé el asunto como algo personal, porque sabía que no puedo salvar a mi ciudad si espero a las autoridades». Eso produjo restricciones, pero así se pudo mantener internamente una vida comercial más viva, algo de lo que la gente se queja en otras partes de Israel. 

Poco después de revocar las restricciones causadas por la segunda ola de Covid, docenas de aldeas y pueblos árabes pudieron decir que habían cambiado exitosamente del área roja al verde. Se comenzó incluso a celebrar eso. Mientras que al hacerlo se obedezcan las reglas, puede que la tendencia positiva se mantenga. No obstante, en algunas localidades ya se está notando lo contrario porque, aunque las muchas bodas ya no son festejadas en salones, sino en casas privadas, para esas ocasiones se reúnen muchas personas. Y sí, mantener distancia en esas situaciones se vuelve difícil.

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