El poder del más poderoso

Norbert Lieth

Vivimos en tiempos turbulentos, pero los cristianos tenemos un consuelo: la resurrección, la ascensión y la segunda venida de nuestro Señor Jesús. Y quien es consolado, puede dar un suspiro de alivio. Una evidencia de esto es la piedra removida del sepulcro vacío del Señor.

Mateo 28:2-5 cuenta: “Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos. Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: no temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado”.

Ningún poder del mundo, visible o invisible, era capaz de evitar que el Señor Jesús resucitara de la muerte.

El plan de Dios, comunicado por el ángel, tenía supremacía sobre las decisiones de los líderes religiosos judíos, sobre el ejército romano, bajo el mandato de Pilato, y sobre el poder mundano del César. Por esta razón, mientras el ángel se sentaba sobre la piedra removida, los soldados yacían como muertos.

El ángel no preguntó a Pilato: “¿sería tan amable de retirar a los guardias para que yo pueda trabajar sin interrupción?”. Ningún poder se puede comparar con el poder de Dios.

¿Cuáles son las “piedras de preocupaciones”, los “bloques de temor”, las “placas de hormigón de nuestros fastidios”, las “rocas de tormento” o las “cordilleras de eventos mundiales” capaces de medirse con Él?

Alguien dijo: “La muerte siempre ha sido fatalmente peligrosa. En medio de la vida estamos rodeados por ella. La muerte siempre es peligrosa, pero desde la resurrección de Jesús, es la muerte la que está en peligro”.

“No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado”. Quien busca a Jesús, tiene de su lado al más poderoso. Corrie ten Boom escribió: “El amor de un Redentor moribundo, el poder de un Redentor resucitado, la oración de un Redentor ascendido al cielo y la gloria de un Redentor que regresará, pueden ser el consuelo y el gozo de tu corazón”.

Una mujer joven escribió: “En realidad, yo podría estar satisfecha con mi entorno, pero algo siempre me oprime, y ese “algo” se llama miedo. Tengo miedo a la muerte, a la vida, a la verdad, a las malas calificaciones, a que me obliguen a hacer deportes, al amor, a la noche, al fin del mundo, a la guerra, a sufrir pesadillas, a la burla, a las inyecciones, a que se rían de mí, al miedo mismo… tengo miedo y más miedo. Es como para volverse loca, aunque lo peor es que no sé de dónde proviene y por qué debo soportarlo…”.

Cristo dice: “estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33).

El miedo, una emoción con muchas caras, también captura a los hijos de Dios, aunque tenemos la solución: mirar hacia aquel que es más poderoso que el temor, a Jesús. Solo recibiremos el valor suficiente si lo miramos a Él. Jesús obtuvo la victoria. Cuando la piedra del sepulcro del Señor fue removida, también fue quitado todo temor que pudiera tener el hombre, es decir, la causa por la cual tememos –aunque el miedo siga atacándonos, en un sentido metafórico, la roca de nuestro corazón ya ha sido removida–.

La piedra que fue movida del sepulcro cumplía con el mensaje del Señor. ¿Acaso, según Lucas 19:40, las piedras no hablarían? Y, según Mateo 3:9, ¿no podía Dios levantar hijos de las piedras? En Mateo 27:59-60 dice: “Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue”.

Una narración humorística cuenta que los vecinos y amigos de José lo objetaron, diciendo: “¡José, no puedes regalar tu sepulcro así como así y dejárselo a otro! Después de todo, cuesta mucho dinero. Además, ¿qué haremos si te mueres? Te costará fortunas, llevará tiempo, y de seguro no encontraremos un lugar tan hermoso”. A eso contestó José: “No se preocupen, después de todo es solo por tres días”.

Se trataba del sepulcro de José, de su final, de su muerte. Es bueno pensar acerca de nuestra muerte. La mayoría de las personas reprimen este tipo de pensamientos. Contrario a esto, José ya había hecho preparar su propia tumba. Sin embargo, cuando entregó su sepulcro a Jesús, este se convirtió en vida. Ahora el Señor tenía poder sobre la vida y la muerte de José. Es allí donde encontramos el gran consuelo: si le damos la entrada a Jesús, recibiremos vida en nuestros cuerpos mortales para trascender hacia una vida eterna: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Ro. 8:11).

Mateo 27:65-66 dice: “Y Pilato les dijo: ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis. Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia”.

Podemos apreciar aquí la astucia de un mundo impío y sus filosofías, la sutileza de una religiosidad seductora, superficial y las artimañas de aquel que tiene el mundo bajo su control. El mundo niega la resurrección de Jesús, la seudorreligiosidad no ofrece liberación, y Satanás, que tiene poder sobre la muerte, mantiene a las personas encerradas y desesperanzadas. Sí, pusieron una guardia delante del sepulcro y lo sellaron.

El siguiente pasaje bíblico es muy acertado en este sentido: “ciertamente la ira del hombre te alabará; tú reprimirás el resto de las iras” (Sal. 76:10). Una traducción más moderna dice: “¡la rebeldía del ser humano solo resalta tu gloria, porque tú la usas como un arma!”.

