La Navidad que se repite constantemente

Norbert Lieth

La historia del nacimiento de Jesús, según nos lo relata Mateo, nos confronta con tres reacciones que hasta el día de hoy se repiten continuamente: 1. Fe, 2. Consternación e 3. Indiferencia.

La primera reacción a Jesucristo es la fe
En Mateo 2:1-2 leemos de la primera reacción, fe: “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.”

Vemos aquí, que quien cree, viene. Por qué, ¿qué hizo a los sabios de oriente ir a Israel, para tener un encuentro personal con el rey de los judíos? No fue en primer lugar la estrella, porque esta fue una consecuencia visible. La verdad del nacimiento de Jesús es la verdadera razón. Leemos dos veces: “Cuando Jesús nació en Belén de Judea… ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente”. Ellos no buscaban la estrella, sino a Jesús.

Jesús vino –¡y por eso podemos venir nosotros a Él!

La fe de los sabios de que Jesús había nacido, los llevó a Belén. En eso seguramente fue de ayuda la señal visible de la estrella. Esto nos deja claro, que toda persona puede llegar a Jesús, ¡porque Él es! Hebreos 11:6 dice: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”.

Esta historia se repite en la actualidad: Conocemos el evangelio, y tenemos la Biblia. Pero es la fe viva en Jesús, que Él es, la fe que hace que una y otra vez vayamos a Él y oremos.

Quien cree, va aún sin estrella. Es muy animador y un buen testimonio, que los sabios de oriente no dejaron que se levantara ni un pensamiento de duda. ¿Y nosotros? ¿Realmente creemos que Él es? Si es así, ¿por qué venimos tan pocas veces? ¿Y por qué oramos con tan poco entusiasmo? Es más, ¿por qué seguimos dudando? ¿Venimos a Jesús solamente cuando vemos señales, o cuando justo nos sentimos como para hacerlo?

Si bien sigue siendo un misterio cómo vinieron, sabemos que los sabios no fueron guiados a Israel y a Belén por la estrella. Esa es una suposición errada. Más bien vinieron por la fe. Dice expresamente: “Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle”. Y recién cuando ya estuvieron en Jerusalén y se habían puesto en camino hacia Belén, volvieron a ver la estrella: “Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño” (Mt. 2:9).

Los sabios se fueron a Israel y buscaron al rey, sin la orientación de la estrella, sencillamente porque creyeron que Él es. ¿También creemos sin señal? ¿Creemos ciegamente? ¿Vamos por el camino y nos quedamos en él, aún cuando ya no vemos nada?

Quien cree, es guiado a pesar de que el enemigo se inmiscuya. Eso lo vemos en Mateo 2:8-9: “Y enviándolos [Herodes] a Belén, dijo: id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore. Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.”

Los sabios creían firmemente que Jesús había nacido, y llegaron a Jerusalén. Ellos estaban cerca de su meta. Pero allí, el rey Herodes y los escribas se involucraron como enemigos de Dios. A continuación, Herodes envió a los sabios a Belén, si bien con un motivo engañoso. Pero entonces Dios nuevamente les envió la estrella que los llevó al lugar exacto donde estaba Jesús.

Si bien el enemigo puede cruzársele en el camino al creyente –el Señor sigue teniendo la victoria y guía a Su hijo a través de la prueba hasta llegar a la meta. A pesar de todos los obstáculos, seguimos estando bajo Su guía.

El Señor también podría haber llevado a los sabios directamente a Belén, ya que ellos ya estaban tan cerca de su destino. ¿Por qué no lo hizo y permitió esta irritiación? ¡Para revelar las artimañas del enemigo! Quizás también lo hizo para ayudarnos a nosotros, para animarnos: “Mi amado hijo, a menudo el enemigo se levanta una vez más justo antes del destino, para seducirte a entrar en la trampa. Recuerda en eso, que yo no siempre estoy en la ‘capital Jerusalén’, es decir, en lo grande, lo fuerte y en la multitud, como la gente supone. No, porque en ‘Belén’, en lo pequeño e insignificante, en lo débil se demuestra mi poder. ¡Si tan solo creyeras, nunca te abandonaré a la guía del enemigo, sino que te llevo a Mi meta! ¡Entretanto, no te dejes desanimar por las irritaciones, aun cuando la ‘estrella’ alguna vez no te brille! ¡Yo te guío!”.

La fe nos lleva a donde está Jesús. También los sabios fueron guiados justamente al lugar donde estaba el niño, y no a pasar de largo. Jesús es el camino de la fe, el contenido de la fe y el destino de la fe. La fe es lo que nos une con Jesús. El que cree, siempre estará donde Él está. Los sabios tenían como destino a Jesús, el rey de los judíos, y por eso no podían perderse. ¡A los honestos, Dios les da éxito!

