¡Sean prospectivos!

Norbert Lieth

Se lee hoy de empresas prospectivas, de gestión futurista, planificación futurista, incluso de sendas futuristas. Se trata de mundos del futuro, implementaciones del futuro, principios rectores para diseñadores futuristas. En pocas palabras: lo importante que es pensar hacia adelante y planificar. Pero, ¿cómo está la fe orientada hacia el futuro de la cristiandad? 

¿Planificamos, administramos y actuamos con miras al futuro? ¿Preparamos nuestra vida para eso? Pablo escribe: “Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante” (Fil. 3:13). ¿Todavía contamos firmemente con el futuro de Dios? ¿Con Sus promesas orientadas al futuro? ¿Esperamos la segunda venida de Jesucristo, Su reino futuro en la tierra y el cielo? ¿Está nuestra vida llena de entusiasmo por eso? 

C. H. Spurgeon lo expresó de la siguiente manera: “Por oscura que fuera la noche, la mañana viene. ¿Sabes lo que significa vivir del futuro, alimentarse de la esperanza, disfrutar del cielo por adelantado?”. 

En la vida de Isaac, Jacob y José vemos ejemplos de tres hombres que creyeron y actuaron prospectivamente. 

La fe prospectiva de Isaac: “Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú respecto a cosas venideras” (He. 11:20). Los hijos de Jacob eran mellizos y recibieron de Dios promesas diferentes para el futuro: 

“Y oró Isaac a Jehová por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer. Y los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a consultar a Jehová; y le respondió Jehová: dos naciones hay en tu seno; y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; el un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor. Cuando se cumplieron sus días para dar a luz, he aquí había gemelos en su vientre. Y salió el primero rubio, y era todo velludo como una pelliza; y llamaron su nombre Esaú. Después salió su hermano, trabada su mano al calcañar de Esaú; y fue llamado su nombre Jacob. Y era Isaac de edad de sesenta años cuando ella los dios a luz” (Gn. 25:21-26). 

Es lindo ver cómo Isaac oró por su mujer y fue escuchado; y también cómo Rebeca mantenía una relación propia personal con el Señor y cómo ella recibió respuesta de Él. Dios reveló dos cosas con respecto a las dos naciones que saldrían de Jacob y Esaú. 

Jacob fue el que nació segundo, aún así, su nación sería más fuerte que la de Esaú. Este, aunque mayor, debería servir a Jacob, el menor. 

Desde el principio, Jacob fue un “agarrador del calcañar” e insidioso. Ya en el vientre de su madre, los hermanos luchaban entre sí. Más adelante, Jacob obtuvo la primogenitura por astucia y de una manera nada espiritual. Pero eso no fue obstáculo para que Dios cumpliera Su promesa. Después de que Jacob se aprovechara de su hermano Esaú con un plato de lentejas y engañara a su propio padre al hacerse pasar por Esaú, Isaac bendijo a su hijo creyendo que sería Esaú, y dijo: “Dios, pues, te dé del rocío del cielo, y de las grosuras de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto. Sírvante pueblos, y naciones se inclinen a ti; sé señor de tus hermanos, y se inclinen ante ti los hijos de tu madre. Malditos los que te maldijeren, y benditos los que te bendijeren” (Gn. 27:28-29). 

Tres cosas le fueron prometidas a Jacob: primero, en la bendición le fueron otorgada riquezas. Segundo, él recibió el dominio sobre pueblos. Tercero, le fue dada una protección divina especial. 

Su padre Isaac confió en estas promesas de Dios. Él no solamente no se retractó, sino que incluso las confirmó. Cuando Esaú vino a él, “se estremeció Isaac grandemente, y dijo: ¿Quién es el que vino aquí, que trajo caza, y me dio, y comí de todo antes que tú vinieses? Yo le bendije, y será bendito” (Gn. 27:33). 

Si bien Jacob había conseguido para sí la bendición de manera engañosa y si bien Isaac ni siquiera quiso bendecir a Jacob de esa manera, sino a Esaú, para Isaac las promesas que Dios había dado al nacer los hijos eran inviolables. Aquí nos vemos ante el principio divino de la fidelidad de Dios. Él no puede negarse a sí mismo (2 Ti. 2:13). Él no se arrepiente de Sus dones de gracia y de Sus llamados (Ro. 11:29). 

Dios llevó a Jacob por caminos formadores duros, pero no le quitó Su promesa. Es que Dios no es humano para que Él se arrepienta de algo (Nm. 23:19; 1 S. 15:29). 

Esaú recibió la siguiente indicación. “Entonces Isaac su padre habló y le dijo: He aquí, será tu habitación en grosuras de la tierra, y del rocío de los cielos de arriba; y por tu espada vivirás, y a tu hermano servirás; y sucederá cuando te fortalezcas, que descargarás su yugo de tu cerviz” (Gn. 27:39-40). 

