La aparición como un sol brillante y una responsabilidad santa

Wim Malgo (1922–1992)

Una interpretación del último libro de la Biblia. Parte 13. Apocalipsis 1:16-18.

Juan describe el rostro del Señor glorificado. Éste para él es tan abrumador, que no lo puede mirar. Por eso nuevamente aparece la palabrita “como”: “…como el sol cuando resplandece en su fuerza” (v. 16). Al sol uno no lo puede mirar. Pero Israel tiene la promesa: “Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia…” (Mal 3:20).

Es así como Juan, al principio del Apocalipsis ve lo esencial: él ve a Jesucristo mismo como rey, sacerdote, profeta y juez. ¡La figura de martirio –el más despreciado de todos– ahora se ha convertido en figura de vencedor! Juan está abrumado por la santidad y majestad de Jesucristo: “Cuando lo vi, caí como muerto a sus pies” (v.17). Pero el Señor no lo deja en el suelo, sino que pone Su mano derecha sobre él y dice: “¡No temas! Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto, mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Yo tengo las llaves de la muerte y del Hades” (vs. 17-18). Si bien Juan es salvo, él todavía se encuentra en la tierra. Por eso él todavía no es capaz de ver al Señor abiertamente.

Daniel, uno de los hombres de Dios más grandes de la Biblia, experimentó exactamente lo mismo. Él lo describe en Daniel 10:5-9: “Y alcé mis ojos y miré, y he aquí un varón vestido de lino, y ceñidos sus lomos de oro de Ufaz. Su cuerpo era como berilo, y su rostro parecía un relámpago, y sus ojos como antorchas de fuego, y sus brazos y sus pies como de color de bronce bruñido, y el sonido de sus palabras como el estruendo de una multitud. Y sólo yo, Daniel, vi aquella visión, y no la vieron los hombres que estaban conmigo, sino que se apoderó de ellos un gran temor, y huyeron y se escondieron. Quedé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno. Pero oí el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra.”

Y entonces Daniel experimenta lo mismo que Juan: “Y he aquí una mano me tocó, e hizo que me pusiese sobre mis rodillas y sobre las palmas de mis manos. Y me dijo: Daniel, varón muy amado…” (vs. 10-11). El Señor mismo quiso revelarse a él, para que él pudiera trasmitir la revelación. El Señor nos quiere traspasar Su gloria a nosotros, para que nosotros llevemos Su imagen.

¡En qué contradicción se encuentra lo vivido por Daniel y Juan, al de toda la humanidad no convertida! Cuando ella (todas las naciones) Lo verá, comenzará un gran llanto (Ap 1:7). Pero entonces Él está “ceñido por el pecho con un cinto de oro” (v. 13), y se cumple Proverbios 1:28: “Entonces me llamarán, y no responderé; me buscarán de mañana, y no me hallarán.”

Después de esta revelación insistente y abrumadora del Señor Jesucristo, Juan no recibe pausa alguna, sino que más bien recibe la orden inmediata: “Escribe las cosas que has visto… y las que han de suceder después de éstas” (v. 19). La revelación de Jesucristo a Juan no le fue dado como fin en sí mismo, sino que le impuso el deber de transmitir esa revelación a las iglesias. Y para excluir toda confusión, el Señor en el versículo 20 interpreta el misterio de las siete estrellas y de los siete candeleros de oro: el objetivo de la revelación de Jesucristo es la iglesia, que como Su cuerpo está estrechamente incluida en lo que ha “de suceder después”.

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