Lo que nos enseña el saludo final de Pablo

Norbert Lieth

Al Dios y Padre nuestro sea gloria por los siglos de los siglos. Amén. Saludad a todos los santos en Cristo Jesús. Los hermanos que están conmigo os saludan. Todos los santos os saludan, y especialmente los de la casa de César. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén.” Filipenses 4:20-23

Imagínate la siguiente escena: te encuentras en una situación miserable y desagradable. Te sientes oprimido, debilitado e impedido en tus posibilidades de desarrollo. En este estado, algunas personas te atacan para aumentar aún más tu carga, pero otros se ponen de tu lado, ayudándote y apoyándote.

No sabes si tu situación mejorará algún día o, por lo contrario, se agravará. Sumado a esto, estás muy preocupado por las personas por las cuales te sientes responsable: las amas mucho. Aunque tienes oportunidades de animarlas y fortalecerlas a través de las palabras, no puedes hacerlo en los hechos, ni por medio de tu presencia física ni tampoco por tu ejemplo práctico o guía. Además, has experimentado con amargura cómo algunos solo giran alrededor de su propio ego, buscando lo suyo propio y no lo que es de Cristo, convirtiéndose incluso en enemigos de la cruz. Otros, mientras tanto, se esfuerzan trabajando con determinación para el reino de Dios. Te sientes oprimido por la preocupación que tienes por los tuyos: su bienestar espiritual, un cierto miedo a que se aparten de Dios, a que caigan en disensiones y divisiones, o que abran las puertas a falsas doctrinas. Sin embargo, te emocionas al observar cómo algunos se interesan por tu condición y hacen lo que pueden para ayudarte, apoyándote a pesar de sus propias necesidades y permaneciendo en estrecho contacto contigo. Ellos no te apoyan desde su abundancia, sino que en verdad se sacrifican por ti. Tanto las noticias positivas como las negativas te alcanzan y no tienes ninguna posibilidad de intervenir.

Por fin haces una declaración para concluir esta compleja situación: “Al Dios y Padre nuestro sea gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Fil. 4:20).

Lo que acabamos de describir se corresponde con la situación del apóstol Pablo. Este hombre atravesó altibajos, restringieron su libertad, vivió experiencias extremas, consoló y fue consolado, experimentó gozo y tristeza, exhortó con un corazón afligido, pero fue alentado, conoció la enemistad y también la amistad. En medio de sus prisiones, Pablo experimentó la victoria, pero también sufrió ataques desde afuera. Contaba con que sería redimido de su situación (1:19), pero al mismo tiempo, dudaba de eso (1:20, 21; 2:17). Siempre se contentaba con lo que tenía, tomaba todo de la mano de Dios y no se dejaba desalentar.  ¿Por qué?

Porque veía al Padre por encima de todas las cosas, porque sabía que Dios tenía cada situación bajo control. Lo negativo estaba bajo la voluntad permisiva de Dios, lo cual aprovechaba para su bien, como testimonio para otros y como aliento para los creyentes, haciendo que el evangelio sea anunciado en cualquier circunstancia (1:13-14). Por otra parte, lo positivo también provenía de Dios, para animar a Pablo y fructificar las vidas de los que le hacían bien.

Pablo llama a Dios Dios y Padre nuestro. El apóstol lo reconoce como un Padre amoroso, que usa y cambia todo para su bien, que siempre está presente, que cuida de él y que nunca permitirá lo que no corresponda a Su voluntad y designio. Dios nunca le haría daño.

El apóstol termina su Carta a los filipenses con una alabanza que me gustaría transmitir de la siguiente manera:

“¡Escuchen!, todo lo que Dios el Padre hace es maravilloso, pues Él obra como Padre, tanto en las alegrías que nos da, como en los caminos difíciles por los cuales nos lleva. También es algo grandioso que ustedes se esfuercen por ayudarme. Toda la honra le sea dada a Él, pues es quien nos impulsa”.

¿No será maravilloso cuando, al cabo de varios decenios, o quizá al final de nuestra vida, testifiquemos con toda confianza: “Al Dios y Padre nuestro sea gloria por los siglos de los siglos. Amén”? Pablo termina este pasaje con la palabra amén, aun antes de llegar al verdadero final. Amén significa ‘así es’. ¡Y sí, así es! Dios llevará todo a buen término y usará cada situación para nuestro bien.

Pablo escribe en los versículos 21 y 22: “Saludad a todos los santos en Cristo Jesús. Los hermanos que están conmigo os saludan. Todos los santos os saludan, y especialmente los de la casa de César”.

Es asombroso cuánta importancia da Pablo a los saludos. Él dice: “Saludad a todos los santos en Cristo Jesús”. Que nadie sea olvidado o ignorado. Cada miembro en el cuerpo de Cristo es una persona santa. Aquí no hay nadie menos valioso, ningún marginado, ninguno que no tenga importancia. Pablo quiere que cada uno sea saludado. La carta es para todos, y todos son importantes para el apóstol. Nadie debe ser excluido de la comunión, del amor o del recuerdo.

