¿Por qué todavía es relevante que Auschwitz en su tiempo no haya sido bombardeado?

Antje Naujoks

En el Día Conmemorativo Internacional de la Shoá se escuchaban del mundo entero afirmaciones contra el antisemitismo y el racismo. Paralelamente, el público judío sacó a relucir la postura de los aliados con respecto al bombardeo de Auschwitz y planteó preguntas para el presente. 

A principios de este año, se cumplieron 75 años de la liberación del campo de exterminio nacionalsocialista Auschwitz. Recién en 1978, llegó a la conciencia del público mundial, lo que en los liderazgos políticos y también entre los comandantes militares de los países occidentales se había discutido desde mayo 1944: ¿debía bombardearse a Auschwitz? Desde entonces, científicos de diferentes áreas de especialización se han dedicado a la exploración de diversos temas relacionados con esto: ¿qué exactamente sabían los aliados desde cuándo, qué posibilidades técnico-militares estaban a su disposición, quién representaba qué postura con base en qué consideraciones? No solamente en el Jerusalem Post, sino también en otros medios de comunicación judíos salieron aportes que tratan con este tema trágico y complejo, y que enfocan preguntas y paralelos con la actualidad. 

Lo emocional que es este tema histórico lo llegó a saber la escritora de estas líneas cuando ella, como mujer joven en Israel, por primera vez escuchó de una sobreviviente del Shoá en su ciudad natal, lo que para ella como judía perseguida habían significado las bombas de los aliados. Eva Basnitzki, nacida en 1933 como hija de una judía y de un cristiano, sobrevivió porque su padre apoyaba a su familia y resistió la presión de las autoridades nazis. Él se negaba a un divorcio e incluso aceptó ser internado en un campo de trabajo. A su hija la escondía temporalmente con amigos en Quickborn, cerca de Hamburgo. Sobre el bombardeo de los aliados dice Eva Basnitzki a mediados de los años del 1980: “Oh, no te imaginas lo contenta que estaba yo de ver a los aviones aliados en el cielo. Pero al mismo tiempo tenía mucho miedo, porque a través de sus bombas que debían lograr mi libertad, al mismo tiempo me encontraba en gran peligro”. Eso deja claro por qué un bombardeo de Auschwitz no solamente proponía preguntas técnico-militares, y consideraciones político-bélicas, sino también contenía dilemas morales. 

El oficial polaco, Jan Karski, quien se introdujo clandestinamente en el gueto de Varsovia, ya en 1942, había informado sobre “un exterminio sistemático de judíos”. A continuación, varias veces hubo advertencias sobre los procedimientos en campos como Auschwitz. Informaciones detalladas sobre cámaras de gas dieron la vuelta a partir de abril de 1944 (informe Vrba-Wetzlar), y el 15 de junio de 1944 fueron publicados por la BBC y el 20 de junio del 1944 por el New York Times. Hoy se sabe que, si los aliados realmente hubieran prestado atención a las fotografías aéreas logradas ya a principios de abril 1944 al sobrevolar Auschwitz, se podría haber sabido mucho antes lo que sucedía allí. 

El 11 de junio de 1944, David Ben-Gurion, como presidente del comité ejecutivo de la Jewish Agency, dijo después de una reunión: “Nuestro comité llega a la conclusión que nosotros no pediremos a los aliados un bombardeo de lugares con presencia de judíos”. Una semana después, se cambió esta postura: aquello que se había temido pero no podía creer, porque era sencillamente demasiado increíble e inconcebible, fue confirmado por el mencionado informe Vrba-Wetzlar. Ben-Gurion insistía ahora al presidente estadounidense Roosevelt a bombardear el campo y los rieles de ferrocarril que llevaban a dicho lugar. Eso ya lo habían exigido otros con anterioridad, pero todos tenían claro que era un dilema moral; no había una buena solución, solo una mejor alternativa posible entre las malas. Si bien el ejército estadounidense habría tenido a disposición el poder técnico para bombardear a Auschwitz, los estrategas militares actuales están de acuerdo entre sí que el bombardeo con los medios imprecisos de aquel tiempo habría exigido mucho, sin necesariamente alcanzar el objetivo deseado. Eso también lo demostraron a fines de agosto y fines de diciembre de 1944 los bombardeos de la fábrica IG-Farben en el campo Monowitz (Auschwitz III) a cinco kilómetros de Auschwitz. 

Más allá de esto, los diversos autores alegan otras consideraciones que fueron sopesadas, es decir, ponderadas en aquel entonces, como por ejemplo, que los nazis de todos modos dentro de un tiempo muy corto habrían arreglado los rieles ferroviarios o habrían asesinado de otra forma a los presos judíos internados. Además, se consideró la preocupación que, después de un bombardeo, el mundo los denunciaría de ser culpables de la muerte de judíos, mientras que los perpetradores nazis se habrían escondido en las sombras. No obstante, en la discusión actual había algo más en el foco de las consideraciones del por qué los aliados en realidad no habrían sido activos a tiempo también en este frente. Los autores que, a principios del 2020, trataban con esto, llegan a diferentes conclusiones detalladas, pero en principio están de acuerdo entre sí, que también tenía que ver con la América de aquellos tiempos. “En los años del 1940, América no tenía el deseo de ayudar a los judíos”, escribe Rich Bornstein, “porque América, si somos muy honestos, era un país racista que recién comenzó a vencer lentamente su xenofobia en los años del 1950, y esto solamente porque Hitler había desacreditado el racismo.” 

Para algunos autores hay otros aspectos importantes más, que no se refieren solo a los EE. UU., sino a los poderes occidentales en general, pero del mismo modo a la USSR: después de todo, cuando todavía podrían haber parado de manera sencilla a la Alemania nazi, todos ellos negociaron e incluso hicieron concesiones amables con el país y con Hitler, “quien había prometido y anunciado un genocidio, y quien verdaderamente lo cumplió”, así expresó el autor Anderson Harkov. Por eso, este autor saca la siguiente conexión transversal: “Y ahora, hace mucho que escribimos el siglo XXI, y nuevamente el mundo tiene un régimen que anuncia un nuevo genocidio: Irán”. En este contexto, él denuncia el Trato Nuclear hecho por el presidente estadounidense Obama, y critica duramente a los europeos que siguen sosteniendo dicho trato. Otro autor, Jonathan S. Tobin, concluye con consideraciones similares, diciendo: “La lección de esta historia es lisa y llanamente, que los judíos en principio dependían de sí mismos en una guerra de genocidio, que rugía separadamente de la guerra realizada por los ejércitos. Cuando las Fuerzas Aéreas Israelíes en 2003 sobrevolaron Auschwitz, eso fue mucho más que un PR-Gag. (…) Israel es considerablemente más que un memorial del Holocausto, porque representa la capacidad de poder defenderse a sí mismo y de garantizar que ningún judío en dificultades otra vez tenga que esperar a un amigo que lo salve, uno que de todos modos no aparece.”

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