El Estado de Israel, ¿fue fundado a pesar o por el Holocausto?

Antje Naujoks

Solo tres años después de que el pueblo judío tuviera que lamentar pérdidas increíblemente grandes por la matanza masiva de los nacionalsocialistas, fue fundado el Estado de Israel. Una y otra vez se plantea la pregunta, si existe una vinculación causal y qué aspecto tiene.

El término holocausto –o como judíos e israelíes prefieren decir: la Shoá– se refiere a la matanza masiva cometida por los nacionalsocialistas contra el pueblo judío, cuyas cifras son casi imposibles de captar y que, por causa de su planificación y realización rutinaria, es sin precedentes en la historia de la humanidad. Para la víspera de la Segunda Guerra Mundial, la población judía global es calculada en alrededor de 16.6 millones de personas. Cuando en 1945 la extensión de la Shoá comenzó a entrar poco a poco en la conciencia pública, se especulaba que habría “millones de víctimas”. Muy pronto se hablaba de seis millones; hoy se sabe que este número debe ser fijado aún más alto.

Vez tras vez, uno se encuentra con la pregunta de si el Estado de Israel fue fundado contrario a todos los obstáculos con que tuvo que luchar el pueblo judío a causa de la Shoá; como un acto, por así decirlo, para hacerle frente a la debilitación y a la situación de crisis. ¿O será que la fundación del Estado judío a fin de cuentas recién fue posible por la Shoá? ¿Fue nada menos que la matanza masiva de los nacionalsocialistas, lo que posibilitó la fundación del estado judío? ¿O será que ambas razones son acertadas?

Si uno mira hacia atrás al año 1938, en un texto redactado por el más tarde Primer Ministro de Israel, David Ben-Gurión, se puede leer lo siguiente: “El estado judío será fundado con el objetivo de recibir el número más alto posible de inmigrantes. De este modo contribuirá en todas partes del mundo a la solución de la cuestión judía.” Ben-Gurión dijo, ya en 1934, que el asentamiento judío en Palestina –el Yishuv– “daría lugar a cuatro millones de judíos”. Solo dos años más tarde, él hablaba de “por lo menos ocho millones”. Eso, sin embargo, no ha ocurrido hasta el día de hoy –setenta años más tarde. Poco después de que Ben-Gurión diera expresión a sus aspiraciones, todos los movimientos de emigración fueron dificultados por la Segunda Guerra Mundial. También se debe considerar las restricciones establecidas por los británicos para la inmigración de judíos en la región del mandato, y el hecho que el Yishuv tenía que luchar con una situación política y económicamente complicada.

Los sionistas, después de la toma del poder de Hitler, habían tomado diversas medidas para llevar judíos a la seguridad de Palestina. Ellos agotaron completamente el contingente de inmigración otorgado por los británicos y además ayudaron a miles de judíos a salir de la Europa ocupada, pero esos números no llegan ni por asomo a aquella cantidad de judíos, cuyas vidas fueron aniquiladas en las cámaras de gas de uno solo de los campamentos de aniquilación de los nacionalsocialistas –Auschwitz-Birkenau. Mientras que algunos seguían diciendo que un Estado judío fundado en 1937 podría haber evitado la Shoá, el Movimiento Sionista a más tardar con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial se habría visto obligado, según concluye el historiador israelí Tom Segev: “a enfrentarse a una realidad que hubieran preferido ignorar. Palestina no podría solucionar la cuestión judía”. De la mano de sus estudios, Segev llega a la conclusión: “Muchas personas en Palestina, entre ellas también líderes [sionistas], reaccionaron distanciados al escuchar del genocidio contra los judíos. Ellos no lo sentían como su catástrofe –el Holocausto significaba una derrota del judaísmo, no del sionismo.”

Después de 1945, se inició una dinámica que hoy quizá parezca extraña: en Israel, el tema Shoá era prácticamente tabú. Para el nivel interpersonal, se puede decir en retrospectiva, que los sobrevivientes tenían grandes dificultades para poner en palabras las crueldades vividas. ¿Cómo se podía describir, lo que había ocurrido en “otro planeta llamado Auschwitz” (Primo Levi)? Quien aún así estaba en condiciones de narrarlo, sentía que los sabres, los judíos arraigados del Yishuv, no querían escucharlos. Ellos, por su parte, casi les tenían miedo a los sobrevivientes. ¿Cómo se les debía tratar a estas personas con un número tatuado en el antebrazo, cómo integrarlos? Por esta razón, para muchos, era más cómodo poner en primera plana la lucha propia por la sobrevivencia en vista de los disturbios árabes. Hasta el momento del Proceso Eichmann en 1961, se puede decir sobre el trato del Estado de Israel con el tema Shoá: “Fue el tiempo del gran silencio”. Hace mucho ya que eso cambió, ya que la Shoá y el lema “¡Nunca más nos dejamos llevar como corderos al matadero!”, se convirtieron en razón del Estado de Israel y en un consenso compartido por todos los judíos, no importando de dónde provenían.

