Dos décadas después

Antje Naujoks

En mayo de 2000, terminó un pedacito de historia militar dolorosa del Estado de Israel en el Líbano. Si bien concluyó un asunto militar, a las preocupaciones humanas de ese tiempo les falta mucho por llegar a ser historia.

Desde su formación, Israel ha tenido que librar una guerra en cada década. La Guerra de Seis Días fue una excepción, ya que Israel realizó un golpe preventivo, al igual que aquella guerra que algunos llaman Shlom HaGalil («Paz para Galilea») y que otros denominan de Guerra del Líbano –según sus convicciones políticas. En 1982, Israel por primera vez envió su ejército sin tener que temer por su existencia. Por esta razón, muchos ven la intervención militar israelí en aquella fase de la guerra civil libanesa como una guerra de ataque. En lo subsiguiente, a través de una comisión inspectora salió a luz una intriga político-militar. El ministro de defensa Ariel Sharon y el jefe de Estado Mayor, Rafael Eitan, tuvieron que abandonar sus puestos, y el Primer Ministro Menajem Begin dimitió poco después. La sociedad israelí del país atravesó una crisis dura, y esto no solo por los incontables soldados caídos.

El Líbano e Israel no siempre fueron enemigos. Antes de la fundación del Estado de Israel había numerosos contactos con este vecino, que es un Estado con muchas etnias y religiones. Eso cambió en 1948, si bien el Líbano fue el primer país que en 1949 abogaba por un armisticio, y no participó en la guerra de 1967, ni en la de 1973. Israel en secreto siempre tuvo la esperanza de que con el Líbano –con base en sus muchos grupos de población en general, y de los drusos y cristianos en particular– se de-sarrollaría una relación por lo menos más distendida que con los demás Estados árabes. Pero sucedió lo contrario.

La guerra, a la que fueron las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) en el verano de 1982, terminó oficialmente en unos pocos días. Aun así, no terminaron los combates y escaramuzas, porque por un lado, era un armisticio muy frágil, y por el otro la situación en el Líbano seguía siendo extremadamente dinámica. Finalmente, Israel estableció una así llamada zona de seguridad en el sur del Líbano, al sur del Río Litani. En esa región no solo vive un número especialmente grande de musulmanes chiítas, allí también fue fundada la organización Hezbolá en 1982, que en el correr de los años se convertiría en colaborador del Irán ante las puertas de Israel. Esta también es la región en la que, poco después del comienzo de la guerra civil en 1976, encontró su campo de acción un grupo que se separó del ejército libanés, el Armée du Sud Liban, que en español es conocido como Ejército del Sur del Líbano, cuyos miembros en la zona de seguridad cooperaban con Israel.

En mayo 2000, el entonces jefe de Estado Mayor israelí, Ehud Barak, retiró las tropas israelíes de la zona de seguridad. En aquel tiempo, muchos israelíes tenían la esperanza que esta «aventura que cobró la vida de unos 750 hijos del país» ahora habría terminado definitivamente. Más allá de la Segunda Guerra del Líbano de 2006 y de la amenaza constante por los Hezbolá, el vigésimo aniversario de la retirada israelí de la zona de seguridad sacó a luz que la sociedad israelí no solamente cuenta con más de 4000 soldados que fueron físicamente heridos, sino con muchos soldados más que, a causa de los años y acontecimientos en la zona de seguridad, además sufren psíquicamente, de modo que para ellos y sus familias nada ha terminado.

Eso no solamente es el caso de ellos, porque también es la historia de los libaneses musulmanes, drusos y cristianos que combatieron juntamente con Israel. Casi todos ellos, incluyendo a sus familias, también pagan un precio muy alto hasta el día de hoy. Cuando Israel se retiró de manera totalmente sorprendente y precipitada, juntamente con el FDI unos 6000 soldados del ESL y sus familias emprendieron el camino hacia Israel. Ellos tenían temor de la venganza de sus propios compatriotas. En el 2002, unos pocos regresaron al Líbano, comprándose la protección por altas sumas de dinero. Quien se quedó en Israel recibió ayuda de integración por las autoridades estatales. En el 2004 a este grupo, que actualmente consiste en algunos miles de personas, se les otorgó la ciudadanía israelí.

También sobre ellos informaron los medios de comunicación israelíes en su retrospectiva a 20 años de la retirada de la zona de seguridad. Son historias especiales, ya con base en el hecho que se trata allí de musulmanes, cristianos y drusos que además nunca más podrán regresar a su patria. La generación mayor que luchó del lado de Israel, está dividida. Algunos miran hacia atrás con satisfacción, otros se critican a sí mismos. Algunos están agradecidos por poder vivir en seguridad y que sus hijos pueden aprovechar muchas oportunidades. Otros critican que, desde su punto de vista, Israel no se ocupó lo suficiente de su integración.

El hecho es que los hijos de la antigua generación de combatientes –no importando si todavía nacieron en el Líbano y se acuerdan de la huida en su juventud, o si ya conocieron la luz del mundo en Israel– luchan con una herencia que es angular y voluminosa. En el Líbano son considerados como «traidores», en Israel como «árabes», pertenecen a una minoría y –a primera vista– están del lado del conflicto que es hostil hacia Israel. Las autoridades israelíes eran conscientes de eso, por lo cual, en el ministerio del interior, registraron a estas personas como «libaneses», y no como «árabes». La generación más joven sin excepción, piensa que el Estado de Israel hizo mucho por sus familias, pero también dice: «Aun así no era suficiente». Pero todos miran hacia adelante: aprovechan las oportunidades de una educación superior, y a diferencia de sus padres, se integran totalmente a la sociedad israelí, todos hablando el hebreo en su vida cotidiana. Unos cuantos de ellos hacen el servicio militar –algunos incluso se comprometieron como soldados profesionales– o eligen un servicio social alternativo. Pero aun así, probablemente todos afirmarían una frase con que Myriam Younnes –quien recuerda la huida a Israel con cinco años de edad– concluyó una de sus entrevistas: «Siempre seremos libaneses. Por más que consideremos a Israel como nuestro nuevo país, del mismo modo nuestra tierra vieja siempre quedará en nuestros corazones».

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