“Los hermanos que están conmigo os saludan”. Me gustaría saber quiénes fueron. ¿Qué hermanos estuvieron con él? Uno de ellos era Timoteo (Filipenses 1:1; 2:19). Además de él, no conocemos a ninguno, salvo a Epafrodito, quien llevó la carta de Pablo a Filipos (2:25 y ss.).

En su cautividad, el apóstol podía recibir visitas y gozar de la comunión espiritual (1:14). Los hermanos que estaban con él mandaron expresamente sus saludos. Podemos ver y aprender sobre el interés mutuo que había entre los hermanos, cuánta empatía y cuánta unión los rodeaba. Los hermanos en Roma estaban informados, tomaban parte y se emocionaban por lo que sucedía en Filipos.

“Todos los santos os saludan […]”. Con la expresión hermanos, Pablo se refería a los que estaban con él. Con “Todos los santos” aludía a la iglesia en Roma, con la cual Pablo tenía contacto. Vemos que también esta congregación tenía una comunión espiritual con Filipos.

“[…] y especialmente los de la casa de César”. La “casa de César” no era tan solo el pretorio (1:13), sino que se trataba del entorno directo del emperador, de sus ministros, sirvientes de la corte, cocineros, esclavos y libres, soldados e incluso familiares. Y todo esto dentro de un contexto donde gobernaba el terrible emperador Nerón (54 hasta 68 d. C.), un enemigo de Dios. Imaginémonos cómo sería el diario vivir de este prisionero en aquella época.

Dios tiene a Su pueblo en todas partes. En medio de la guarida del león había cristianos, hombres y mujeres que se reunían con Pablo para ser animados por él a practicar su fe: “Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio, de tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás. Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor” (Fil. 1:12-14).

Es probable que haya sido de esta manera como el evangelio penetró desde el pretorio hasta la casa del emperador. Siempre sucede así, ya sea en países comunistas o en regiones dominadas por el islam. Casi no existe lugar en el mundo donde no habiten cristianos, y no hay obstáculo que pueda detener el evangelio.

William MacDonald escribe al respecto:
[…] pero aquí tenemos una encantadora ilustración de la verdad de que los cristianos, como las arañas, saben cómo introducirse en los palacios de los reyes (Pr. 30:28)! El evangelio no conoce límites. Puede penetrar las paredes más imponentes. Puede plantarse en medio mismo de los que están tratando de exterminarlo. En verdad, ¡las puertas del Hades no prevalecerán contra la iglesia de Jesucristo!

En el último versículo de la Carta a los filipenses leemos: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén”. La gracia enmarca toda la carta. Pablo comienza a mencionarla en el segundo versículo del primer capítulo y concluye también con ella.

Toda nuestra vida debe ser abarcada por la gracia. Ella nos sostiene. Gracias a ella, podemos cumplir con todas nuestras exigencias. Nadie queda al margen: como dijo alguien: “Está excluido estar excluido de la gracia”.

Es la gracia de nuestro Señor Jesucristo la que se enfatiza aquí: la gracia que se ha vuelto realidad en él; la que vino al mundo por nosotros, la que nos trajo el mensaje de salvación, la que asumió nuestra culpa, murió por nosotros, resucitó y siempre estará con nosotros. Al fin y al cabo, la Iglesia, durante el correr de los siglos, solo ha vivido por la gracia de Dios en Jesucristo.

Todo es posible en la gracia de Jesús. A través de ella podemos lograr todos los desafíos que esta carta trata y comparte. Por esta razón, todas las cartas de Pablo terminan con la gracia: ella es la que nos fortalece y sobre la cual podemos construir. La gracia no es barata, sino la condición para seguir a Jesús. Se lo debemos todo y siempre dependemos de ella. Porque Jesús vive, la gracia siempre está a nuestra disposición. Es tan poderosa como el que la da y tan amorosa como el amor con que Jesucristo nos ama. Por eso, deberíamos alabarla una y otra vez, agradecer al Señor por ella y utilizarla.

“Amén”. Por último, llega el amén definitivo de la carta: ‘así es’. Es la confirmación de todo lo expuesto por Pablo. Su carta ha concluido. Su brazo está cansado de escribir. Pablo enrolla la carta y la entrega a Epafrodito. Este se pondrá en marcha en seguida y la llevará a Filipos (2:25 y ss.). Los filipenses leerán esta “carta de amor”, serán alentados y se llenarán de gozo. Más tarde, será agregada a las otras cartas del apóstol y Dios velará por ellas para que sean preservadas para la posteridad, con el fin de que las próximas generaciones las lean, descubran sus mensajes, reflexionen sobre ellas, se gocen con ellas y crezcan en su fe. Así sucede también con nosotros, hoy y ahora, y cada vez que leemos estas cartas.

ContáctenosQuienes somosPrivacidad y seguridad