La gloria inefable de nuestro alto llamado - Parte 1

Benedikt Peters

En Apocalipsis 21:9 al 22:5, podemos encontrar la única descripción acerca de la gloria de aquella ciudad que ya Abraham estaba buscando, la ciudad que Dios mismo edificó (Hebreos 11:10) y la cual añoramos (Hebreos 13:14) desde que nos hemos vuelto extranjeros en este mundo (1 Pedro 2:11). A continuación, daremos nuestro punto de vista al respecto.

Desde Apocalipsis 19:1 hasta el 21:8, Juan nos muestra, de forma cronológica, un panorama de los acontecimientos más importantes, desde el juicio a la gran ramera hasta el inicio de nuestra condición eterna:

– La adoración en el cielo por los justos juicios de Dios (19:1-5).

– Las bodas del Cordero (19:6-10).

– La descripción del nombre de Cristo como Rey de Reyes y el juicio a la bestia y a sus ejércitos (19:11, 21).

– El exilio de Satanás al abismo (20:1-3).

– El comienzo del gobierno de Cristo durante mil años (20:4-6).

– La liberación de Satanás, su engaño a incontables personas y su pronto juicio (20:7-10).

– El juicio eterno sobre todos los seres humanos (20:11-15).

– La condición eterna (21:1-8).

Debemos atender al inicio de cada versículo, los que comienzan siempre con un “y” para mostrar de ese modo su continuidad cronológica a través de este recurso retórico.

Sin embargo, a partir de Apocalipsis 21:9, Juan no continúa describiendo la eternidad, sino que vuelve al comienzo del reino mesiánico, hablando acerca de la gloria de la Jerusalén celestial, la cual bajará del cielo a la tierra.

Podemos evidenciarlo a través de tres observaciones:

1. La descripción sigue al juicio de la ramera Babilonia. Esto es fácil de notar cuando comparamos Apocalipsis 21:9 con 17:1. De nuevo, vino “uno de los siete ángeles que tenían las siete copas”, el que ahora le muestra a Juan, no solo la sentencia contra la ramera Babilonia, sino también la gloria de la desposada del Cordero. Este esplendor es descrito desde Apocalipsis 21:10 hasta 22:5.

2. La evidencia de que este pasaje describe cómo Jerusalén celestial desciende a la tierra a principios del milenio se encuentra en los recursos lingüísticos utilizados por Juan para conectar, de manera temporal, la historia narrada. Apocalipsis 21:9 no inicia con las fórmulas: “después de esto oí”, “y oí” o “y vi”, empleadas por Juan para describir sucesos cronológicos (compárese con Apocalipsis 19:1, 6, 11, 17, 19; 20:1, 4, 11; 21:1-2).

3. Los detalles descritos aquí no se ajustan a la idea de la eternidad, contrario a esto, parecen armonizar muy bien con el tiempo del milenio: leemos allí, con respecto a la Jerusalén celestial, que los reyes de la naciones vendrán hacia ella (21:24) –sabemos que no habrán naciones ni reyes en la eternidad– y que no entrará en ella ninguna cosa inmunda (21:27). En Apocalipsis 22:2, leemos acerca de la necesidad que tienen las naciones de ser sanadas y cómo, dependiendo del mes, da fruto el árbol de la vida, cuyas hojas dan sanidad a las naciones (es decir, a los gentiles). ¿Será que alguien en la eternidad pueda necesitar sanidad? ¿Y se podrá decir acerca de la eternidad que transcurre en un período de tiempo capaz de ser medido según las fases lunares?

En Apocalipsis 17 y 18, el ángel mostró a Juan cómo la ramera había echado a perder a toda la Tierra, pero ahora pretende poner delante de sus ojos:

La amada del Señor, a su novia: “[…] ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero” (Ap. 21:9). Ella tiene “la gloria de Dios” (v. 11) y en ella resplandecerá la perfección de Dios que llenará el universo.

