El Señor sabe dónde vivimos

Wim Malgo (1922–1992)

Pérgamo significa «baluarte». La iglesia en Pérgamo se encontraba en gran peligro. En aquel entonces, esta ciudad era la residencia oficial del gobernador romano. También era el centro de la adoración divina del emperador. Allí había, entre otros, un templo grande dedicado a la diosa pagana Roma, templo en el cual se debía rendir veneración divina al César Augusto. Por eso esta pequeña congregación llegó a tener grandes dificultades.

El Señor sabía que Su iglesia en Pérgamo estaba en peligro por vivir en el área de poder de satanás: «Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de satanás». Dos veces es utilizada la palabra «morar». Ya que cuando habla de Antipas, Su testigo fiel, el que fue asesinado, dijo otra vez: «donde mora satanás» (V. 13). ¡Compartir una vivienda con el diablo, eso es algo espantoso!

Cuando dice: «donde está el trono de satanás», se refiere a que el príncipe de las tinieblas en Pérgamo estaba dotado de una plenitud especial de poder, ya sea por medio de un culto a los demonios o por el gobernador romano o por la mira óptica. La Historia nos cuenta que en Pérgamo se encontraba un altar de trescientos metros de altura en honor a Zeus. Además de eso, en aquel tiempo en esta urbe existía un culto de sanación por serpientes que era conocido y famoso. La gente buscaba sanidad de sus sufrimientos en un templo donde se criaban serpientes. La serpiente superior incluso era llamada «salvador». Muchas personas creían en ella y la adoraban –el trono de satanás. Esto despierta asociaciones con el paraíso de Edén y la serpiente antigua.

Cuando el Señor les dice a los que fueron comprados con Su sangre: «Yo conozco… dónde moras, donde está el trono de satanás», Él demuestra con eso que no pasa de largo y ni pasa por alto el poder negativo de las relaciones y de la atmósfera. Cristo sabe exactamente dónde vives, en que situaciones estás –en qué vecindario, con qué familia y dónde trabajas. Él conoce los poderes satánicos que rugen alrededor de ti en la vida diaria, de modo que pareciera que casi pierdes la capacidad de respirar. ¿Cuál es el respirar del alma? ¡La oración!

Jesús sabe todo –también todo de ti y acerca ti. Él nunca permite que seamos tentados más allá de nuestra capacidad y que nos hundamos en la desesperación. Él permitió a satanás tocar a Su siervo Job. No solamente que los diez hijos de Job sufrieron un accidente mortal todos en un solo día, y que toda su fortuna le fuera quitada, sino también que su propia esposa le dijo: «¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete» (Job 2:9). Job, sin embargo, tenía una certeza firme como una roca –un conocimiento acerca de Dios– y dijo: «Yo sé que mi Redentor vive» (Job 19:25). Esta palabra de consuelo es válida para todos nosotros en esta noche del fin de los tiempos.

Es revelador también lo siguiente con respecto a Pérgamo: el Señor no le dice: «Yo sé dónde moras; allí donde está parado el trono de satanás», sino: «donde está el trono de satanás». El trono de satanás existe, ¡pero no está «parado»; no perdura! Solamente un trono está parado [permanece], y es el trono del Dios viviente y del Cordero. Jesucristo es ayer, hoy y por la eternidad, el mismo también.

Una y otra vez somos confrontados con la pregunta acerca de quién es el más poderoso, quién es el vencedor: ¿es satanás quien me agobia por dentro y por fuera, o es Jesucristo? ¡Es Jesucristo! «Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Co. 15:57). Si bien somos amenazados, sacudidos y cernidos de mil maneras por el poder de satanás, el Señor sabe dónde moramos. La Iglesia de Jesús no se enfrenta a seres humanos, sino a poderes, y con eso nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra principados y poderes de las tinieblas (Ef. 6:12). Vemos en nuestros días, cómo pueblos, iglesias, organizaciones caen cada vez más bajo el poder del maligno. Todas las ciencias humanas son infiltradas cada vez más por el espíritu del anticristo. Como en aquel tiempo en Pérgamo, las personas y los poderes poseídos por el espíritu del adversario cada vez toman más impulso física y espiritualmente para el golpe. ¿Contra quién? Espiritualmente, contra la iglesia de Jesús, y físicamente, contra Israel. ¿Cómo podemos siquiera existir todavía? O como lo formularon los discípulos: «¿Quién, pues, podrá ser salvo?» (Mt. 19:25). La Biblia dice: «Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo…» (Ef. 6:11).

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