Esto es precisamente lo que vemos aquí: los enemigos tomaron todas las medidas preventivas –la guardia (que a menudo consistía en más de 16 soldados) y el sellamiento del sepulcro–, pero no hicieron más que presentar la prueba irrefutable de la resurrección de Jesucristo. Los discípulos no podían de ninguna manera robar el cuerpo de su Señor y esconderlo de manera inadvertida para que no fuese descubierto.

A los líderes del pueblo les hubiese encantado negar la resurrección, si tan solo contaran con el cuerpo para mostrarlo. Un día, en la segunda venida de Jesucristo, Dios derrotará todo argumento. El error más grande del ser humano es creerle más a otras personas que a la Biblia: “Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido” (Sal. 119:92).

Un hombre que no creía en Dios le dijo a un niño:

–Te doy un dólar si me demuestras que hay un Dios.

Por lo que el niño contestó:

–Yo le doy 10 dólares si usted me demuestra que no hay un Dios.

En Marcos 16:3-4 leemos: “Pero decían entre sí: ¿quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande”.

Una piedra de grandes interrogantes pesaba sobre las mujeres que iban camino al sepulcro. ¿Quién nos podrá ayudar? ¿Quién tiene poder para hacerlo? ¿Dónde está la respuesta? La roca que cargaban era muy grande. Pero cuando levantaron la vista, ya todo se había resuelto –todo había sido consumado–.

Reinhold Ruthe, un psicoterapeuta, dijo: “Los pesimistas son personas sentadas en un cuarto oscuro y solo producen pensamientos negativos”. Dijo, además: “Un pesimista es una persona que no disfruta cuando le va bien, pues tiene miedo de que le empiece a ir mal”.

Hay asuntos que caen como piedras pesadas sobre nuestros estómagos u oprimen nuestros corazones. Sí, existe todo tipo de cargas que nos asfixian, como si cargáramos con muchas rocas de gran tamaño: los problemas, las preocupaciones y los pecados nos dominan y se vuelven insuperables. Poner nuestra mirada en el Resucitado y Eterno quita todas nuestras limitaciones y todas las cargas que no somos capaces de llevar. Aunque hay asuntos que debemos cargar, lo hacemos mientras somos cargados por él.

Un matrimonio tenía una niña que, a causa de la poliomielitis, estaba en silla de ruedas. Un día el padre volvió a su casa con un regalo para su esposa. Él le preguntó a la hija dónde estaba su madre. Ella contestó: “Mamá está arriba, por favor, déjame llevarle el regalo”. El padre le dijo que eso no sería posible a causa de su parálisis. Entonces, la niña le respondió: “Tú me cargas a mí, y yo llevo el paquete”. Emocionado, el padre tomó a la niña en brazos y la llevó escaleras arriba. La hija le entregó el regalo a su madre, y todos estuvieron felices.

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Co. 1:3).

Juan 20:1 dice: “el primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro”.

Vivimos en un mundo de oscuridad y nos movemos en él, pero también tenemos la ventaja de ver más allá de este. No necesitamos mirar fijo hacia la oscuridad, llenos de espanto, sino que, con fe, podemos atravesar las tinieblas para dirigir nuestra mirada hacia el sepulcro vacío.

Muchas cosas ya han sido quitadas de en medio a través de la muerte y resurrección de Jesús: los pecados, el miedo a un Dios castigador, la oscuridad del corazón, el temor a la vida o la incertidumbre de lo que vendrá. La muerte ya no nos alcanza, pues miramos hacia la luz de la esperanza.

Hace un tiempo, leí una publicación de Axel Kühner titulada Sencillamente mejor, donde escribe:

Las personas que creen en Jesús no son mejores que otras, pero les va mejor. Ellas no necesitan justificarse a sí mismas, porque ya están justificadas por el amor de Jesús. Ellas no necesitan probarse a sí mismas, ya fueron reivindicadas por medio del poder de Cristo. Ellas no necesitan hacerse más grandes de lo que son, ellas son lo más grande que el ser humano puede llegar a ser, un hijo y heredero del Dios vivo. Ellas no necesitan tenerse lástima, ellas tienen a alguien que sufre con ellas. Ellas no necesitan consolarse a sí mismas, animarse o hacerse fuertes, porque tienen a alguien que las edifica. Ellas no necesitan ser explicadoras, redentoras o devotas. Ellas tienen el mejor solucionador y devoto de la vida. Y ellas no necesitan morir solas, completamente solitarias y abandonadas. Ellas tienen a alguien que aún camina con ellas. Tampoco se encuentran solas delante de Dios. Tienen a Jesús como el mejor intercesor y abogado. A los cristianos sencillamente les va mejor, y por eso a menudo también se sien
ten mejor. ¡Los cristianos no son perfectos, ¡pero son perfectamente amados!

Jesús tiene poder sobre nuestra vida mortal. Jesús es el argumento más grande a favor de la vida. Quien busca a Jesús, cuenta a su lado con el más fuerte; y quien se deja cargar por Él, podrá cargar y soportar sus propias cargas. Así, llenos de fe, podemos mirar a través de la oscuridad hacia el Resucitado.

“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, Yo he vencido al mundo”.

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