Hallazgo de Biblia del siglo once

Antje Naujoks

A todos nos sucede: algo fue tan bien guardado, que uno busca y busca, pero no lo encuentra. Recién cuando uno deja de buscar, lo encuentra «por casualidad». Así sucedió con un manuscrito único en una sinagoga egipcia.

Para los judíos, los libros bíblicos son sagrados. Estos son apreciados, guardados y cuidados. Pero una y otra vez en la historia del judaísmo, que es una historia de persecución y de­sarraigo, copias de la Biblia hebrea o de diversos escritos rabínicos fueron bien escondidas antes de huir. Si bien en el libro de Eclesiastés 3:6 dice: «Tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar…», pero el lugar donde se guarda los libros sagrados en el judaísmo incluso tiene un nombre propio: genisa (plural: genisot), un depósito para guardar escritos que han quedado inutilizables. Esta palabra hebrea deriva de «escondido»; se quiere cuidar de que los escritos no puedan ser destruidos por manos extrañas.

En muchos países del mundo, se descubrió ese tipo de Genisot, mayormente en las sinagogas; porque, si bien los escritos inutilizables primero deben ser guardados y luego sepultados en un cementerio judío –al igual que las notas del Muro de los Lamentos–, sucedió una y otra vez que los judíos escondían los escritos antes de huir. Por todas partes del mundo se descubrieron cosas singulares en estos depósitos escondidos. Durante los trabajos de renovación de la Sinagoga Ben-Ezra en El Cairo, a fines del siglo XIX, por ejemplo, se descubrieron 200 000 documentos. Y ahora nuevamente se llegó a encontrar algo en la capital del Nilo.

Los caraítas son judíos que no consideran las doctrinas rabínicas como obligatorias. En la Sinagoga Moussa Der’i, que pertenece a una comunidad caraíta, se descubrió un manuscrito muy antiguo de la Biblia hebrea, que creían perdido. La copia de la Biblia fue concluida por el escriba Zechariah Ben ‘Anan según una nota del año judío 4788, lo que según el calendario gregoriano corresponde al año 1028 d.C. Por lo tanto, este manuscrito de 616 páginas, cuya parte principal fue escrita en fuente cuadrada de color marrón rojizo, tiene casi mil años de edad. Este hallazgo lastimosamente también ilustra una pérdida, porque originalmente este manuscrito, conocido con la abreviación ZBAM (manuscrito Zechariah Ben Anan), consistía de tres partes, una copia completa de la Biblia hebrea, incluyendo comentarios e interpretaciones, al igual que diversas notas. Dos de los tomos parecen estar perdidos.

El tercer tomo del manuscrito, envuelto en un sencillo papel blanco y lleno de polvo, fue descubierto por el historiador israelí Yoram Meital, quien trabaja en la Universidad Ben-Gurion del Neguev. Meital encontró este manuscrito en un estante de libros de esta sinagoga, que en un tiempo fue una de las más espléndidas de El Cairo, y que fue renovada recién en el año 1933. Finalmente, los investigadores bíblicos estudiaron este manuscrito más detenidamente a principios del siglo XX. Todavía en 1981, cuando la comunidad judía ya se había reducido notablemente, se había hecho un microfilm, pero el original desde entonces era considerado como desaparecido. Desde hace algunos años, el profesor Meital viaja más a menudo a Egipto, ya que él documentó los edificios judíos en el país del Nilo, en el cual en su tiempo existía una comunidad judía grande y próspera. Este proyecto especial, autorizado por el presidente egipcio Abdel Fatah al-Sissi, depende de la comunidad judía en El Cairo, que cuenta con apenas unos pocos miembros, y que desde el 2013 es dirigida por Magda Haroun.

La obra está grabada en microfilm, pero el profesor Meital dijo: «Uno se conmueve sencillamente al poder mirar esta maravillosa letra manuscrita en el original». De hecho, estas páginas de 36 por 30 centímetros de tamaño son bellísimas. También son de gran importancia para los científicos, porque se pueden reconocer muy bien las correcciones de texto realizadas en el original por otro escriba. Pero lo que posiblemente sea lo más importante es que es uno de los ejemplos más tempranos de la implementación del así llamado sistema tiberiano de puntuación (Niqqud), que fue desarrollado entre el 750 y el 950 d.C. por familias de eruditos en Tiberias, y que sirvió para la vocalización del hebreo que consistía exclusivamente de consonantes.

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