Cómo me salvó la fe en Jesús

Heinrich Pollack

De una vida judía en tiempos del dominio nazi.

Nací en Berlín en el año 1913. Mi padre era abogado, docente y escritor de libros de texto. Ya que él como judío no tenía plenos derechos civiles y no conseguía un trabajo que correspondía a su formación, fundó en Berlín un instituto jurídico privado, donde él mismo daba clases. Como judíos, no éramos considerados como alemanes «verdaderos». Si nos hubiéramos dejado bautizar, eso quizás habría sido diferente. Mi padre le era fiel a su fe antigua, pero consideraba que yo–cuando tuviera la edad suficiente– debería tener la libertad de elegir yo mismo mi religión. Cuando tuve apenas dos años de edad, mi padre falleció repentina e inesperadamente. 

El estándar de vida de nuestra familia empeoró considerablemente después de la muerte de mi padre. Sin embargo, logramos seguir teniendo nuestra sirvienta alemana, llamada Dita. Cuando tuve cinco años de edad, Dita me leyó la historia de la Pasión de Jesucristo de la Biblia. Ella dijo que este Jesús era el Hijo de Dios y que Él ayudó a muchos enfermos y personas que sufrían, pero que personas malvadas lo clavaron en una cruz, fijando sobre su cabeza la inscripción «Rey de los Judíos». Le dije a Dita que yo, si hubiera vivido en ese tiempo, le habría ayudado a bajar de la cruz al buen Rey, de modo que no habría muerto. A esto, Dita me explicó que por medio de su muerte, Jesús había pagado por nuestros pecados. Después de eso, Él se había levantado de la muerte y ofrecía ahora su ayuda a todos los que así lo querían. 

Me permitieron ir a la Escuela Dominical con Dita, y con siete años de edad, fui bautizado. Mi madre permitió el bautismo bajo dos condiciones: que yo nunca odiaría a los judíos, y que no le diría nada del bautismo a mi abuela, que tenía problemas del corazón. 

En 1929 en los EE. UU. se dio la gran caída de la bolsa, que también tuvo grandes repercusiones en Alemania. Las calles estaban llenas de personas sin hogar, desocupadas y otras que, literalmente pasaban hambre. Muchas agrupaciones radicales se fortalecían y se armaban, llegando a enfrentamientos sangrientos. En aquel tiempo yo tenía ya 16 años de edad. Cuando vi todo este caos, comprendí que la gente no tenía esperanza porque no conocían el Evangelio. Me propuse, que cuando fuera adulto, sería evangelista… con esta meta en mente seguí mi educación formal. 

Los nazis llegan al poder
Terminé mis estudios en Berlín –como judío, justo a tiempo– porque en abril de 1933 comenzó una ola de leyes antisemíticas que empeoraron las condiciones de vida de los judíos. Después de mi graduación, trabajé primeramente en una librería. Cada día los nazis promulgaban nuevos decretos contra los judíos. Uno de los mismos negaba a estos la participación en la vida cultural. Parte de la vida cultural también es la venta de libros; y así, perdí mi empleo. 

Poco después mi tío, quien era médico, me consiguió un empleo en una fábrica que producía bebidas alcohólicas. Allí debía trabajar también los domingos, de modo que ya no podía ir a la iglesia. Me habría perdido en aquel tiempo, si no hubiera encontrado un hogar espiritual en la «Iglesia Confesante», que no era parte de la iglesia oficial. En aquel tiempo muchos pastores estaban contra el nazismo; muchos de ellos perdieron sus empleos o terminaban en los campos de concentración. Los miembros de la Iglesia Confesante publicaban una revista en la que escribían regularmente sobre estas cosas. Pero esta revista solo podía circular clandestinamente, ya que todas las actividades de la Iglesia Confesante eran vigiladas por la Gestapo (policía secreta de los nazis). 

La vida en Alemania era cada vez más peligrosa para los judíos al igual que para los cristianos verdaderos, y la gente tenía miedo. En muchas casas de alquiler había informantes de los nazis que espiaban a la gente. A menudo había grandes manifestaciones de los nazis en la ciudad. Cuando sucedía eso, los judíos se escondían. La noche del 9 al 10 de noviembre 1938 –la «Noche de los cristales rotos»– fue la inauguración sangrienta del Holocausto: más de mil sinagogas fueron reducidas a cenizas o destruidas; numerosos judíos hallaron la muerte, y aproximadamente 30,000 fueron enviados a los campos de concentración. 

