Israel, un pueblo muy especial - Parte 5

Thomas Lieth

Después del engaño con el cual su hermano quitó la bendición de la primogenitura a Esaú, este, como es comprensible, estaba muy enojado con Jacob y consigo mismo. Su corazón se llenaba con pensamientos de venganza. Como consecuencia, Jacob tuvo que huir. Rebeca envió a su hijo a Harán, a la casa de su hermano Labán, donde debía permanecer “[…] algunos días, hasta que el enojo de tu hermano se mitigue; hasta que se aplaque la ira de tu hermano contra ti […]” (Gn. 27:44-45). La Biblia no relata la muerte de Rebeca, ni tampoco algún reencuentro con su hijo favorito, por lo que podríamos pensar en que se trató de una despedida para siempre. Esta fue consecuencia de la mentira y del engaño. Se presume que Rebeca nunca se enteró de la posterior reconciliación de sus hijos.

Antes de que Jacob huyera, su padre confirmó una vez más su bendición: “Y el Dios omnipotente te bendiga […] y te dé la bendición de Abraham, y a tu descendencia contigo, para que heredes la tierra en que moras, que Dios dio a Abraham” (Gn. 28:3-4). El plazo de “algunos días”, como dijo Rebeca, resultó ser de veinte años (Gn. 31:41).

Jacob huyó a la casa de su tío Labán en Harán (Gn. 29). Con el tiempo, llegó a casarse con las dos hijas de Labán y tuvo con ellas doce hijos. En la casa de Labán, Jacob fue engañado por su tío, teniendo que casarse primero con la hija mayor, Lea, antes de recibir por esposa a su amada Raquel (Gn. 29:15-30). En realidad, este era el fruto de la mentira y el engaño que Jacob había sembrado con su padre Isaac.

Labán era hermano de Rebeca –la esposa de Isaac–, y nieto de Nacor –hermano de Abram–. Los hijos de Jacob y Lea fueron: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón. Con la sierva Zilpa tuvo a Gad y Aser. Los hijos de Raquel fueron José y Benjamín; y los de la sierva Bihla: Dan y Neftalí. Jacob, luego de veinte años de exilio, regresó a su tierra y se reconcilió con su hermano Esaú (Gn. 31-33). Pero antes tuvo un singular encuentro con Dios donde le fue dado el nombre Israel (Gn. 32:25-33). Fue en ese momento donde el pueblo de Israel fue engendrado, del cual provendría el Mesías que aplastaría la cabeza de la serpiente y quitaría el poder a Satanás. Sin embargo, Israel aún no era un pueblo. Al igual que un embrión, todavía no había llegado al mundo. Habían transcurrido, por así decirlo, los primeros meses de embarazo, comenzando con Abraham, siguiendo con Isaac hasta Jacob, quien recibió el nombre Israel. Era la primera vez que se le nombraba. El día de su nacimiento estaba cerca.

Pero entonces Satanás entró en escena. Como conocía el plan de Dios, estaba despavorido. Sabía que los descendientes de Israel formarían el pueblo de Dios y que de este surgiría el Mesías. El plan de Satanás era impedir que existiera el pueblo israelita. Debía morir antes de nacer. Génesis 34 nos relata cómo intentó desde un principio –cuando apenas nacía el pueblo de Israel– desaparecerlo entre los pueblos paganos.

