Más que un Saludo (Filipenses 1:1-2)

Fredy Peter

“Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos: gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” Filipenses 1:1-2

Los dos primeros versículos de la Epístola a los Filipenses son más que un simple saludo. Sería equivocado pensar que el “verdadero” contenido de la carta comienza recién a partir del versículo 3. Pues la primera oración caracteriza a toda la carta y, por lo tanto, nos sirve como “tarjeta de presentación”.

El versículo 1 habla de “Pablo y Timoteo”. Pablo, que se convirtió de un “blasfemo, perseguidor e injuriador” (1 Timoteo 1:13) a un “siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol” (Romanos 1:1), quien en su segundo viaje misionero conoció al joven Timoteo, que se convirtió en su nuevo colaborador (Hechos 16:1-5) y a quien luego llevó también con él en su tercer viaje. Por lo tanto, los filipenses conocían a Timoteo. Pero como Pablo, después del saludo en los dos primeros versículos, sigue escribiendo en primera persona hasta el final de la carta, podemos asumir que Timoteo no fue coautor de la misma, sino que Pablo dictó la carta a los filipenses. Pablo nombra a Timoteo en el saludo porque él era su colaborador más fiel y confiable, su “hijo amado y fiel en el Señor” (1 Corintios 4:17). Además, tenía la intención de enviar pronto a Timoteo a los filipenses (cap. 2:23).

Normalmente, una tarjeta de visita no registra otra cosa que la más importante y pertinente característica del trabajo o ministerio que uno cumple. En la carta a los filipenses, es interesante observar lo que Pablo “no escribe” en su “tarjeta de visita” en los primeros versículos. En nueve de sus 13 cartas, se presenta como apóstol en el primer versículo (en Romanos, 1 Corintios, 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Colosenses, 1 Timoteo, 2 Timoteo, y Tito). En 1 y 2 Tesalonicenses no hace ninguna descripción de su ministerio, y en Filemón se presenta como “prisionero de Jesucristo”. Sin embargo, en la Epístola a los Filipenses, no dice nada de su ministerio como apóstol, pues su autoridad no está siendo cuestionada en absoluto entre ellos. Y es por eso que Pablo puede presentarse, juntamente con Timoteo, como “siervos de Jesucristo”.

La palabra griega para siervo es doulos, y significa, literalmente, “esclavo”. Hoy, esta palabra se relaciona con la terrible explotación de personas de raza negra por medio de la clase alta blanca. Sin embargo, Pablo usa esta expresión en el contexto de la cultura grecor-romana del primer siglo. En aquel entonces, la tenencia de esclavos era un sistema social ampliamente extendido y reconocido. Aproximadamente una quinta parte de la población estaba conformada por esclavos.

La esclavitud romana no se limitaba a una sola raza. La mayoría de los esclavos nacían en el hogar de su amo, se criaban allí, muchas veces gozaban de una formación y podían trabajar en cualquier profesión, junto a los hombres libres. A pesar de esto, los esclavos frecuentemente eran tratados cruel y brutalmente por sus amos tiranos. Un esclavo le pertenecía completamente a su amo. Ante la ley, era considerado un objeto, más que una persona. Los esclavos fieles y trabajadores podían llegar a ser amos de otros esclavos, y tanto en Grecia como en Roma podían ganarse su libertad y obtener la ciudadanía. Todos estos hechos eran conocidos por los creyentes del primer siglo. Incluso algunos de ellos eran esclavos también.

La mayoría de las traducciones interpretan doulos como “siervo”. Sin embargo, los siervos eran empleados, mientras que los esclavos eran propiedad de sus amos.
Todo esclavo tiene un amo. Jesús se refirió a este hecho, cuando constató: “Ninguno puede servir a dos señores” (Mt. 6:24). El testimonio bíblico deja en claro que todos nosotros somos esclavos: o somos esclavos del pecado, dependientes de Satanás, o esclavos de la justicia, liberados por Jesucristo y dependientes de Él. Romanos 6:16-18 dice: “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia”.