El regalo de navidad que salvó vidas
La navidad de 1938 fue decisiva en mi vida. Mi «regalo de navidad» fue una invitación del Obispo George Bell de Chichester (sur de Inglaterra), un amigo de Dietrich Bonhoeffer. Como judío en aquel tiempo no se podía viajar a ningún lado, a no ser que se lograra presentar una invitación. Yo no conocía personalmente al Pastor Bonhoeffer y era bastante desconocido en la iglesia; de modo que fue una sorpresa enorme cuando tuve el visado valioso en manos. Aquella vez, unos 80 judíos cristianos alemanes fueron salvados de esta manera. Cuando mi madre leyó la invitación, dijo: «Ahora realmente creo que este Jesús, en quien tú crees, existe».

Inglaterra y Suecia; de regreso a Alemania 
No me quedé mucho tiempo en Inglaterra. Apenas llegado allí, recibí una respuesta de Suecia, donde había solicitado un lugar de estudios en teología. Para mi gran sorpresa, la Facultad Teológica de la Universidad Lund me quería tener allí. Y así, –entretanto era el año 1939– unos meses después me dirigí a Suecia. En septiembre del mismo año comenzó la Segunda Guerra Mundial–Dios me había salvado en el último momento. 

Comencé mis estudios, lleno de esperanza, y al principio todo se desarrollaba según los planes. Encontré varias personas que me apoyaban financieramente, y aprendía la lengua sueca. Pero cuando llegó la guerra, todo encareció y comenzaron las dificultades. Para no tener que morir de hambre intenté trabajar además de estudiar, pero pronto tuve que dejar los estudios, porque el dinero ya no alcanzaba. Eso fue una desilusión muy dura para mí. Le confié mis problemas a mi madre, con quien nos escribíamos cartas. 

Mis problemas llegaron a ser tan grandes, que finalmente decidí abandonar la vida. Saltaría de la ventana de mi vivienda que estaba en el cuarto piso. En el momento en que quise acercarme a la ventana, me percaté de la pequeña cruz que yo había colgado en la pared al lado de la ventana. La cruz me hizo recordar que Jesús me podía ayudar. Y no salté, sino que abrí mi Biblia– la que no había leído desde hacía bastante tiempo. La Biblia se abrió en Ezequiel 18:23, y las palabras fueron directamente a mi corazón: «¿Quiero yo la muerte del impío? dice Jehová el Señor. ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos?»

Cuando desperté la mañana siguiente, en lo externo todo estaba como hasta entonces, pero mi interior había cambiado totalmente. Pronto encontré mi hogar espiritual con el Ejército de Salvación Sueco. Aproximadamente al mismo tiempo, un profesor de Germanística de la universidad comenzó a enviarme sus estudiantes, para que les enseñara alemán, eso me daba el dinero suficiente para poder pagar mi alquiler, y para comer una comida caliente al día. Retomé mis estudios de teología, pero esta vez con el Ejército de Salvación. Con 25 años de edad me convertí en Oficial del Ejército de Salvación, y recibí mi propia iglesia. Pronto me trasladaron a la editorial del Ejército de Salvación en su sede en Estocolmo. Allí conocí a mi primera esposa, quien me dio dos hijos y una hija. 

La guerra había causado mucho daño al Ejército de Salvación en Alemania, y cuando terminó la guerra me pidieron que fuera para reconstruirlo. Me había jurado que nunca más pondría pie en suelo alemán, pero le pregunté a Dios lo que debía hacer. En 1958 finalmente nos mudamos a Alemania, donde recibí una función de liderazgo en la editorial del Ejército de Salvación. 