A quien cree, se le levanta el sol: “Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo” (Mt. 2:10). “Muy grande gozo” es el objetivo de toda fe: “Así perezcan todos tus enemigos, oh Jehová; mas los que te aman, sean como el sol cuando sale en su fuerza” (Jue. 5:31).

Ya en esta tierra podemos vivirlo, que quien cree no perece y es animado una y otra vez. Llega a tener gozo y profunda paz, porque anda en el camino con Jesús. Entonces, cuando se nos abran las puertas del cielo, cuando veamos a Aquel que nos amó y nos salvó, al Sol de la justicia en todo su esplendor eterno –¡entonces habremos llegado a la meta de nuestra fe! Dios “creará algo nuevo”, y habrá un “nuevo cielo y una nueva tierra”. ¡Aleluya!

Quien cree, ve más: “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mt. 2:11).

No dice, que los sabios vieron a “María su madre, con el niño”, sino “al niño con su madre María, y postrándose lo adoraron”. El que cree siempre ve el objetivo principal, y nunca lo pasa de largo. “Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo” (Mt. 17:8).

La mirada de fe está puesta en Jesús, nuestro mediador y nuestra salvación total. El que cree también ve, que para él en Jesús solo existe la entrega total, y que con Jesús uno no puede retener nada para sí. ¿Le abrimos nuestra vida y nuestros tesoros? ¿Posee Él nuestra vida como sacrificio total?

El que cree va por nuevos caminos: “Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino” (Mt. 2:12).

El que cree se pone bajo la guía de Dios y ya no vive según las “reglas” de este mundo. Tal persona deja que el Señor le indique la dirección y hace Su voluntad. Va por nuevos caminos y ya no en los caminos viejos por donde andaba antes. En Romanos 12:2 se nos exhorta, diciendo: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.

Si los hombres de oriente no habrían obedecido las indicaciones de Dios, ellos otra vez se habrían encontrado con Herodes, y así inconscientemente se habrían convertido en ayudantes del enemigo de Cristo. Habría sido un camino en contra de Jesús. Cuando andamos por el camino de este mundo, vamos por el camino de la enemistad con Dios. “Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal” (Fil. 3:18-19).

Salmo 119:1-3 dice frente a esto: “Bienaventurados los perfectos de camino, los que andan en la ley de Jehová. Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan; pues no hacen iniquidad los que andan en sus caminos”. En el camino de obediencia en la fe somos llevados por caminos nuevos, gloriosos y bendecidos, y nos mantenemos bajo la dirección de Dios.

La segunda reacción a Jesucristo es la Consternación
La segunda reacción a Jesucristo la vemos en Mateo 2:3: “Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él”.

Herodes el Grande era de Idumea, y el senado romano lo designó como gobernante de Judea. Él era descendiente de Esaú y, según se cree, solo se volvió judío para aparentar. Por un lado aumentó el esplendor de Jerusalén más que cualquier otro y era considerado un hombre capaz. Sus edificaciones eran sin par. Él reformó el templo de Zorobabel, convirtiéndolo en una obra inigualable. El templo herodiano era considerado como maravilla del mundo. Josefo Flavio escribió al respecto: “Quien no ha visto el templo herodiano, nunca ha visto algo hermoso”. De modo que Herodes hizo algo por el culto judío. Por otro lado, Herodes era un tirano cruel y celoso, incorregible y desenfrenado, que en todo y todos veía un rival. Casi no había día sin ejecuciones. Él mató a dos de sus cuñados, a su propia esposa Mariamne y a dos de sus hijos. Cinco días antes de que él muriera, hizo arrestar a muchos y dispuso la ejecución de ellos para el día de su muerte, solo para estar seguro que el país realmente estaría de luto. Estaba obsesionado por el temor de perder poder, y por todas partes del país levantó enormes edificaciones como monumentos.

Cuando Herodes escuchó que había nacido el rey de los judíos, se espantó, y toda Jerusalén con él. Por eso era lógico hacer matar a los niños de Belén.

¿Por qué se alarmó Herodes? ¡Solo por preocupación por su trono! Él veía en Jesús a un rival. Quien no está dispuesto a bajar del trono de su corazón para dejar que Jesús reine allí, siempre vivirá en temor. Toda noticia sobre la bendición de otro lo sobresaltará, porque no es Jesús quien reina en su corazón, sino la envidia y el celo. Una persona celosa siempre ve en el otro a un competidor.