Que la desposada sea, al mismo tiempo, llamada esposa del Cordero, es extraño. Según el lenguaje común, una desposada aún no es esposa y una esposa dejó de ser una desposada o novia. De todas formas, la Iglesia es comparada con ambas: en 2 Corintios 11:2 es descrita como una desposada y en Efesios 5:25, 30-32 como una esposa. El pueblo de Dios, amado por el Señor y leal en su amor por Dios, es ambas cosas y lo será por la eternidad. La Iglesia es “desposada” a causa de ese primer amor que deja todo de lado, el amor de una novia por su enamorado, y es “esposa” por el amor consumado y perseverante, demostrado a través de la fidelidad. En resumen, la Iglesia consumada nunca más dejará su primer amor (Apocalipsis 2:4) ni cometerá infidelidad (Apocalipsis 2:14, 20-22).

Estos dos términos representan también dos aspectos del amor del Señor por la Iglesia. Ella es Su desposada, porque Él la ha amado con un amor exclusivo, un amor reservado tan solo para Su enamorada. Él lo demostró entregándose por ella (Efesios 5:25), con el propósito de poseerla (Tito 2:14). Ella es Su esposa, porque Él la ama profundamente y se une para siempre con ella, no habiendo nada que pueda separarla del amor de su esposo (Romanos 8:35).

La Iglesia desciende desde el cielo. Según Apocalipsis 21:10: “y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios”. Debemos estar “en el Espíritu” para comprender los pensamientos de Dios. Juan lo estaba cuando el Señor se le reveló en la isla de Patmos, cuando vio el trono de Dios en el cielo y cuando se le mostró a la gran ramera (Apocalipsis 1:9; 4:2; 17:3) –porque dependemos del Espíritu de Dios para que nos enseñe a comprender y ponderar también el mal (Juan 16:8)–. ¡Cuánto más debemos estar en el Espíritu si queremos captar el significado de la Iglesia glorificada!

El hecho que Juan haya sido llevado “a un monte alto” nos remonta a Deuteronomio 34. Moisés subió a un monte alto para contemplar la herencia que Dios había preparado para su pueblo. Al igual que ellos, también nosotros debemos ser llevados “a un monte alto”, puesto que desde nuestra base terrenal de observaciones no es posible comprender nada, ya que miramos con la perspectiva de nuestra mente natural.

Así como desposada y esposa hacen referencia a la relación de los redimidos con Cristo, el término ciudad se refiere a la comunión entre los salvos. La Jerusalén celestial es “la ciudad santa”, la perfecta comunión, la consumación de aquello que el Señor comenzó en Pentecostés y que edifica en forma perseverante (Mateo 16:18), hasta que se termine de levantar el edificio, el día del arrebatamiento de la Iglesia (Hebreos 11:10, 16; 12:22; 13:14).

La desposada del Cordero vendrá “desde el cielo”, esa será su procedencia (Efesios 1:3, 4), por lo que está llamada a estar allí un día para cumplir con su objetivo (Efesios 1:18; Hebreos 3:1; Colosenses 3:1-4). El cielo es su verdadera patria (Filipenses 3:20). Fue así como en su tiempo el apóstol Pedro pudo ver por medio de una visión cómo la comunidad mundial de creyentes era bajada desde cielo en un lienzo, para ser luego nuevamente levantada hacia allí (Hechos 10:11, 16).