Cuando nuestros hijos se volvieron demasiado alemanes para nuestro gusto, decidimos regresar a Suecia. Alemania se había transformado mucho en el sentido moral, y esto comenzó a ser una carga para nosotros. Seguí trabajando en el Ejército de Salvación, pero para mi esposa no había trabajo. Llegamos a tener varios conflictos familiares, y finalmente enfermé. Mi médico me recomendó un cambio total de escenario si quería sanar. Mis seres queridos, mi empleador y yo nos pusimos de acuerdo, que por un tiempo iría solo a Israel, para allí trabajar para la organización sueca Judarnas Vänner («Amigos de los Judíos»). 

Una vida nueva en Israel
Lleno de esperanza viajé a Jerusalén y comencé mi trabajo en el Monte de los Olivos, en un centro que repartía Biblias en diversos idiomas. Compré una casa y comencé a renovarla. Mi hijo mayor vino para ayudarme. Cuando todo estuvo listo, llamé a mi esposa en Suecia y le dije, que podía venir también. Esta llamada fue la próxima reorientación en mi vida. Mi esposa me manifestó que ella había encontrado otro hombre y que quería divorciarse. Yo estaba totalmente destruido. Nos tomó aproximadamente un año hasta que obtuvimos el divorcio; para mí fue un año terrible. 

En Jerusalén comencé a ir a los cultos anglicanos de la Iglesia de Cristo. Un día el decano de la iglesia, Roger Allison, me invitó a una comida en su casa. Yo no sabía que también había invitado a una judía mesiánica inglesa, Gabriela. El hecho es que, Gabriela y yo descubrimos enseguida que teníamos muchas cosas en comú –no solamente nuestras raíces judías y nuestra fe en Jesucristo–también Gabriela había conocido a Cristo a una edad joven. Veintidós años de su vida había estado en un monasterio anglicano, el cual finalmente dejó atrás para trabajar en Israel. Cuando llegamos a ser pareja, siempre cumplíamos la tradición judía del sábado: Gabriela encendía las velas, y yo pronunciaba la bendición sobre el pan y el vino. 

Vivíamos en Jerusalén y fueron los treinta años más felices de mi vida. Nuestro hogar era el lugar de encuentro para cristianos de los países más diversos. Celebrábamos todos los feriados judíos y cristianos, siempre con el Mesías en el centro. Hicimos el esfuerzo de seguir las tradiciones judías a la luz de Jesús. Yo trabajé un total de nueve años en el Centro Bíblico en el Monte de los Olivos, que era financiado por la pequeña sociedad misionera a la que yo pertenecía. Dicho centro repartía miles de Biblias en muchas lenguas, entre ellas también muchas Biblias en árabe. Y así fue como yo, un judío, trabajaba en Jerusalén Oriental con secretarias árabes, y tenía numerosos amigos que eran árabes.

Antes de jubilarme trabajé por un año como guía turístico en el Sepulcro del Jardín. 

Cuando Gabriela enfermó de cáncer, el trabajo en nuestra casa llegó a ser demasiado para nosotros, y comenzamos a buscar un lugar en un residencial de ancianos apropiado. Sabíamos que en la mayoría de las casas con liderazgo judío no seríamos bienvenidos; aún si la dirección del hogar nos recibía, teníamos que tener en cuenta que una parte de los demás residentes y funcionarios estarían en contra de nosotros. Así solamente quedaba el incomparable Ebenezer Home en Haifa, donde judíos mesiánicos, cristianos árabes y otros cristianos de diversas nacionalidades vivían juntos en armonía. Por dieciséis años estuve en la Junta Asesora de dicho hogar. En el año 2001 nos mudamos a Ebenezer; un año después Gabriela pudo irse con el Señor. Habíamos comenzado a escribir nuestra autobiografía conjunta; ahora seguí escribiéndola solo, con la ayuda del Señor y de otros. En el año 2007 fue publicada en alemán bajo el titulo «Tu Fidelidad es Grande». Escogí este título, porque reproduce tan bien lo que experimenté con el Señor en los muchos años que lo conocí. 

Heinrich Pollack, residente del Asilo de Ancianos Ebenezer en Haifa, apoyado por Beth Shalom, se fue con su Señor el 1 de septiembre de 2012, a la edad de 99 años. 

Heinrich Pollack, Tu Fidelidad es grande
Recuerdos de un «no-ario»  (Neukirchen-Vluyn: Editorial Aussaat, 2007).

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