¿A quién pertenece Jerusalén?

Zwi Lidar

Los palestinos, el Vaticano y las Naciones Unidas quieren dividir Jerusalén. ¿Cómo son sus planes de división? ¿Qué actitud tiene Israel al respecto? ¿Y qué tiene que ver esto con el Rey Salomón?

No debe haber otra ciudad en el mundo entero que levante preguntas tan complejas y cargadas de tensión. ¿Quién debe gobernar sobre Jerusalén? Al referirse al estatus del Muro de los Lamentos, al Monte del Templo (Haram al-Sharif), a la Iglesia del Santo Sepulcro y a por lo menos otros 300 sitios considerados como “sagrados” debido a su simbolismo, no solo surgen diferencias territoriales sino también de credos e identidades nacionales. Visto en este contexto, llega a ser comprensible por qué no solo israelíes y palestinos reclaman a Jerusalén, sino también el Vaticano, los Estados árabes y las organizaciones religiosas más diversas. Por esta razón, en el curso de su plan de división de Palestina aprobado en 1947, las Naciones Unidas determinaron que Jerusalén debía ser “corpus separatum”, o sea un “cuerpo separado” sometido a control internacional. Sin embargo, la guerra de 1948 dio lugar a otros resultados: la parte oeste de la ciudad fue conquistada por Israel, y declarada capital del país por el gobierno israelí, y la parte este (en la cual se concentran la mayoría de los lugares sagrados) quedó bajo control jordano. Tras la Guerra de los Seis Días del año 1967, Israel anunció la unificación de la ciudad y ancló el estado de la misma en una ley especialmente protegida con la denominación “Jerusalén, capital de Israel”. Desde ese momento esta es la respuesta formal y también emocional de Israel a la pregunta de a quién le pertenece verdaderamente esta ciudad.

Nadie en el mundo (incluyendo a EE.UU.) acepta esta respuesta. Ni un solo país hasta ahora ha reconocido jurídicamente a Jerusalén Oeste como capital israelí; tampoco ningún Estado reconoce a Jerusalén reunificado. Todos señalan a la decisión de la ONU de 1947 como norma jurídica y la intención de establecer un dominio internacional sobre Jerusalén. En el pasado, en el curso de las negociaciones por un acuerdo final entre Israel y Palestina, se plantearon las siguientes ideas:

División territorial en dos Estados bajo un control superior internacional. Jerusalén Oeste sería definido como israelí y Jerusalén Este como palestino, el Monte del Templo continuaría sometido al Waqf musulmán y el Muro de los Lamentos a la soberanía israelí.

Una ciudad unificada, cuyos asuntos urbanos serían administrados colectivamente. Las competencias correspondientes surgen de las consideraciones geográfico-religiosas, aseguradas por “respaldo internacional”.

Una ciudad unificada bajo la administración temporal de una tercera entidad internacional, cuyo poder de plazo limitado pueda prolongarse. Sus competencias y facultades serían adjudicadas de común acuerdo, partiendo del derecho de cada sector a defender sus intereses propios, siempre y cuando estos no violen los de la contraparte.

Las propuestas que en definitiva habrían llevado a la división de la ciudad, fueron consideradas como aceptables por los primeros ministros de aquel tiempo, Ehud Barak y Ehud Olmert. Pero fueron los palestinos quienes retrocedieron ante las concesiones que hubieran sido necesarias para concretar estas propuestas. Otra variante de la división de la ciudad (que habría postergado las negociaciones sobre el estado de los lugares sagrados y del barrio judío de la ciudad vieja), fue propuesta por el ministro exterior estadounidense, John Kerry, al primer ministro israelí Netanyahu y al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abás, durante la presidencia de Obama. Pero tampoco esta propuesta terminó con negociaciones exitosas. Teniendo en cuenta la marcada tendencia de derecha conservadora que está en el poder en Israel, y en vista de la presión política que ejercen los judíos colonos, el actual gobierno israelí no consentirá en una división de la ciudad. Todo lo contrario: las nuevas propuestas de ley que están en diálogo están pensadas para impedir todo intento de dividir la ciudad, aun si se llegara a negociar un acuerdo definitivo para el arreglo del conflicto. Y con esto, el presidente estadounidense Trump (a quien le gustaría mucho ser quien lleve a un “acuerdo de paz” de este tipo) se pone en el rol del Rey Salomón y tendrá que decidir entre aquellos que quieren dividir la ciudad y los que ni siquiera quieren escuchar de este tema.

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