¿No es alarmante, que un hombre que participó tanto en levantar a Jerusalén y que había edificado un templo impresionante para el culto judío, no haya pasado a la entrega de su propia vida a Dios? Él mismo no tenía conocimientos de las Escrituras, de modo que tuvo que llamar a los escribas. A pesar de muchas obras religiosas, su corazón siguió siendo una cueva de ladrones. ¡Cuántos “cristianos” trabajan en el reino de Dios, pero ellos mismos no llegan a Cristo!

¿Cómo podemos examinarnos a nosotros mismos, si en nuestro corazón reina un “Herodes” o Cristo? Por medio del término “en secreto”. En Mateo 2:7 leemos: “Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos…”. Quien no es honesto, siempre hará sus cosas por atrás o en secreto. Para tal persona lo importante siempre es su propia vida. No puede ser abierto y honesto. Como solo persigue obejtivos propios, no saldrá libremente a la luz. Los “cristianos” que trabajan en secreto, y en lo escondido manejan los hilos son muy peligrosos para el reino de Dios. Pablo dice en 2 Corintios 4:2: “Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios” (Reina Valera). O bien: “Rechazamos todas las acciones vergonzosas y los métodos turbios. No tratamos de engañar a nadie (o: En nuestro trabajo no tenemos propósitos deshonestos), ni de distorsionar la palabra de Dios. Decimos la verdad delante de Dios, y todos los que son sinceros lo saben bien” (NTV).

Los motivos ocultos de Herodes eran tan crueles porque él indicó a los sabios la dirección correcta a Belén, dando a entender que también quería adorar al niño, aunque solamente tenía pensamientos de asesinato: “Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos” (Mt. 2:16).

No solo Herodes, sino todo Jerusalén se turbó con él: “… se turbó y toda Jerusalén con él”. En Israel, muchos esperaban al Mesías. La gente podría haberse alegrado, pero en lugar de eso se turbaron. ¿Por qué? Porque no querían ningún cambio y estaban conformes con la tradición. Pero también era, porque tenían miedo de un baño de sangre y del poder de los romanos. Aparentemente los creían más capaces que al Dios todopoderoso. Ellos siempre quisieron la intervención de Dios con respecto a los romanos, sus enemigos odiados – ¡pero no de esta manera!

Se vive un cristianismo autocomplaciente y se participa en tradiciones cristianas. Si bien se está oprimido por el enemigo y se desea un cambio, no se desea eso por medio del nombre de Jesús. Cuando alguien habla concretamente de Jesús, es decir, por qué vino, quién es y qué quiere, muchos están turbados. Quien no quiere dejarse transformar y está conforme con lo que tiene y es, se inquietará cuando el Espíritu de Dios lo encuentra, queriendo crear algo nuevo.

La tercera reacción al Señor Jesús es la indiferencia:
“Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó [Herodes] dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: en Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta: y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel” (Mt. 2:4-6).

La tarea de los escribas era, hacer copias de las sagradas escrituras de la Biblia y cuidar con fidelidad de cada letra del Antiguo Testamento. Ellos debían cuidar de que las leyes, como también las ordenanzas oralmente transmitidas, fueran cumplidas al pie de la letra. Por eso ellos también escribían comentarios del Antiguo Testamento.

Ellos conocían la Palabra de Dios como pocos. Ellos conocían la Palabra profética y creían en ella –pero no en el cumplimiento de la misma, por no tener una relación de vida personal con Dios. Si bien ellos trataban con la Palabra de Dios en el sentido religioso, tradicional y profesional, ellos se mantuvieron alarmantemente indiferentes al ver su cumplimiento. Nada menos que el baluarte de la piedad en Jerusalén se mostró desinteresado en el nacimiento de Jesús, que es señalado por tantas profecías. Es que el conocimiento de las Escrituras no necesariamente significa conocer a Dios. Ya en el nacimiento de Jesús quedó claro, que los escribas y fariseos, si bien de nombre llevaban una vida piadosa, en realidad estaban espiritualmente muertos. Ellos, que deberían haber sido los primeros en ir a Jesús, eran los únicos que ni siquiera fueron.

De manera trágica queda claro aquí, que los sumos sacerdotes y los escribas nunca habían buscado al Señor Jesús. El misterio del Señor les quedó oculto, porque ellos no Le temían, ni Le buscaban. ¿No es profundamente alarmante que ellos, los más piadosos de todos los piadosos, siguieran en la misma oscuridad espiritual que el Herodes impío?

De modo que con Jesús no se trata de saber mucho, hablar mucho y hacer mucho. ¡No, sino que más bien se trata de soltar e ir hacia Él! “Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mt. 2:10-11).

¡También usted, venga a Jesús, y adórele, porque Él en Su encarnación y en la cruz del Gólgota lo hizo todo por usted!

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