Israel, un pueblo muy especial - Parte 6

Thomas Lieth

Génesis 37 relata la historia familiar de Jacob, describe la envidia de los hijos de Jacob hacia su hermano menor José, el hijo preferido de su padre. Y cuando José les contó sus sueños, “[…] le aborrecieron aún más a causa de sus sueños y sus palabras”. José contó acerca de su primer sueño: “He aquí que atábamos manojos en medio del campo, y he aquí que mi manojo se levantaba y estaba derecho, y que vuestros manojos estaban alrededor y se inclinaban al mío”. Con esto, José atrajo el odio de sus hermanos. Pero fue aun peor cuando les contó su segundo sueño: “[…] he aquí que el sol y la luna y once estrellas se inclinaban a mí”. Esto fue demasiado, hasta para su padre, que le dijo: “[…] ¿Qué sueño es este que soñaste? ¿Acaso vendremos yo y tu madre y tus hermanos a postrarnos en tierra ante ti?”. El narrador de esta historia nos dice: “Y sus hermanos le tenían envidia, mas su padre meditaba en esto”.

Cuando José visitó a sus hermanos en el campo, ellos echaron al “soñador” a una cisterna. Rubén, el hermano mayor, quiso más tarde salvar a José, pero durante su ausencia, “[…] Judá dijo a sus hermanos: ¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su muerte? Venid, y vendámosle a los ismaelitas, y no sea nuestra mano sobre él; porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne”. Y así fue como lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata, quienes lo llevaron a Egipto. Cuando Rubén regresó, José ya no estaba. Horrorizado, gritó: “[…] El joven no aparece; y yo, ¿a dónde iré yo?”. Por ser el primogénito, él era el responsable, aunque más tarde, por otros motivos, perdería su derecho a la primogenitura (1 Crónicas 5:1; Génesis 35:22, 49:3-4). En realidad, le hubiese correspondido como primogénito una doble porción de herencia aunque, más tarde, José la recibiría en su lugar, repartiéndola entre sus dos hijos Manasés y Efraín.

Génesis 37 continúa contándonos cómo estos hermanos tomaron la túnica de José, la sumergieron en la sangre de un cabrito y la enviaron a su padre. De esta forma, simularon el ataque de un animal salvaje. Jacob estaba inconsolable: “[…] Ciertamente enlutado bajaré al Seol por causa de mi hijo. Y su padre lloró por él” (lbla). 

Mientras tanto, los mercaderes llevaron a José a Egipto y lo vendieron a Potifar, comandante de la guardia real del faraón.

La envidia fue el disparador de este drama familiar, así como también lo es muchas veces en el presente: la envidia y los celos se infiltran como hongos venenosos, incluso en nuestras congregaciones, envenenándolo todo. 

En realidad, los hermanos querían matar a José, pero lo pensaron mejor. Lo vendieron a unos ismaelitas que “por casualidad” iban de camino, e hicieron creer a su padre que su hermano había sido devorado por un animal salvaje. Jacob, quien de joven había mentido a su padre para obtener la bendición, ahora era engañado por sus hijos.

José llegó a Egipto, y al final de una historia llena de vicisitudes –estando incluso en la cárcel–, ascendió como segundo en el poder estatal (Génesis 39-41). Su historia demuestra cómo Dios continuó su propósito a través de la fidelidad de un hombre. Utilizó a José, quizá sin que este se diera cuenta de ello, para poner a prueba a sus hermanos y averiguar si eran idóneos para ser incluidos en el programa de Dios. José demostró una y otra vez su fidelidad. Fue odiado y sus hermanos lo envidiaban. Sin embargo, permaneció fiel a Dios, tanto siendo siervo en Egipto y estando preso en la cárcel, como gobernando con poder esa nación. Siempre mantuvo la fe en el Dios de sus padres. Permaneció fiel en medio de la envidia, el odio y la tentación, en servidumbre y en poder. Nada pudo apartarlo ni disuadirlo de la lealtad a su Dios. Le fuese bien o mal, no había un argumento para olvidar al Dios de sus padres. Este rasgo del carácter de José, de ser fiel tanto en lo pequeño como en lo grande, es necesario para quienes quieren servir al Señor: ser leales a Dios, nos vaya mal o bien.

Al final de la historia, los sueños de José se habían cumplido, los mismos que antes habían motivado la envidia de sus hermanos. Una gran hambruna sobrevino en Canaán, Egipto y otros territorios (Génesis 45:5-8). Esto hizo que los hijos de Jacob fuesen a Egipto para adquirir alimentos. Su hermano José estaba, en esos momentos, al servicio del faraón, a causa de que oportunamente había podido interpretar el sueño del rey acerca de la sequía que amenazaba con asolar la nación, por lo que se le había entregado la administración de los acopios de alimentos. Cuando los hermanos de José llegaron a Egipto, con excepción del menor de ellos, Benjamín, quien se había quedado con su padre, se encontraron con su hermano José. No lo reconocieron, ya que no sabían sobre su paradero allí y porque, por otra parte, José había cambiado su apariencia en la corte del faraón. Él, sin embargo, reconoció a sus hermanos, pero no les reveló su identidad. Su sueño de que un día ellos se inclinarían ante él se estaba cumpliendo: “Y José era el señor de la tierra, quien vendía a todo el pueblo de la tierra; y llegaron los hermanos de José, y se inclinaron a él rostro a tierra” (Gn. 42:6, compárese con Génesis 50:18).

Con mucha inteligencia, José hizo que volvieran una segunda vez y le trajeran también a su hermano menor Benjamín. En esta segunda visita, se dio a conocer. También hizo que su padre Jacob viajara con su familia de Canaán a Egipto, para que pudieran allí sobrevivir a la hambruna. De esta manera, Dios dirigió la historia de Jacob, es decir, la de Israel, y el pueblo israelita se iba formando paso a paso.

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