La Iglesia llena de gloria. Apocalipsis 21:11 describe a la Iglesia llena de gloria, diciendo que la ciudad tenía “la gloria de Dios”. En Juan 17:22, el Hijo de Dios oró al Padre, diciendo: “La gloria que me diste, yo les he dado”. El pasaje de Apocalipsis es precisamente la consumación de esta declaración. Detengámonos por un momento, el eterno Hijo del Dios se encarnó, vivió una vida de completa sumisión al Padre (Juan 6:38), por la cual estaba dispuesto, por obediencia (Filipenses 2:6-8), a darse en sacrificio (Hebreos 9:14). De este modo, Jesús hombre glorificó al Creador (Juan 17:4), a quien el ser humano, la corona de la creación, deshonró con su pecado. Por esta razón, Dios lo enalteció (Filipenses 2:9, 10) y glorificó (Hechos 3:13). Jesús padeció como humano y “entró en su gloria” (Lc. 24:26). Él fue la primicia entre los humanos que entró en la gloria de Dios y el primero en recibirla (Hechos 7:55, 56; Hebreos 2:9). Esa gloria la adquirió como hombre, con el fin de brindarla a sus redimidos. ¿Quién podría comprender eso?

El resplandor de las luces de la ciudad es “como piedra de jaspe, diáfana como el cristal”. Aquí se confirma, al igual que en Apocalipsis 4:3, que el jaspe simboliza la presencia visible de Dios. Cuando dice que la ciudad tiene “la gloria de Dios”, y continúa su descripción afirmando que el resplandor de sus luces es semejante a un jaspe, podemos concluir que el brillo de esta piedra simboliza la imagen visible de las características de Dios. El símbolo es muy elocuente, ya que la piedra preciosa conocida en la antigüedad como jaspe, se refiere, en realidad, al diamante. Así como el diamante refracta la luz en todos los colores del espectro, así también la Jerusalén celestial refractará todas las características de la gloria de Dios en toda su diversidad. La creación entera podrá ver, a través de la Iglesia, la gloria de Dios, su sabiduría, su multifacético amor, su poder y su fidelidad.

Muro, puertas y cimientos. Apocalipsis 21:12-14 hace referencia al muro, a las puertas y a los cimientos: “tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; al oriente tres puertas, al norte tres puertas; al sur tres puertas; al occidente tres puertas. Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero”. ¿Cómo será edificada la Iglesia glorificada para lograr reflejar la gloria de Dios? ¿Y cómo podría irradiar desde ahora algo de su gloria (Efesios 3:10)? ¿Cómo podría ocurrir, como alienta 1 Corintios 14:24, que un incrédulo se acerque a la Iglesia, entre en la luz y confiese de rodillas: “Dios está entre ustedes” Eso solo es posible si la Iglesia posee estos tres elementos mencionados en este pasaje. ¿Cuáles? El muro, las puertas y los cimientos.

El “muro grande y alto” significa separación (v. 27), las “doce puertas” hacen referencia a la comunicación (v. 24) y los “doce cimientos” tienen que ver con la doctrina de los apóstoles (Efesios 2:20).

Muros. Un muro que rodea una ciudad hace que nadie que no pertenezca a ella, pueda entrar. Por eso fue dicho de la Jerusalén terrenal: “Jerusalén, que se ha edificado como una ciudad que está bien unida entre sí” (Sal. 122:3). Nadie que no pertenezca a la Iglesia debe introducirse en ella de forma furtiva (Gálatas 2:4; Judas 4; compárese con Juan 10:1): esta es una comunidad de personas santas y amadas por Dios que han sido compradas con sangre. De esta forma, el muro nos enseña una gran lección: la Iglesia se mantiene apartada de todo lo que es contrario al Señor y a Su moral. Si queremos reflejar el carácter y la voluntad del Señor, entonces debemos ser santos, es decir, apartados en palabra, vida y doctrina (1 Pedro 1:16).

Es entonces que no podemos enyugarnos con los incrédulos ni unirnos a un sistema eclesiástico que sin vergüenza alguna adquiere las características de la gran ramera (2 Corintios 6:14-16). Por el contrario, debemos limpiarnos de los “utensilios viles” (2 Timoteo 2:22), es decir, de los incrédulos y falsos maestros (2 Timoteo 2:17-18), arrepintiéndonos de nuestro adulterio espiritual (Santiago 4:4).

ContáctenosQuienes somosPrivacidad y seguridad