Antes de que eso fuera el caso, pasaron varios años en que el Yishuv, que en la víspera de la fundación de Estado contaba con menos de 700,000 ciudadanos judíos, dependiera de la inmigración. No obstante, por un lado, la comunidad judía mundial ha perdido casi el 40 por ciento de sus miembros a causa de la Shoá, y por el otro lado, se presentaba una imagen deprimente: quien aún estaba con vida después de los años de persecución en Europa, estaba fuertemente marcado. Este no era el caso solamente en cuanto a la salud física, que en todos estaba de lo más afectada por privaciones, hambre, enfermedades y maltratos. Sino que también correspondía al estado psíquico de esas personas, que a menudo parecían más una sombra de sí mismos. Si bien Ben-Gurión dependía de cada hombre y cada mujer que podían inmigrar, tanto él como también el liderazgo del Yishuv estaban descontentos con la admisión de estas “piltrafas humanas”. En el otoño de 1945, Ben-Gurión regresó bastante desilusionado de un viaje a través de los campos de acogida para personas apátridas (Displaced Persons, DPs) que habían surgido en suelo alemán, donde se trataba de una mayoría impresionante de judíos. Aun así, finalmente, serían justamente esas personas, que después de la fundación del Estado de Israel bajaran de a bordo de los barcos de inmigrantes e inmediatamente iniciaran el servicio con las armas. Una inmensa cantidad de los que habían sobrevivido las persecuciones nacionalsocialistas, dejaron sus vidas al defender el joven Estado judío contra la superioridad árabe.

Naturalmente, existe una conexión entre la matanza masiva del pueblo judío y la fundación del Estado de Israel. Vez tras vez, se escucha en este contexto la aseveración que el pueblo judío habría sabido sobremanera bien cómo poner esta catástrofe humana delante del carro de los esfuerzos sionistas para la fundación de un Estado judío, y habría aprovechado el estado de ánimo del mundo, para conseguirse un viento a favor a nivel internacional para este acto. Del mismo modo, se dice una y otra vez, que el liderazgo israelí habría instrumentalizado la Shoá sobre todo para su propio favor, para sacar capital de ello, no solo políticamente sino sobre todo en el sentido económico.

Sí, sin lugar a dudas es verdad, que el mundo tenía un cargo de conciencia –con toda razón– y que eso también estaba en el aire durante la votación sobre el plan de división de la ONU en 1947. Sin embargo, no fue recién a partir de aquellos años, que el Movimiento Sionista aspiraba a la fundación de un Estado judío. En eso ya se había trabajado por décadas, para eso, se habían hecho donaciones desde hacía décadas. Israel no fue creado “solamente por la Shoá” como “puerto seguro”, porque como tal ya había funcionado el Yishuv, cuando los judíos huyeron de los pogromos en Europa Oriental en los años del 1920. El genocidio del pueblo judío tan solo se había agudizado, lo que en el tiempo del Mandato británico por primera vez había alcanzado puntos culminantes: el levantamiento de una vida judía autodeterminada y soberana en Palestina con escuelas y universidades, hospitales, carreteras, medios de transporte públicos, instituciones de administración, cultura y mucho más.

Y sí, hacia Israel fluía mucho dinero. Sin embargo, sobre las indemnizaciones alemanas se debe notar que es un contrato entre dos entidades estatales. Israel no fue solamente receptor, sino que también pagó, ya que el Estado de Israel indemnizó a Alemania por propiedades perdidas en el país. Alemania no solamente pagó con dinero, sino que también suministró mercancías, un ímpetu significativo para la reactivación de la economía alemana. Y a la aseveración que Israel habría recibido demasiado dinero y por demasiado tiempo, se debe contestar: que al pueblo judío no solamente se le había robado seis millones de personas inclusive sus propiedades, sino también que los que sobrevivieron se habían quedado sin recursos. La Shoá no fue solamente una matanza, sino también un igualmente planificado robo en la extensión de miles de trillones.

Sencillamente, no es verdad que Israel como apóstol moralista se habría aprovechado del cargo de conciencia del mundo, de modo que el estado pudiera ser fundado a causa de la Shoá. Eso es así, aun cuando Israel sin lugar a dudas ha dejado esto como argumento cuando los británicos declararon que renunciarían a su mandato sobre Palestina. Porque el Estado de Israel no solamente llegó a ser el nuevo lugar de vida para aquellas “piltrafas humanas”, que los hizo revivir y regresar a la vida, muy acorde con su himno nacional HaTikwa (La Esperanza). Sino que hasta el día de hoy y tanto más en vista de la ola de antisemitismo sin precedentes desde el 1945, demuestra ser correcto que el pueblo judío haya gastado todos los recursos que le habían quedado después de la Shoá, para hacer realidad el derecho a la autodeterminación, que el Estado de Israel hace poco tiempo atrás volvió a celebrar orgullosa y prósperamente por septuagésima vez.

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