En Gálatas 3:13, Pablo usa una expresión que en aquel entonces era utilizada para la liberación de un esclavo, cuando dice: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley”. Jesucristo pagó el precio máximo por nosotros con Su muerte en la cruz. Como esclavo redimido por Cristo, Pablo usa con total naturalidad la expresión “esclavo”, para describir su relación y la de Timoteo con su Señor y Maestro Jesucristo, y para expresar lo que realmente son, su nueva identidad: “esclavos de Jesucristo”. Con la misma palabra describen también Pedro, Santiago, Judas y Juan, su condición, cada uno de ellos en el primer versículo de su carta. No debería asombrarnos, entonces, el hecho de que solamente habrá esclavos en el cielo. Se cumplirá lo que dice Apocalipsis 22:3: “…y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos (= doulos, esclavos) le servirán”.

Pero, lo más emocionante es que el mismo Señor Jesucristo, en Su humillación, es llamado esclavo. Pablo escribe, inspirado por el Espíritu Santo, que Jesús, cuando se hizo hombre, tomó “forma de siervo” (Filipenses 2:5-8), esto es, literalmente: forma de esclavo. Sin embargo: “El siervo no es mayor que su señor”, como dijo Jesús en Juan 13:16. Es decir, Jesús no es el ayudante que debe cumplir todos mis deseos, sino que es el Señor de señores, el que me redimió y con esto ha adquirido todos los derechos sobre mí. Como cristiano, soy esclavo de Cristo. Él puede disponer de mí como Él quiere.

Pero veremos ahora, que no somos solamente esclavos. En Filipenses 1:1b, Pablo se dirige a “todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos”. Los santos no son los especialmente “piadosos”, no son una élite de la cristiandad. Las epístolas doctrinales de la Biblia claramente llaman santos a todas las personas que han sido salvas por el Señor Jesucristo y, por lo tanto, han sido santificadas una vez para siempre: “Ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”, dice 1 Corintios 6:11. Y en Hebreos 10:14, leemos: “Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”. Los cristianos son santos “en Cristo Jesús”, no a raíz de sus hechos. Ser santo significa estar apartado para el Señor, y esto no depende de nuestro comportamiento. Debemos hacer una diferencia entre nuestra posición y nuestra condición. En la práctica, esto significa que nuestro pensar, sentir, desear, hablar y actuar, cada vez más debe estar en armonía con nuestra posición como santos. Es a este proceso que la Biblia llama santificación.

A continuación, Pablo se dirige a las autoridades de la iglesia. Los “obispos” (griego: episkopos), es decir, los ancianos o los pastores, son los líderes espirituales de la iglesia, responsables de sus necesidades espirituales, de su protección y de su crecimiento. Su competencia, en el ámbito del carácter, está descrita en la primera Epístola a Timoteo, capítulo 3, y en la Epístola a Tito, capítulo 1. Los “diáconos” sirven a la iglesia, codo a codo con los ancianos y bajo el liderazgo de los mismos. Los requisitos para los diáconos también están descritos en 1 Timoteo 3, pero no se define ningún área concreta de trabajo. Fundamentalmente, su servicio atañe todas las áreas de la vida de la iglesia.

Pablo termina su saludo en Filipenses 1:2, diciendo: “Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Esta es la fórmula estándar en cada una de las 13 cartas de Pablo. Es, en realidad, un resumen del Evangelio, una descripción exacta de los efectos de la salvación. “Gracia” (en griego: kharis) es: favor inmerecido y visitación de Dios, un regalo. Este saludo es una variación del saludo khairein, que se usaba comúnmente en aquel entonces, y que significa: “sean alegres” o “alégrense”. “Paz” (en griego eirene) es la consecuencia de “gracia” –es el resultado de la salvación. Pero hay muchas más cosas implicadas. No se trata solamente de reconciliación, sino también de felicidad y de bienestar. Es interesante que en la mitología griega, Eirene, la hija de Zeus, padre de los dioses, cumplía la función de una diosa de paz. ¿Será que Pablo con este saludo quiere mostrar que la gracia y la verdadera paz solamente vienen del Señor? Existe una sola fuente y es la misma para todos, como lo expresa Pablo al decir: “de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. La conjunción “y” indica que el Padre y el Hijo están a un mismo nivel. ¡Jesús es Dios! El deseo de Pablo es que esta gracia y paz divinas aumenten más y más entre los filipenses. Por eso, en el versículo 3, comienza a orar.

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