¿Israel ante un cambio de dirección?

Antje Naujoks

Repetidamente se informó que Israel lo hace demasiado fácil para la China poderosa realizar inversiones estratégicas en el país. Muchos dieron alarma ya hace mucho tiempo atrás. Recientemente, los EE. UU. otra vez dieron una advertencia. Israel ahora parece iniciar un cambio de dirección.

A más tardar fue en 2014 que algunos expertos israelíes dieron alarma. Primero, era el consorcio estatal-chino Bright Food el que negociaba la adquisición de acciones mayoritarias del consorcio alimenticio israelí Tnuva. Este es considerado un emprendimiento tradicional por haber sido fundado en 1926 y carga con el 70 por ciento del mercado israelí de productos lácteos. En 2015, los chinos entonces compraron el 56 por ciento de las acciones empresariales de Tnuva por 2.5 mil millones de dólares estadounidenses, de modo que se escuchaban advertencias que decían que Israel «pronto podría convertirse en huésped en su propio país». 

Para Israel, China es un socio comercial importante. El volumen de negocios bilaterales aumentó masivamente en los pasados 15 años, de 50 millones de dólares estadounidenses a principios de los años 90, a 13.1 mil millones de dólares en 2017. Hace mucho ya que China no es solamente el socio comercial más importante de Israel en Asia, sino el tercero en importancia en general. Ya que China, como potencia emergente, le echa un vistazo al mundo, hace mucho ya que especialmente las relaciones con Israel se caracterizan por grandes inversiones chinas, de tal modo que este país asiático está a punto de superar a los EE. UU. 

Consorcios chinos, ya sea estatales o privados, adquieren partes de empresas israelíes de muchos años de existencia o de emprendimientos emergentes, o los adquieren en su totalidad. Se realizan inversiones de riesgo y se establece centros de investigación y desarrollo; el sector de alta tecnología es especialmente buscado. Pero las adquisiciones chinas en Israel, que parecen tener un carácter controlado y estratégico, también llegaron a empresas como el consorcio de cosmética Ahava. Por todas partes en Israel uno se encuentra con China, incluso en muchas áreas de la educación superior y también en el sector turístico, ya que el contingente de los viajeros chinos es el público extranjero que crece con mayor rapidez. Si los chinos en 2014 hacían inversiones en Israel por apenas 300 millones de dólares, en 2015 ya fueron dos mil millones, y en 2016 entonces 16,5 mil millones de dólares estadounidenses. 

Considerablemente más expertos que tan solo conocedores israelíes de la economía, protestaron cuando las empresas chinas podían imponerse cada vez más en licitaciones de grandes proyectos de construcción, como el proyecto del túnel de Haifa, la construcción de las líneas ferroviarias Tel Aviv-Jerusalén y la ampliación del puerto de Ashdod. Sin embargo, el asunto tiene otro inconveniente, que fue señalado ya en 2013 por el ex jefe del Mossad, Efraim Halevy: «si China no solo construye sino también posee y trabaja la red ferroviaria israelí, los EE. UU. no lo entenderán». Eso se agudizó definitivamente con respecto a la construcción del nuevo puerto de Haifa, ya que los EE. UU. allí también están presentes con su 6ª flota. 

En vista de las advertencias, Israel se esforzó en 2019 por crear un mecanismo que trasciende varios ministerios, para evaluar las acciones chinas en el país, que a menudo se remiten a consorcios que están estrechamente unidos al gobierno chino. Sin embargo, Israel no activó el freno. Eso parece ponerse en movimiento nada menos que con la pandemia del COVID-19. 

A mediados de mayo 2020, cuando todavía existían restricciones por la pandemia, el ministro de exterior estadounidense, Mike Pompeo, viajó a Israel. Si bien había toda una serie de temas importantes en su agenda, sin embargo, como se supo más tarde, había un enfoque sobre el involucramiento de China en Israel. Pompeo parece haber advertido insistentemente al gobierno israelí contra la empresa Hutchison Whampoa de Hong-kong. Esta le pertenece a Li Ka-Shing, quien desde el 2019 cuenta entre los 30 más acaudalados del mundo, y mantiene contactos excelentes con el régimen chino. Pompeo advirtió de no concederle el recargo de 1.4 mil millones de dólares estadounidenses para construcción y funcionamiento de la mayor planta desalinizadora de aguas de mar del mundo. Una planta de desalinización en realidad no suena realmente dramática en dimensiones político-estratégicas, pero si se considera que Israel no es bendecido con precipitaciones, y también tiene reservas previsibles de agua dulce, además una población que crece continuamente, entonces una intervención china, ­sobre todo en vista de la opción de funcionamiento de una planta de ese tipo, recibe un significado geopolítico especial. Parecido a la construcción del puerto de Haifa, en el caso de la planta de desalinización nuevamente juegan un rol aspectos militares que parecen preocupar más a los EE. UU. que a Israel. En las inmediaciones de la planta prevista se encuentra una base militar importante de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI). La base aérea Palmachim también es utilizada por las fuerzas aéreas estadounidenses. Y no menos importante es que solo a la vuelta de la esquina se encuentra el centro de investigación nuclear Nahal Sorek. 

Para los EE. UU., la licitación parece haber sido un tipo de prueba. Los Estados Unidos tienen a China en la mira no solo por el virus, sino también por las consecuencias económicas. Israel parece haberse metido entre la espada y la pared. Solo un corto tiempo después de la visita de Pompeo se vio que en esta situación complicada, aparentemente, Israel está a punto de hacer un cambio de dirección, ya que el recargo para construcción y funcionamiento de la planta de desalinización fue a la empresa israelí Tecnologías DIE.

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