El calendario judío-bíblico

Fredi Winkler

El calendario bíblico está basado en los ciclos lunares, es por este motivo que las celebraciones cristianas de Pascua y Pentecostés no tienen una fecha fija, tal como nuestro calendario, sino que pueden variar hasta en un mes.

Los meses no tienen nombres, sino números
En Levítico 23:4, Dios, por medio de Moisés, estableció las siete fiestas del pueblo de Israel. Llama la atención en este pasaje que los meses carezcan de nombres, teniendo en su lugar números. En la primavera1, el día 14 del primer mes, comienza la Pascua (v. 5). Esto puede resultar confuso, pues los judíos celebran en la actualidad el Año Nuevo en el otoño. Sin embargo, esto surgió de forma tardía en el judaísmo.

En el calendario bíblico, el año comienza en primavera. Esto sigue una lógica natural: toda la naturaleza se renueva después del invierno. Por cierto, lo mismo ocurría en principio en nuestro calendario, basado en el calendario romano. “Diciembre” significa ‘décimo’, por lo que enero y febrero fueron el undécimo y el duodécimo. Los romanos trasladaron posteriormente el comienzo del año a enero, y así se ha mantenido hasta hoy.

Levítico 23:4 en adelante se describen las fiestas del séptimo mes. En la actualidad se celebra el día de Año Nuevo el primer día del séptimo mes. En realidad, las fiestas de otoño también representan un nuevo comienzo, pues allí se inicia el recuento de los respectivos años sabáticos y jubilares (véase Levítico 25).

Meses con nombres de dioses babilónicos
En el judaísmo moderno comienza a utilizarse nombres para los meses, por ejemplo, Nisán para el primer mes o Tishréi para el séptimo. En el Antiguo Testamento, los libros escritos antes de la cautividad babilónica utilizan números para designar los meses, mientras que los libros escritos durante o después de la cautividad son designados con nombres.

Lo sorprendente es que los nombres adjudicados a estos meses representan a dioses babilónicos. La cultura babilónica determinó la vida pública y cotidiana de la época. Al parecer, los judíos tan solo se limitaron a adoptar los nombres, del mismo modo que el calendario romano-cristiano o juliano-gregoriano fue prácticamente adoptado por todo el mundo, siendo muy determinante.

Las dificultades del calendario lunar judío
Un año lunar de doce meses dura 354 días, a diferencia del solar que cuenta con 365; por lo tanto, la diferencia entre ambos es de once días, lo que obliga a insertar un decimotercer mes cada, más o menos, tres años. Es curioso que no haya nada escrito sobre esta normativa en la Biblia. Por costumbre se consideraba que eran los sacerdotes quienes debían determinar cuándo debía insertarse el decimotercer mes. Esto se calculaba por la madurez del grano, ya que para la Pascua se ofrecía en el templo una gavilla madura a Dios. En el siglo iv, cuando ya no existía el Templo ni el sacerdocio, se llegó al acuerdo de introducir de forma permanente siete años bisiestos con un decimotercer mes en cada ciclo de diecinueve años. Esto significaba que el duodécimo mes, el de Adar, antes del comienzo de la primavera, pasaría a separarse en los meses de Adar A y Adar B.

Por supuesto, el calendario lunar también tiene ciertas ventajas, pues, por ejemplo, todo el mundo puede darse cuenta cuándo finaliza un mes simplemente mirando el cielo, o cuándo empieza uno nuevo, reconociendo tan solo las fases de la luna.

El calendario de los esenios
La secta judía de los esenios, por ejemplo, los de Qumrán, famosa por el descubrimiento de los antiguos pergaminos del mar Muerto, desarrolló su propio calendario.

Los esenios creían que Dios había creado todo a la perfección, incluyendo la luna y el ciclo solar, y que las imperfecciones habían sido causadas por la caída del hombre y por satanás, el “desordenador”. Suponían que en un principio el año estaba dividido en doce meses y era divisible por siete, de modo que cada año comenzaba el mismo día de la semana. Con el objetivo de restaurar en algo el orden perfecto de Dios, desarrollaron un calendario con doce meses, pero las fiestas judías nunca caían un sábado, pues los sacerdotes tenían que trabajar y estaban muy ocupados con el servicio de los sacrificios.

