Israel y la reconciliación Fatah-Hamás

Antje Naujoks

El acuerdo entre el Fatah y el Hamás también afecta a Israel. Algunos creen que se ofrecen oportunidades, otros lo consideran todo como una falacia. Por interacciones internas y externas, Israel podría encontrarse ante una empresa peligrosa y –al igual que muchas veces anteriores: solo.

Israel sabe que la Franja de Gaza no solo se dirige hacia una crisis humanitaria, sino que hace mucho ya que llegó a la misma. Una y otra vez se escucha en este escenario el término ‘barril de pólvora’. En el caso que explote, también alcanzará a Israel. Algunos comentarios acerca de la reconciliación del Fatah y el Hamás, ya sea de derecha o izquierda, a favor o en contra, destacan que a Israel y al Hamás les une un interés común, si bien por motivos diferentes. Ambos deberían preocuparse por mitigar la pobreza de los dos millones de habitantes de la Franja de Gaza; Israel para seguir mirando hacia una tranquilidad en la región, el Hamás por su propia supervivencia. Y de hecho: incluso un intransigente como Yahya Sinwar, el primer cabecilla del brazo militar del Hamás, quien fue elevado a los honores políticos del oficio de primer ministro, parece haber reconocido que en vista de la desocupación, al igual que de la falta de electricidad y de agua potable, gobernar en la Franja de Gaza no es exactamente un camino de rosas. El hecho de que él e Ismail Hanijeh, quien en noviembre de 2016 llegó a ser el sucesor del jefe del Hamás, Khaled Mashaal, estuvieran de acuerdo con la reconciliación, muchos lo interpretan como “elección de la última salida posible”. Si eso realmente es así, queda por verse. El hecho es que la mejora de la calidad de vida en la Franja de Gaza, que promete la reconciliación, desde el punto de vista israelí es un gran punto a favor.

No obstante, este parece ser casi el único punto a favor que el Israel oficial puede ver en esta nueva unión. A pesar del acuerdo, quedan muchos aspectos sin aclarar, ya que nadie sabe lo que traerá la puesta en práctica. De ahí la declaración israelí: “Israel observará los desarrollos prácticos en el lugar de los hechos y actuará de acuerdo a los mismos”. Durante el último intento de reconciliación en 2014, el gobierno de Netanyahu ya de antemano había imprecado duramente, y finalmente había reaccionado de la misma manera: las negociaciones con la ANP fueron congeladas y las relaciones diplomáticas fueron rescindidas. Esta vez las circunstancias son diferentes, pero más adelante hablaremos más sobre esto.

Desde el punto de vista israelí –no importando el colorido político– no solamente está en suspenso la pregunta de si el Hamás, que seguirá armado y haciéndose responsable de la seguridad en la Franja de Gaza, logrará refrenar a los grupos islamistas más radicales, como el Yihad Islámico. Después de la firma del acuerdo, si bien aún antes de la entrada en vigor, Israel descubrió un túnel de terror que lleva a su territorio. Esto demuestra que el Hamás, en caso de ser oportuno, trabaja de la mano con la Yihad Islámica. ¿Qué sucedería si la Yihad Islámica implementara un golpe contra Israel, e Israel siguiera con su estrategia de bombardear los objetivos de los cuales proceden las agresiones, mientras que en la Franja de Gaza entretanto la ANP tuviera el mando? Con esto, también se le presenta la pregunta a Israel de si el Hamás, en el marco de este acuerdo y casi como por la puerta de atrás, se arraigará aún más en Cisjordania. ¿Llevará el acuerdo a que de aquí en más el Hamás sea más moderado? ¿O será que el Hamas más bien radicalizará a la ANP? ¿Significará el “modelo Hezbolá” al estilo del Líbano, para Israel, que el Hamás definitivamente se convertirá títere o complice de Irán, de modo que el régimen Ayatollah también se pueda establecer en esta región ante las puertas de Israel?

Hay preguntas y más preguntas, mientras que otras cosas están más que claras. En relación al 2014, no solo cambiaron las circunstancias del lado palestino. Israel no solo permitió a las delegaciones negociadoras que viajaran a través del país entre Ramallah y Gaza, sino que, al menos al principio, se contuvo de hacer comentarios. El primero del gobierno en tomar la palabra fue Naftali Bennet, rival de Netanyahu, quien exigía condiciones israelíes al igual que sanciones para los palestinos negociadores. Netanyahu, por un lado, no podía dejarle el escenario a este partidario de la coalición que lleva a su gobierno cada vez más hacia la derecha. Por otro lado, no obstante, él también depende del apoyo de este, en vista de varios sumarios contra él que están en curso. Por último, Netanyahu describió las negociaciones como “fraudulentas”. Después de sondeos en dirección a los dos interlocutores también difíciles, Egipto y EE.UU., él planteó condiciones israelíes para una participación del Hamás en el gobierno de unidad nacional palestino.

Algunos dicen que esto sucedió con la esperanza de poder evitar futuras negociaciones de paz con los palestinos. Mientras que algunos comentadores ven esto como fundamentado en el enfoque ideológico de Netanyahu, otros creen que es más bien una táctica frente al partido de Bennett. Este dejó muy claro que no aprueba negociaciones de paz después de una participación del Hamás en un gobierno de unidad nacional. Según algunos comentadores, puede que en cuanto a la política interior Netanyahu haya salido de un apuro. Pero al ponerse de acuerdo con HaBeit HaYehudi, al mismo tiempo cerró de golpe una puerta que probablemente no solo apretó los dedos de los palestinos, sino también los de los egipcios, a quienes él necesita como aliados regionales con creciente influencia, e incluso los de EE.UU. que se ven bastante entusiasmados con la reconciliación palestina. Por eso fue denominado como poco táctico el hecho de posicionarse precozmente. Mucho mejor habría sido mantener silencio y esperar el desarrollo de los acontecimientos, de los cuales muchos creen que en la implementación práctica de la reconciliación se presentarán problemas tan serios, que Israel tranquilamente podría haber dicho: no funciona, pero no es culpa nuestra.

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