Dina, una hija de Lea, dejó las tiendas de su padre para visitar a las mujeres cananeas. Hoy podríamos decir que salió de su bien guardado hogar cristiano para irse al mundo. Apenas afuera, ya la esperaba Satanás como león rugiente, queriendo devorarla. Siquem, hijo de Hamor heveo, que era “príncipe de aquella tierra”, la tomó y la violó. Él se enamoró de ella y pidió a su padre Hamor: “Tómame por mujer a esta joven […]” (Gn. 34:4). Jacob se enteró de la violación de su hija, pero esperó, sabía que sus hijos se encontraban fuera, con los rebaños. Hamor llegó para negociar con él el casamiento de Dina con el príncipe. Cuando los hijos de Jacob volvieron al hogar y supieron lo sucedido, se enojaron mucho: “Y Hamor habló con ellos, diciendo: El alma de mi hijo Siquem se ha apegado a vuestra hija; os ruego que se la deis por mujer. Y emparentad con nosotros; dadnos vuestras hijas, y tomad vosotros las nuestras. Y habitad con nosotros, porque la tierra estará delante de vosotros; morad y negociad en ella, y tomad en ella posesión. Siquem también dijo al padre de Dina y a los hermanos de ella: Halle yo gracia en vuestros ojos, y daré lo que me dijereis. Aumentad a cargo mío mucha dote y dones, y yo daré cuanto me dijereis; y dadme la joven por mujer. Pero respondieron los hijos de Jacob a Siquem y a Hamor su padre con palabras engañosas […]: No podemos hacer esto de dar nuestra hermana a hombre incircunciso, porque entre nosotros es abominación. Mas con esta condición os complaceremos; si habéis de ser como nosotros, que se circuncide entre vosotros todo varón. Entonces os daremos nuestras hijas y tomaremos nosotros las vuestras; y habitaremos con vosotros, y seremos un pueblo. Mas si no nos prestareis oído para circuncidaros, tomaremos nuestra hija y nos iremos. Y parecieron bien sus palabras a Hamor, y a Siquem hijo de Hamor […], y hablaron a los varones de la ciudad, diciendo: Estos varones son pacíficos con noso­tros, y habitarán en el país, y traficarán en él; pues he aquí la tierra es bastante ancha para ellos; noso­tros tomaremos sus hijas por mujeres, y les daremos las nuestras. Mas con esta condición consentirán estos hombres en habitar con nosotros, para que seamos un pueblo: que se circuncide todo varón entre nosotros, así como ellos son circuncidados” (Gn. 34:8-22).

Y así fueron circuncidados todos los varones heveos.

Pero al tercer día, mientras estaban postrados, con fiebre, y la ciudad sin guardias, Simeón y Leví, los hermanos de Dina, mataron a filo de espada a todos los hombres. Dios no aprobó de ninguna manera este comportamiento, esto está evidenciado en la profecía de Jacob acerca de sus hijos en Génesis 49:5-7. Dina fue llevada por sus hermanos y los doce hijos de Israel saquearon toda la ciudad, llevándose como botín no solo los animales y los bienes, sino también a las mujeres y los niños. “Pero entonces dijo Jacob a Simeón y a Leví: Me habéis turbado con hacerme abominable a los moradores de esta tierra, el cananeo y el ferezeo; y teniendo yo pocos hombres, se juntarán contra mí y me atacarán, y seré destruido yo y mi casa. Pero ellos respondieron: ¿Había él de tratar a nuestra hermana como a una ramera?” (Gn. 34:30-31).

Desde un punto de vista humano, podríamos afirmar que los hermanos de Dina reaccionaron en demasía y actuaron de forma cruel y alevosa. Sin embargo, vemos en esta historia con cuánto disimulo Satanás acomete una causa. Así fue desde un comienzo, con la astuta serpiente en el Paraíso, quien no se dio a conocer como un monstruo del cual Adán y Eva se hubiesen asustado. Mas bien brindó una imagen simpática de sí misma. Lo mismo ocurre en esta historia: Satanás no se presenta como un engendro con la misión de impedir el nacimiento de Israel, sino más bien como un benefactor, que usa el amor como pretexto para cumplir con su plan maligno. Y hasta el momento, no ha perdido nada de su astucia. Se muestra como ángel de luz y amigo de los hombres, pero en última instancia se revela como el príncipe de la oscuridad y cruel enemigo. Si Jacob y su familia hubieran aceptado el ofrecimiento de los heveos, habría sido solo una cuestión de tiempo la mezcla con las tribus cananeas y sus prácticas, incluyendo la adoración de ídolos. Los heveos nunca se hubieran convertido en hebreos, pero sí los hebreos en cananeos, quienes honraban a dioses muertos.

Esta historia es una advertencia tanto para la Iglesia como para el cristiano. Si al enemigo no le resultara el uso de la violencia, intentará absorber a la Iglesia de manera mansa y rastrera. Enviará espíritus engañadores aparentemente “piadosos” que trabajarán para desdibujar la separación entre un hijo de Dios y un hijo de Satanás. La Iglesia está siendo neutralizada y ni siquiera se da cuenta; todo lo contrario, ¡se alegra por su popularidad! Israel debía vivir separado del resto de los pueblos y testificarles acerca de Dios, pero no igualárseles (Éx. 23:32-33). Tampoco la Iglesia debe emparejarse con el mundo, sino testificar de Dios por medio de un evangelio genuino, no por medio de la semejanza, sino por la diferencia, de manera de poder mostrar a los hombres que posee lo que les falta a ellos: la salvación y la libertad.

El intento de Satanás por hacer desaparecer a Israel entre los paganos, fracasó. Pero esa no sería su última prueba.

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