Hasta que Él venga

Norbert Lieth

¿Qué enseñanza bíblica nos da la Cena del Señor, y qué nos dice acerca de Su venida y nuestra esperanza en ella?

En 1 Corintios 11:26, el apóstol Pablo escribe: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga”. A partir de estas palabras podemos extraer siete conclusiones aplicables a la enseñanza bíblica y a nuestras vidas.

Una revelación extraordinaria, hasta que Él venga
El apóstol Pablo no recibió las enseñanzas acerca de la Cena del Señor de otros apóstoles, sino que Jesús se le reveló de manera personal–esta es la razón por la cual el pasaje comienza: “Porque yo recibí del Señor…” (1 Co. 11:23). Fue el Señor mismo quien le encomendó enseñar estas cosas a la Iglesia: “…lo que también os he enseñado”. Por lo tanto, también la oración final es inspirada por Cristo: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga”.

Esta adición paulina es de mucha relevancia para la Iglesia: nuestros corazones deben estar siempre dirigidos hacia la venida del Señor. La Cena nos recuerda la primera venida de Jesús, habiendo sido instituida como un nuevo pacto, poco antes de Su muerte en la cruz. Incluso en aquel entonces, el Señor dijo: “Yo os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mt. 26:29).

La celebración de la Cena debe recordarnos esta promesa, con el fin de que permanezca viva en nosotros. Esto pone de manifiesto que la celebración de la Cena no se limita tan solo a la primera iglesia, sino que posee una validez perpetua.

La Iglesia como Cuerpo, hasta que Él venga
“Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1 Co. 10:17).

La Iglesia tuvo su inicio en el Pentecostés, en un contexto judío en Israel–su nacimiento había sido anunciado por Jesús al apóstol Pedro: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). Cuando Jesús instituyó la Iglesia, todavía no hablaba de ella como el Cuerpo de Cristo, compuesta por judíos y gentiles, pues este, según Efesios 3, era un misterio que sería revelado de forma especial al apóstol Pablo. En ese tiempo, el Señor se refería a su propio cuerpo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo” (Mt. 26:26).

Con el correr de los acontecimientos descritos en el libro de Hechos, los gentiles se añadieron a la Iglesia, hasta entonces exclusivamente judía. El puntapié inicial lo dio el mismo Dios, al mostrar por tres veces la misma visión a Pedro: un gran lienzo colgado de sus cuatro puntas que descendía del cielo, en el cual había una multitud de animales impuros (Hechos 10). La inclusión de los gentiles a la Iglesia comenzó a continuación con la conversión de Cornelio, su familia y sus amigos–ellos experimentaron su propio “Pentecostés”. Este hecho fue la señal de que algo nuevo y desconocido para todos había comenzado (Hechos 11).

Fue precisamente en este tiempo donde Saulo, quien luego sería llamado Pablo –el apóstol para las naciones– se convierte y recibe el llamamiento. Por otra parte, el centro misionero se traslada de Jerusalén a Antioquía, donde los seguidores de Jesús son llamados, por primera vez, cristianos (Hechos 11:26). Por lo tanto, podemos decir que fue allí donde comenzó el cristianismo tal como lo apreciamos hoy. La Iglesia representa un solo cuerpo compuesto de judíos y gentiles: el Cuerpo de Cristo, formando así un nuevo hombre (Efesios 2:15-16). Es esta unidad del Cuerpo, sustentada en la unión que tenemos con Cristo, lo que celebramos en la Cena del Señor, hasta que Él regrese. Como dijimos antes, el apóstol Pablo fue elegido para enseñar esto a la Iglesia.

Luego del Arrebatamiento, cuando el Señor venga a buscar a su Iglesia, retomará Su plan con Israel (Romanos 11). Volverá en gloria y, estando en Su Reino, beberá nuevamente del fruto de la vid. En resumen, la Cena dirige nuestros corazones hacia la muerte del Señor y Su retorno, en primer lugar, para la Iglesia y, más tarde, para Israel y las demás naciones.

Unidad hasta que Él venga
Hablando de la Cena, el apóstol exhorta a los creyentes en Corinto: “Pues, en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo” (1 Co. 11:18).

En la iglesia de Corinto se habían formado varios bandos: los de más prestigio despreciaban a los más humildes. Algunos comían hasta saciarse e incluso se emborrachaban, mientras que los demás tenían hambre. Unos se jactaban y otros se sentían humillados. La costumbre era que después de un ágape, es decir, de una comida fraternal celebrada entre cristianos, compartieran juntos la Cena del Señor. Sin embargo, a pesar de llamarla ágape, este encuentro era todo lo contrario.

