Impacto amplio, impacto profundo, y el amor

Wim Malgo (1922–1992)

Una interpretación del último libro de la Biblia. Parte 15. Apocalipsis 2:2-3,6.

El amor pasa a través de la Biblia entera como un hilo conductor, porque Dios es amor. El amor es lo supremo. Por eso, Pablo, en 1 Corintios 13, canta el Cantar de los Cantares del amor y constata: “y no tengo amor, nada soy” (v.2). En el Antiguo Testamento hay dos pasajes en los que se demanda amor: “ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma” (Dt. 10:12). Y un pasaje similar se encuentra en Miqueas 6:8: “oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”.

Si resumimos estos dos pasajes, tenemos una demanda séptupla que el Señor le presentó a Israel en el antiguo pacto. Como el mismo tema también predomina en la primera carta venida del cielo en Apocalipsis 2 y 3, queremos dividir esta demanda. De Deuteronomio 10:12: 1) temer al Señor, 2) andar en Sus caminos, 3) amarlo, 4) servirle con todo el corazón y con toda el alma. En Miqueas 6:8: 5) guardar la Palabra de Dios, 6) amar y 7) ser humilde delante de tu Dios.

Es instructivo que los dos pasajes del Antiguo Testamento no solamente contengan una demanda séptuple de parte de Dios, sino que una de ellas es repetida, si bien con un matiz. En Deuteronomio 10:12 dice: “que Lo ames”; en Miqueas 6:8: “practicar el amor”. Esto, sin embargo, es el cumplimiento de todo lo que el Señor demanda, como Él lo ha expresado en el Nuevo Testamento. Cuando un fariseo fue a Jesús y le preguntó: “maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” (Mt. 22:36), dice luego así: “Jesús le dijo: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mt. 22:37-40).

Cuando vemos estas conexiones, podemos comprender correctamente la carta a las iglesias. En realidad, no se puede comprender bien el Nuevo Testamento, si uno no conoce el Antiguo. En esos dos pasajes antiguotestamentarios, el Señor describe con total claridad Su demanda, pero la verdadera, la suprema en forma doble: “amarlo a Él” y “amar a tu prójimo”. Esto último resulta de lo primero.

Cuando Su pregunta a nosotros personalmente es: “¿me amas?”, entonces queremos analizarnos y preguntarnos a nosotros mismos con seriedad santa: ¿hemos correspondido a esta necesidad única y con eso suprema, o en definitiva nos falta la única condición necesaria para un servicio bendecido? Después de todo, la iglesia de Jesús consiste en siervos del Señor. El Señor mismo ha descrito lo que realmente es servir: “si alguno me sirve, sígame” (Jn. 12:26). De modo que esa es la definición de servir: ¡seguir a Jesús! Eso lo sabemos muy bien, y con rapidez cantamos: “he decidido seguir a Cristo…”. Pero no pongamos el énfasis en el “he decidido…”, ¡sino en la persona, en Jesús! La falta de voluntad para servir en el reino de Dios tiene su raíz en haberse alienado de la persona del Señor Jesús. Ya no hay un amor candente, un discipulado verdadero.

De los efesios no se puede decir que no hayan tenido voluntad para servir. Lo contrario era el caso. Raras veces ha habido una iglesia que estuviera tan apasionada y dispuesta, tan intransigente y tan cimentada bíblicamente como la iglesia de Éfeso: “yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado” (Ap. 2:2-3). Qué actividad de servicio cristiano tiene esa iglesia. El grado alto de conocimiento da frutos. Eso es el servir –servicio fiel e incansable, juntamente con intransigencia, porque Él dice en el versículo 6: “pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas”. Los nicolaítas eran cristianos que, si bien eran convertidos y miembros de la iglesia de Jesús, de alguna manera hacían concesiones y aprobaban los pecados carnales. Eso era rechazado por la iglesia en Éfeso. Ellos rechazaban decididamente el ser iguales al mundo.

