El Estado de Israel y las regiones de Judea y Samaria

Antje Naujoks

En el verano de 1967, después de una breve guerra, Israel se despertó con una nueva realidad, que hasta hoy repercute en muchas áreas de la vida israelí. Causó, entre otras cosas, un despertar religioso – político, acompañado de inquietudes morales y filosóficas.

Hoy en día, prácticamente todo el mundo tiene una opinión formada en cuanto a la solución de dos Estados, es decir, la creación de un Estado palestino autónomo al lado del Estado israelí soberano. Ya hace 50 años, se discutía en Israel el futuro de Cisjordania, pero la realidad era diferente, y siempre se consideraban también aspectos judíos que eran irrelevantes para el resto del mundo. La discusión israelí al respecto empezó inmediatamente después de la guerra de los Seis Días, en la cual Israel conquistó un territorio cinco veces más grande que la extensión del Estado judío después de 1948. La península del Sinaí y las alturas del Golán del lado del lago de Genesaret, siempre fueron consideradas por Israel como zonas de seguridad militar estratégicas contra los enemigos muy superiores numéricamente. También Cisjordania se veía como una franja de seguridad, sin embargo, allí existían también otras consideraciones, no menos importantes en la opinión de muchos: Cisjordania corresponde a las regiones bíblicas de Judea y Samaria.

Después de la Primera Guerra Mundial, esta región de casi 6,000 kilómetros cuadrados al oeste del río Jordán, según el derecho internacional, no pertenecía a ningún Estado. El plan de división de las Naciones Unidos preveía fundar aquí un Estado árabe, lo cual fue rechazado por los árabes. Durante las luchas de 1948-49, Jordania conquistó la región y la sometió a una administración militar. En 1967, Cisjordania, que ha sido escenario de muchas historias bíblicas, fue conquistada por Israel.

Jericó, Hebrón, Belén, Nablus y muchos otros lugares en Judea y Samaria, pueden mirar atrás hacia un pasado histórico muy rico. Durante casi dos décadas, los judíos solamente podían soñar con poder orar, por ejemplo, en el sitio de las tumbas de los patriarcas en Hebrón. También antes del dominio jordano sobre la región, si bien los judíos podían llegar hasta allí, no podían ejercer libremente actos religiosos, ya que Cisjordania estaba poblada por árabes musulmanes. Pero el 10 de junio de 1967, Israel había conquistado la región con sus 780,000 habitantes árabes, de los cuales 120,000 eran ciudadanos jordanos. En el correr de los primeros meses después de la guerra, 54,000 habitantes de Cisjordania que habían huido a Jordania, fueron repatriados. Israel, que tenía una población de 2.63 millones de ciudadanos, solamente en Cisjordania tenía que enfrentarse a 800,000 palestinos. Cuando el primer ministro Eshkol manifestó, el 12 de junio de 1967, la disposición de Israel “a regresar a las condiciones que existían hace una semana”, no hubo ninguna reacción del lado árabe, de manera que – ya en el otoño del mismo año – comenzó a tener cada vez más peso en la política de Israel el vínculo nacional y religioso con Judea y Samaria, además de las consideraciones militares estratégicas.

El sionismo revisionista había apoyado, ya en los años 1920, la idea de un Gran Israel. Después de la guerra de los Seis Días, esta idea encontró apoyo más allá de los círculos nacionalistas y religiosos. Sobre esta idea se basó, después de la conquista de Judea y de Samaria, el movimiento Gush-Emunim (bloque de los fieles). Ya pronto se construyeron los primeros asentamientos, primero en lugares donde habían vivido judíos durante siglos, hasta su expulsión en el siglo XX, por ejemplo, en Gush Etzion y Hebrón. De esta manera, también fueron fundados otra vez algunos lugares bíblicos que habían desaparecido del mapa, como, por ejemplo, el lugar bíblico Efrata. Pero durante el correr del tiempo y por otros motivos, se crearon aquí también ciudades modernas, cuyos habitantes no se consideran colonos, entre ellos Ariel en Samaria y Beitar Illit en Judea.

Muchos intelectuales israelíes expresaron pronto su rechazo frente a una permanente ocupación de estas regiones. Uno de los críticos más destacados era el Prof. Yeshayahu Leibowitz, filósofo y químico, nacido en 1903 en Riga e inmigrado a Israel en 1934. El profesor Leibowitz, fallecido en 1994, era judío ortodoxo y consideraba necesaria la separación de Estado y religión. Después de la guerra de 1967, levantó su voz, no solamente contra la anexión de las regiones, sino también contra su permanente ocupación. En 1968 escribió: “Los árabes se transformarán en la clase obrera, y los judíos se convertirán en administradores, inspectores, gerentes y policías – pero sobre todo en agentes secretos. (…) Las fuerzas de corrupción propias de cada régimen colonial, se mostrarán también en el Estado israelí. La administración, con una mano, suprimirá la sublevación árabe, y con la otra tendrá que ayudar a los colaboracionistas árabes”. Leibowitz y otros veían el peligro de una decadencia moral de los altos conceptos que tenía que tener Israel como pueblo elegido.

Medio siglo más tarde – y después de muchos avances y retrocesos, inclusive evacuaciones y construcciones de nuevos asentamientos, actividades clandestinas judías para la proclamación de un Gran Israel bíblico, protestas palestinas, convenios de paz cuyos acuerdos, en parte, siguen en pie, mientras que otros fracasaron miserablemente – siguen existiendo las dos posturas en la sociedad israelí. A pesar del tiempo que pasó, se sigue discutiendo, y no con menos ímpetu, pues para muchos, no son cuestiones políticas, sino contenidos que tienen que ver con su concepción del mundo.

ContáctenosQuienes somosPrivacidad y seguridad