El «inframundo» del Monte del Templo

Antje Naujoks

El Monte del Templo fascina a muchas personas del mundo, lo que ni siquiera tiene que ver necesariamente con religión o el credo correspondiente. Como en todos los edificios antiguos, también en este hay estructuras misteriosas, de las cuales recientemente una se abrió en todo el sentido de la palabra.

Este es el sitio de los dos templos legendarios de los judíos en la Ciudad Santa, relacionados con nombres tales como Rey Salomón, Herodes y Jesucristo. Al mismo tiempo, son aquellos santuarios que entraron a la historia por ser destruidos, y que hasta el día de hoy son lamentados en el judaísmo con ritos y oraciones especiales. Pero este es solo un lado de la historia cambiante, porque este también es el lugar de sucesos históricos únicos de las dos grandes religiones monoteístas mundiales. En esta ciudad, a fines del siglo VII y principios del VIII, los musulmanes construyeron las obras arquitectónicas mundialmente conocidas como el Domo de la Roca y la Mezquita Al-Aqsa, que hasta el día de hoy caracterizan la silueta de la ciudad, porque se les puede ver desde lejos. A su vez es aquel lugar que en la parte temprana del siglo XI era conocido entre los cruzados como Templum Domini , o sea, el «Templo del Señor», y se convirtió en el segundo lugar en importancia de peregrinaje para el cristianismo. Aquí no se concentran solamente la fe y el credo, sino que esta también es la ubicación de luchas de poder políticas, que dieron a la ciudad y aun más, al sitio del Monte del Templo, una historia cambiante. Sobre esto, el autor Amos Elon escribió: «Cuatro mil años de historia, incontables guerras y los peores terremotos […]: veinte veces fue sitiada Jerusalén con consecuencias catastróficas, dos veces totalmente destruida, dieciocho veces reconstruida, y además, experimentó por lo menos once veces el cambio de una religión a otra» (Jerusalem: Innenansichten einer Spiegelstadt, 1992, pág. 37).

Aquello que uno ve a simple vista hasta el día de hoy, es uno de los lados de la moneda. El otro lado es todo lo que no se ve. De importancia decisiva en este caso es que, las autoridades musulmanas, que desde hace siglos llevan la voz cantante sobre este sitio mundialmente único, no permiten ningún tipo de exploraciones científicas. El oficial británico, geógrafo y explorador Charles William Wilson y su compatriota, el arqueólogo y general Charles Warren, hasta el día de hoy son los únicos no musulmanes, a quienes se les ha otorgado «conocimientos más profundos». En la década de 1860, ellos realizaron una investigación de ocho meses de duración, en cuyo contexto también exploraron estructuras subterráneas. Gracias a este estudio es que siquiera sabemos algo sobre espacios y corredores subterráneos, pero también de cisternas que estos dos británicos, en base a sus conocimientos arqueológicos, pudieron identificar como pertenecientes a antiguas construcciones de edificios judíos sagrados. Hasta el día de hoy la ciencia se remite a ese estudio, porque de la parte no visible del Monte del Templo de otro modo, el mundo no tiene prácticamente ningún conocimiento, al menos no del lugar mismo y su ubicación original. Si bien el «Proyecto de tamizado del Monte del Templo», que se lleva a cabo desde 2004, contribuye a conocimientos precisamente con respecto al período del Primer Templo, pero este tamizado de los escombros eliminados por las autoridades musulmanas no da información alguna sobre estructuras subterráneas.

Lo que se sabe es que, para los rituales sobre el Monte del Templo, tanto durante el tiempo del primero como también del segundo templo, es decir, en un período de más de mil años, se necesitaba mucha agua. De hecho, sabemos hoy con seguridad de la existencia de 37 cisternas, que seguramente fueron instaladas en diversos tiempos y para fines diferentes. La mayoría no están visibles a simple vista, pero cada tanto la coincidencia otorga una mirada. Eso ya ha sucedido en diversas oportunidades, siendo la última en el verano 2020. La prensa mundial lo denominó de «agujero misterioso que se abre en el Monte del Templo». En la región sur del Monte del Templo, solo a unos pocos metros del Muro de los Lamentos y del Puente Mughrabi, puente a través del cual les está permitido a los no musulmanes subir al Monte del Templo, se quebró una losa de roca. El trozo quebrado de treinta por cuarenta centímetros permitió mirar hacia la oscuridad, pero no para ver rocas, sino claramente se veía un hueco, como documentan filmaciones clandestinamente hechas por musulmanes. Rápidamente se despertaron todos los curiosos interesados, e igualmente rápido fue el Waqf – la autoridad musulmana con soberanía sobre el Monte del Templo – en dar una explicación: se trataba de una cavidad sobre una tubería de agua. Diversas instituciones israelíes exigieron una investigación arqueológica oficial inmediata, sin embargo, el Waqf ya se había acercado con cemento y cuchara de albañil, cerrando así el agujero. De este modo seguirán siendo especulaciones lo que algunos objetaron al Waqf: que no sería ninguna «cavidad» sobre una tubería de agua, sino un acceso a una de las cisternas de agua. Con mucha seguridad se puede afirmar que fue una mirada corta hacia el interior de una de las estructuras subterráneas que datan en la historia judía, razón por la cual el Waqf se apuró tanto en volver a tapar todo.

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