Además, sostenían que el comienzo del año, el primer día del mes de Nisán, debía caer siempre un miércoles, es decir, en el cuarto día de la semana: en el relato de la creación, Dios había colocado, en el cuarto día, el sol, la luna y las estrellas, los cuales determinaron el curso del año.

Debido a este calendario, los esenios siempre celebraban la Pascua el cuarto día de la semana, es decir, un miércoles, y, por lo tanto, el Séder se festejaba el martes por la noche. No se sabe cómo compensaron la discrepancia con el calendario lunar judío, el autorizado en el servicio del Templo, y con el año solar, que no era divisible por siete. No se ha encontrado ningún escrito al respecto, ni en Qumrán ni en ningún otro sitio. Lo que sí podemos saber es que, a causa de sus convicciones, se habían alejado del servicio oficial del Templo en Jerusalén.

Sumado a esto, los esenios celebraban la Pascua sin un cordero, pues solo podía ser sacrificado en el altar del Templo, rociando su sangre sobre este. Sin embargo, ellos creían que esta práctica no se realizaba el día señalado por Dios.

Jesús y la iglesia de Qumrán
Una pregunta que siempre nos hemos hecho es la siguiente: ¿cuál fue la relación de Jesús con la comunidad de Qumrán o los esenios?, ¿qué tipo de influencia tuvieron en la primera Iglesia de Jesús en Jerusalén?

Hay algo cierto, es probable que muchos de los seguidores de Jesús hayan provenido de los esenios, pues dentro de las ramas del judaísmo eran los que tenían una mayor expectativa por la llegada del Mesías. Pedro y cuatro de sus compañeros emprendieron un largo viaje para encontrarse con Juan el Bautista, a orillas del Jordán, con el fin de saber si este era el Mesías. Esta expectativa y búsqueda del Mesías era singular de los esenios. Aunque aún es un tema abierto hasta qué punto Pedro y los demás seguidores de Jesús fueron influenciados por el pensamiento esenio, es obvio que hubo cierta influencia.

Jesús y la última cena
Es probable que la casa donde Jesús comió la última cena con sus discípulos haya pertenecido al barrio esenio de Jerusalén. Según Juan 13:1-2, no se trataba de una comida oficial de Pascua, sino tan solo de una cena. El versículo 1 explica que este acontecimiento ocurrió antes de la Pascua, y el versículo 2 no menciona una “comida pascual”, sino tan solo una “cena”. Sin embargo, los otros evangelistas escriben sistemáticamente que se trató de una Pascua. ¿Cómo se resuelve esta discrepancia?

Hay que tener en cuenta que Jesús no comió la Pascua en la noche oficial del Séder, sino un día antes, ya que fue crucificado en la víspera pascual (véase Juan 18:28).

A menudo se ha argumentado que el Evangelio de Juan es inexacto, pero hoy sabemos que es todo lo contrario. Juan era el discípulo más cercano a Jesús.–él no abandonó a su maestro el día de la crucifixión, como hicieron los demás, sino que lo siguió desde lejos.

La tradición esenia puede ayudarnos a resolver esta cuestión. Como ya se ha dicho, los esenios se habían separado del calendario oficial del Templo, desarrollando sus propias tradiciones. Dado que ellos celebraban la Pascua en una fecha diferente, no fue un problema para Jesús y sus discípulos comerla la noche anterior en base a esta tradición.

Por cierto, ninguno de los Evangelios hace mención a un cordero. Si alguna Biblia lo dice, sin duda es un error de traducción. Cuando Jesús habló de Su cuerpo, el cual sería sacrificado, no tomó un trozo de cordero, lo que habría sido una imagen más significativa, sino que tomó el pan como símbolo de Su cuerpo. Visto así, podríamos decir que las tradiciones esenias tuvieron cierta influencia en la primera Iglesia de Cristo.

1 Los meses de las estaciones mencionadas corresponden al hemisferio norte.

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