Entre los cristianos de aquella época había esclavos convertidos que no disponían de los bienes o recursos que poseían los ricos y de buen nombre–empero, el Cuerpo de Cristo es uno y no hay diferencias en él: “Ya no hay judíos ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál. 3:28).

Es preciso guardar siempre esta unidad hasta que Jesús vuelva.

¡Con qué prontitud se forman grupitos en nuestras iglesias! Algunos hermanos miran a otros por encima del hombro y actúan sin amor. ¡Con qué facilidad se critica y se habla mal de otros! Seamos conscientes de nuestra unidad, sobre todo en estos tiempos difíciles y cambiantes en los que han surgido tantas opiniones diferentes; no tenemos que estar de acuerdo en todo, pero debemos permanecer unidos en Cristo, cultivando Su sentir en nuestras mentes.

La redención permanecerá siendo el mensaje central, hasta que Él venga
“Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Co. 11:26).

Jesús murió por los perdidos, para que puedan vivir; Él puso nuestros pecados sobre sí mismo y los quitó. Gracias a Su obra de redención, todo aquel que cree en Jesús no solo queda libre de su pasado, sino que además lo espera un futuro glorioso. Jesús volverá, porque Él resucitó de los muertos. Por Su resurrección hemos sido justificados, y es esta misma resurrección la garantía de que también los que creen en Él resucitarán.

Este es el mensaje central del cristianismo, que debemos mantener siempre en alto–estamos llamados a recordar estas cosas hasta que Él vuelva.

La Cena del Señor proclama en sí misma el mensaje de salvación de Jesucristo, al anunciar Su muerte en la cruz, Su resurrección y Su retorno; estos tres hechos forman una unidad inseparable.

La Santa Cena es el cumplimiento de la profecía bíblica, hasta que Él venga
El Señor ordenó la celebración de la Cena hace unos dos mil años. Desde aquel entonces, luego de dos milenios, este mandamiento es obedecido en los lugares más alejados, en las iglesias más diversas y en distintas circunstancias. Esta celebración, que caracteriza a la Iglesia, ha sido aprobada por el Señor y añade un gran valor a la profecía bíblica.

Jesús dijo que el cielo y la Tierra pasarían, pero no Sus palabras (Mateo 24:35). Así pues, la Cena del Señor nos brinda un mensaje claro, indicando de manera maravillosa la veracidad de la Palabra de Dios.

Como humanos podemos decepcionar a otras personas que han puesto su confianza en nosotros. Las ideologías se disuelven, las palabras de los grandes hombres se esfuman, las promesas se desvanecen, pero la Palabra de nuestro Dios es viva y permanecerá para siempre. ¡Bendito el que confía en ella!

Un Nuevo Pacto, hasta que Él venga
“Asimismo, tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí” (1 Co. 11:25).

Antes de la institución de la Cena, el Señor celebró la Pascua con Sus discípulos como era prescrito en el Antiguo Pacto, pues Jesús cumplió con toda la Ley. Luego instituyó la Cena y con ella el Nuevo Pacto, el cual ya había sido prometido al pueblo de Israel en Jeremías 31. Sin embargo, a raíz de su rechazo, las naciones se hicieron sus beneficiarias (Hebreos 8). Cuando el Señor vuelva, también el remanente de Israel será introducido en este pacto (Jeremías 31:31-34; Ezequiel 11:19-20).

El Nuevo Pacto tiene como base la sangre de Cristo, siendo mejor que el Antiguo Pacto instituido por Moisés. Como Iglesia, debemos mantenernos fieles a este hasta que el Señor regrese. Esta es la razón por la que Pablo dijo: “…el que asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Co. 3:6).

Tomar en serio Su Palabra, hasta que Él venga
“Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa” (1 Co. 11:28).

¡Queremos seguir tomando muy en serio la Palabra de Dios! Los corintios de aquel entonces hacían acepción de personas, causaban divisiones y pervertían el ágape–es por eso que el juicio de Dios cayó sobre varios de ellos, quienes no distinguían el Cuerpo del Señor en su carácter de unidad, por lo que Dios no los toleró (v. 29).

En nuestro tiempo, donde surgen tantas ideologías que se oponen a la Palabra de Dios, debemos tener valor y mantenernos fieles a ella, sosteniendo la unidad en el Espíritu con cada hermano, a pesar de las diferencias. Por otra parte, debemos rechazar las falsas doctrinas y todo aquello que pretenda apartarnos de la Palabra de Dios.

Queremos seguir fielmente Su camino, hasta que Él venga.

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