Jerusalén está enamorada

Mori Lidar

Los Estados Unidos han transferido su embajada a Jerusalén, y en Israel se habla de Trump como si fuera un Ciro moderno.

El 14 de mayo de 2018 pasará a los libros de historia de Israel como un día histórico. En ese día, hace 70 años atrás, fue proclamado el Estado de Israel. Según el calendario judío, en el año 2018, también cayó el Día de Jerusalén, con el cual se celebró 51 años de reunificación. Este día del año 2018, sin embargo, escribió historia porque el traslado de la embajada estadounidense de Tel Aviv a ­Jerusalén fue celebrado con una inauguración solemne. Con eso, el mayor de los poderes mundiales reconoció la relación histórica del pueblo judío con Jerusalén y marcó las pautas de manera dramática para un reconocimiento internacional de la ciudad de Jerusalén como capital del Estado de Israel

La ceremonia fue realizada en un edificio del barrio Arnona, que servirá como embajada estadounidense temporaria hasta la construcción de un complejo edilicio para la embajada. Con la ceremonia de inauguración, se completó un proceso que comenzó en diciembre de 2017 con la declaración del presidente Donald Trump con respecto al reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel. Muchos profetizaron en ese entonces, que como siempre Trump estaría prometiendo mucho y cumpliendo poco, y que el traslado de la embajada probablemente sería postergada una y otra vez por temor a causar tensiones en la región. Esta vez, sin embargo, Trump no solamente prometió, sino que cumplió su promesa

Más de 800 invitados participaron de la ceremonia de inauguración, en la que todos enfatizaban la importancia de unidad y paz. Entre los invitados, estaba una delegación de 250 personas de los EE.UU., y también la hija del presidente estadounidense, Ivanka Trump y su esposo Jared Kushner, al igual que diputados del Congreso y de la Cámara de Representantes, y miembros de alto rango del gobierno, como el ministro de finanzas Steven Mnuchin y el delegado especial para el Cercano Oriente, Jason Greenblatt. Como huéspedes israelíes, estaban, naturalmente, el primer ministro Benjamín Netanyahu, el presidente de Estado, Reuven Rivlin, ministros del gobierno y diputados de la Knéset, incluyendo representantes de los partidos de oposición. Además, llegaron como invitados 40 embajadores extranjeros de todo el mundo, entre otros los embajadores de la República Checa, de Hungría, Rumania y Austria, que ignoraron el llamado de la UE a boicotear el evento

No obstante, las verdaderas estrellas de la ceremonia eran docenas de miembros de la delegación estadounidense que venían de todas las regiones de los Estados Unidos, tratándose de judíos piadosos al igual que de cristianos. Ellos iniciaron el camino a Jerusalén para participar con gran entusiasmo de este evento histórico. A primera vista, la mezcla de cristianos piadosos y judíos seculares al igual que ortodoxos daba una impresión extraña, pero cuando uno notaba sus emociones profundas, sencillamente quedaba impresionado. Profundamente conmovidos escuchaban a los oradores. Uno tras otro pasaron al podio el pastor bautista Robert Jeffress, el reverendo evangelical John Hagee y Zalman Wolowik –rabino Jabad– para pronunciar palabras de oración y bendición

Muchas personas en el público hablaban de la visión del día del juicio. Cuando ellos escucharon el nombre del rabino de lubavich en un respiro con Jesucristo, todos pensaron en la profecía de Isaías: “porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos” (Is. 56:7). Otros comparan a Trump con nada menos que Ciro el Grande, aquel soberano de la antigüedad que hizo regresar al pueblo de Israel del exilio babilónico a Sión

También en los discursos de ese día, reinaba el sentir que ese era un momento en que el dedo índice determinaba la historia. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tomó la palabra con un excelente mensaje grabado en video: “Este Estado al igual que la nación entera son la prueba de que el pueblo judío es animado por un espíritu inquebrantable. Los EE.UU. siempre serán un gran amigo y asociado de Israel en el esfuerzo por libertad y paz”. A esto, el primer ministro Netanyahu agregó: “Este es un gran día, un gran día para Jerusalén, un día que se grabará en la memoria nacional de generaciones. Aquí fue elegido nuestro patriarca Abraham para estar a la cabeza de nuestra nación. Aquí el Rey Salomón edificó el templo, y aquí los macabeos han devuelto a Israel la soberanía. Aquí, después de 2,000 años, fueron pronunciadas palabras conmovedoras: El Monte del Templo está en nuestras manos. Estas palabras enfatizan: Nosotros estamos aquí para quedarnos aquí”.

Las repercusiones que el traslado de la embajada causó en el escenario internacional, pudieron ser sentidas casi de inmediato en Jerusalén. Además de las reprimendas de los estados árabes y la expresión de preocupación por el proceso de paz por parte de la mayoría de los estados miembros de la UE, algunos países decidieron hacer lo mismo que Trump y trasladar sus embajadas a Jerusalén también. Todavía en mayo fueron abiertas en la capital de Israel las embajadas de Paraguay y Guatemala. Paralelamente, Hungría, Rumania, la República Checa, Honduras y Ucrania anunciaron que también ellos consideran un traslado para el futuro cercano.

En Jerusalén, una ciudad que en el transcurso de las décadas a nivel internacional era considerada como paria, se estaba perplejo ante la sorprendente ola de popularidad. En alegre reconocimiento del gesto estadounidense, se le dio el nombre del presidente de los EEUU a una plaza de la ciudad.

Se puede debatir indefinidamente sobre, si Trump realmente es un Ciro moderno, una parte del plan de Dios para el tiempo de juicio final, o simplemente un barra brava exitosa. Una cosa, sin embargo, es segura: él se ha ganado el amor duradero de muchos ciudadanos del Estado de Israel.

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