También a él le fueron dichas tres cosas para el futuro: primero, Esaú viviría en la soledad, es decir el desierto (Edom, Jordania). Segundo, Esaú viviría de la espada, pero serviría a su hermano. Los edomitas de verdad fueron un pueblo guerrero, que no obstante fue dominado por Judá. Tercero, un día Esaú se quitaría el yugo de Jacob. Eso se cumplió en el tiempo del rey judío Joram: “En el tiempo de él se rebeló Edom contra el dominio de Judá, y pusieron rey sobre ellos. […] No obstante, Edom se libertó del dominio de Judá, hasta hoy” (2 Reyes 8:20,22). 

Las bendiciones de Isaac, al mismo tiempo, eran profecías para el futuro que se cumplieron literalmente. Isaac creyó estas promesas. Él confiaba totalmente en las promesas de Dios para el futuro de sus hijos. 

La fe orientada hacia el futuro de Jacob: “Por la fe Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró apoyado sobre el extremo de su bordón” (He. 11:21). 

Jacob actuó similar a lo que hizo su padre Isaac con anterioridad. Su hijo José tenía dos hijos con una mujer egipcia, el primogénito Manasés y el segundo Efraín (Gn. 41:50-52). Cuando Jacob ya estuvo enfermo y a punto de morir, él bendijo a los dos hijos de José, y al hacerlo puso el segundo Efraín delante del primogénito Manasés: “Y los bendijo aquel día, diciendo: En ti bendecirá Israel, diciendo: Hágate Dios como a Efraín y como a Manasés. Y puso a Efraín antes de Manasés” (Gn. 48:20). Además, de este modo, los dos hijos de José fueron elevados al rango de los demás hijos de Jacob y equiparados a ellos (Gn. 48:5). 

Después de eso, Jacob adoró a Dios apoyado en su bastón y falleció. Eso muestra que él ya estaba muy anciano y débil, pero que su fe todavía seguía fuerte. Él no escatimó esfuerzos para adorar a Dios como portador de promesas. Hasta el final, llevó una vida orientada hacia Dios. Él era consciente de la presencia de Dios, y sabía que expresaba profecías divinas. Pensando en el peregrinaje de su vida que había durado 147 años (Gn. 47:28), solo podía adorar a Dios: el símbolo de eso era su bordón. Este quizás también le hacía recordar su lucha con Dios, cuando este le había desencajado su cadera, momento desde el cual Jacob necesitaba un bordón para caminar. Él estaba agradecido por esta experiencia que había llevado a un gran cambio espiritual para su vida. 

Arnold Fruchtenbaum explica que tanto la bendición de Isaac como también la bendición de Jacob expresaron una fe orientada hacia el futuro. De eso podemos aprender mucho: la fe no es orientada solamente hacia el aquí y ahora, sino justamente también es prospectiva. Y eso debería caracterizar nuestro actuar aquí. Tenemos el privilegio de poder creer en las promesas para el futuro que aún están sin cumplirse. Aferrarnos a ellas, confiar en ellas y adorar por ellas. Y viviendo sobre el fundamento de las mismas, servimos y vivimos una vida entregada a Dios (2 Ti. 4:6-8). 

La fe prospectiva de José: “Por la fe José, al morir, mencionó la salida de los hijos de Israel, y dio mandamiento acerca de sus huesos” (He. 11:22). 

José se había convertido en un hombre importante en Egipto. Sin embargo, él creía en las promesas que Dios había dado a Abraham, Isaac y Jacob con respecto al futuro de Israel y de la tierra prometida (Sal. 105:8-10ss). Él sabía que su pueblo un día regresaría a Canaán. Israel se convertiría en una nación grande, poseería una tierra propia y se convertiría en bendición para todas las naciones, en cuanto al Mesías. 

Sobre José leemos: “E hizo jurar José a los hijos de Israel, diciendo: Dios ciertamente os visitará, y haréis llevar de aquí mis huesos” (Gn. 50:25). – “Tomó también consigo Moisés los huesos de José, el cual había juramentado a los hijos de Israel, diciendo: Dios ciertamente os visitará, y haréis subir mis huesos de aquí con vosotros” (Éx. 13:19). – “Y enterraron en Siquem los huesos de José, que los hijos de Israel habían traído de Egipto, en la parte del campo que Jacob compró de los hijos de Hamor padre de Siquem, por cien piezas de dinero; y posesión de los hijos de José” (Jos. 24:32). 

Todos estos son ejemplos que pueden fortalecer nuestra fe. Debemos pensar en el futuro, meditar en él, anticiparnos para él y hacer preparativos correspondientes. Eso quiere decir: creer aún cuando todavía no se ve nada; y bendecir, trabajar y vivir de esa manera. 

“La fe es un pájaro que canta cuando la noche todavía es oscura” (proverbio chino).

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