¡Él sabe todo lo que hacemos! Este “Yo conozco” aparece siete vecen en las cartas a las iglesias. Si te esfuerzas y te agotas trabajando en servir al Señor y le sacrificas tu tiempo libre, Él dice: “Yo conozco…”

Pero, ¿por qué no se alegra el Señor de los efesios, a pesar de haber listado tantas cosas positivas en los versículos 2 y 3 de Su carta? Porque su servicio –y eso a menudo también sucede con el nuestro– es cuantitativamente notable, pero en falta cualitativamente. ¿Por qué? Porque no es bendecido. Con “cuantitativo” entendemos el impacto amplio, aquello que es registrado por el entorno, lo que impresiona a la gente: una buena prédica, un canto lindo, un testimonio conmovedor, un empeño desinteresado. No se debe decir que en el reino de Dios no suceda nada al respecto. ¿Pero cualitativo…? Calidad, eso es lo que se podría llamar impacto a profundidad: ¡trabajo bendecido, porque ese servicios tiene sus fuentes en la persona de Jesús y lleva hacia Jesús! Eso es lo que el Señor quiere decirles a los efesios: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia… y…”. Pero entonces viene el reproche: “pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor”.

Cuando servimos en el primer amor, tenemos impacto ilimitado a profundidad: ponemos un fundamento que se mantiene para siempre, y damos frutos que tienen valor eterno. En dos palabras: somos bendecidos. Pero si no somos bendecidos, se nos va el tiempo.

El trabajo del Señor Jesús era de calidad máxima. Él era el servidor de todos: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:28). Su trabajo tuvo impactos enormes y profundos para la eternidad. Toda persona nacida de nuevo es un fruto de Su trabajo.

¿Y cuál era, entonces, el motor de Su trabajo, lo que Lo empujaba a exponer Su vida? ¡Era Su amor grande, maravilloso e imborrable! Un trabajo sin el primer amor hacia Él es ineficaz. Puede que hagamos muchas obras buenas, pero si el impulso no es el amor a Jesús, ese trabajo no tiene impacto a profundidad, sino en el mejor de los casos un impacto amplio. El Señor Jesús dijo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn. 15:13).

Por amor –¿hacia quién? En primer lugar, lo impulsaba Su amor candente hacia Su Padre. La Biblia está llena de demostraciones de ese amor maravilloso del Hijo hacia el Padre, y del Padre hacia el Hijo. Tres veces Dios dio voces desde el cielo, diciendo de Él: “este es mi Hijo amado”, y: “lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez” (Mt. 3:17; 17:5; Jn. 12:28). Esa era la majestad de Su servicio. En eso se encontraba Su autoridad y poder. Su trabajo no era estéril, no era solamente actividad cristiana o social. Su amor era un “propulsor” tan fuerte que Él podía soportar todo.

El amor a Jesús tiene que ser el poder impulsor de nuestro trabajo. “Porque el amor de Cristo nos constriñe” (2 Co. 5:14). Si no nos impulsa ese amor, entonces nuestro trabajo no es bendecido. El “trabajo bendecido” en realidad no es otra cosa, sino hacer la voluntad de Dios. La voluntad santa de Dios es impulsada por Su carácter, ¡y ese es el amor! “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito…” (Jn. 3:16). De modo que Su voluntad de entregar a Su Hijo era impulsada por Su amor. Todo lo que hacemos fuera de la persona del Señor es trabajo muerto. Por más cristiano que sea nuestro obrar, igual es válido lo que dijo Pablo: “y [si] no tengo amor, nada soy” (1 Co. 13:2).

Cuando hablamos del primer amor, hablamos de lo más sagrado. Este primer amor significa dos cosas: el primer amor y el amor principal. Haber perdido el primer amor significa: ya no haces las primeras obras. Haz las primeras obras, tal como las hacías en aquel entonces: con oración y con el motivo “por Jesús”. Ya no eres con Él como lo eras antes. Cuántas veces se ve eso en los matrimonios. Comienzan de manera idealista y llenos de esperanza. Pero el primer amor pronto comienza a enfriar, es más, llega al punto de congelamiento. Los cónyuges ya no tienen nada que decirse. Del mismo modo sucede en lo espiritual: oras, das y quizás todavía cantes, pero la aureola del primer amor que iluminaba todo lo que hacías antes, ya no está. Puede que hables “lenguas angélicas”, y tengas una fe fuerte, y trabajes sin cansar y seas intransigente y aplicado –pero falta lo que da vida a todo eso: el primer amor.

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