El ecologismo contra el conocimiento de Dios: ¿podemos salvar el medioambiente? - Parte 1

Johannes Pflaum

“No tuvisteis respeto al que lo hizo” (Is. 22:11). Una mirada crítica al ecologismo.

Un estilo de vida ecológico, la protección del medioambiente, la lucha contra el cambio climático, la vida natural…, todo esto suena muy lindo y coherente, influyendo desde hace años nuestra manera de pensar, incluso si somos cristianos fundamentalistas. Creemos estar firmes en el conocimiento bíblico y mantenernos inmunes a las malas influencias, pero es muy posible que no notemos cómo nuestro sistema de coordenadas espirituales se va distorsionando por el impacto de las nuevas ideologías.

A principios y mediados de la década del 70, comenzó en Europa occidental el gran boom ecologista. En ese tiempo, éramos adolescentes y nuestros profesores nos enseñaban que los bosques se morían. Según lo que aprendimos entonces, Suiza y Alemania deberían ser hoy un gran desierto.

El año pasado, una revista cristiana alemana publicó un artículo titulado «Perdónanos por estar destruyendo tu creación». La sección hablaba acerca de un cristiano australiano que se había propuesto volver a hacer de África un continente verde.

Claro que es necesario un uso razonable de los recursos naturales, pero el énfasis y el tono del artículo me dieron en qué pensar. El artículo cita, por ejemplo, la siguiente afirmación de este activista australiano: “Estoy seguro de que hay personas que lograrán estar más cerca de Dios por cuidar su creación”.

Es cierto que según Romanos 1:20: “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad” se hacen visibles en la creación, pero la idea del artículo tiende a ir en otra dirección. No pretende seguir la reflexión bíblica de Romanos 1, que nos lleva a la revelación de Dios a través de la naturaleza, lo que marca también la necesidad de anunciar el evangelio. Por el contrario, uno de los subtítulos hace incluso la siguiente crítica: “Los cristianos conservadores eluden su responsabilidad”. Cita, como un mal ejemplo, al político estadounidense Tim Walberg, quien dijo: “Como cristiano creo que hay un Dios Creador que es mucho más grande que nosotros. […] Y confío en que, si realmente entramos en problemas, Dios se ocupará de ello”.

La revista contrasta esta afirmación con el buen ejemplo del papa Francisco, el cual apeló a la protección del clima.

La discusión por los problemas climáticos y medioambientales ciertamente tiene su lugar, aunque este tema se introduce en el mundo cristiano adoptando una importancia desproporcionada. No está mal, por ejemplo, seguir una dieta sana, pero si la alimentación se transforma en una ideología o incluso en una religión, debemos bajarla de su pedestal. Otro ejemplo es la medicina alternativa, la cual sostiene en muchos casos una filosofía contraria a la fe bíblica. Muchos cristianos fundamentalistas no se dan cuenta del peligro que corren al aceptar estos procedimientos alternativos de ser atrapados por una imagen del mundo y del hombre opuesta a las enseñanzas bíblicas.

En Isaías 22:11, Dios dice al pueblo de Israel: “Hicisteis foso entre los dos muros para las aguas del estanque viejo; y no tuvisteis respeto al que lo hizo, ni mirasteis de lejos al que lo labró”.

Jerusalén estuvo sitiada por los asirios y más tarde por los babilonios. Es lógico y entendible, desde un punto de vista humano, que los habitantes de Jerusalén hicieran todo lo posible por defender la ciudad y terminar con el asedio. Sin embargo, el problema principal era su ceguera espiritual ante las verdaderas razones de esos acontecimientos. No fijaban su mirada en el Señor, quien había enviado a los asirios y a los babilonios como instrumentos de juicio.

Este es precisamente nuestro problema con esta religión climática y ecológica. Todo lo que se dice tiene una apariencia lógica, pero enceguece la mirada de incluso muchos cristianos fundamentalistas, impidiéndoles ver que, por encima de todos estos asuntos, hay un Dios activo que quiere hablarle a la humanidad y que cumple sus planes con ella.

En cuanto a temas como la ecología, el cambio climático, la naturaleza y la salud, la teoría de la evolución marcó nuestro modo de pensar de forma mucho más incisiva de lo que imaginamos. La idea de que la naturaleza y la ecología son productos de una feliz casualidad, está hoy día muy generalizada. Se excluye la posibilidad de un Dios Creador, o si se toma en cuenta la obra de un ser supremo, este es interpretado como un dios lejano, que obró a través de la evolución y luego se retiró. Se niega a Dios como agente activo y líder mundial, y es esta mentalidad la que nos bombardea de manera continua. A esto, se le suma una comprensión de la naturaleza que rechaza por completo la caída del hombre en pecado y que de ninguna manera aceptará que haya sido esta la gran catástrofe en la historia de la humanidad y del universo.

La Biblia, por el contrario, comienza en Génesis 1 con el Dios Creador Todopoderoso, quien hizo todas las cosas por medio de Su palabra, y culmina también con el Dios Creador en Apocalipsis 21 y 22, quien hará un nuevo cielo y una nueva tierra. Además, la Palabra de Dios nos enseña que las leyes y los ciclos de la naturaleza no son procesos automatizados, sino que todo se sostiene sin excepción en y a través de Cristo (Colosenses 1:15-17). También las cíclicas estaciones, a las cuales nos hemos acostumbrado, tienen su causa solo en la promesa que Dios hizo después del diluvio (Génesis 8:22).

No es verdad que Dios creó el mundo y luego se retiró de él, sino que conduce todas las cosas según Su plan, intercediendo y actuando también por medio de los fenómenos de la naturaleza. El gran diluvio no fue producto de las emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera de aquel entonces o de otros “pecados ambientales”, como lo llamaríamos hoy, sino de la poderosa intervención divina para enjuiciar a una humanidad corrompida (Génesis 6:5-7). Sin duda alguna, el hombre caído se ha convertido en el tirano de la creación, pero, por encima de todo esto, está el actuar y obrar de Dios.

De tapa a tapa, las Sagradas Escrituras confirman la autoridad de Dios sobre las fuerzas de la naturaleza. No solo lo vemos en el gran diluvio (Génesis 6-8), sino también en las plagas en Egipto (Éxodo 7-13), en la separación en dos del mar Rojo (Éxodo 14), en el terremoto del monte Sinaí (Éxodo 19), en la “detención” del sol en el libro de Josué (10:13), en las inundaciones en Meguido (Jueces 5), en la sequía en la época de Acab (1 Reyes 17), en la manera en que Jesús calmaba las tempestades (Mateo 8:23-27; 14:22-33) o en los juicios y las catástrofes de Apocalipsis (6; 8; 16; 18).

Cuando Jesús calma las tempestades, lo primero que suele llamar nuestra atención es el pánico de los discípulos, amenazados de muerte por los grandes vientos y oleadas. Pero si leemos Mateo 8:23 y 14:22 con atención, notamos que la tempestad no era un suceso arbitrario, donde el Señor Jesús debió salvar a Sus discípulos. Antes bien, en las dos ocasiones mencionadas los hizo entrar a propósito en las turbulencias, con el fin de mostrarles Su deidad: “Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen?” (Mt. 8:27).

Esta era una poderosa demostración de Colosenses 1:15-16: “[…] Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él”. En una segunda ocasión, donde Jesús calmó una tempestad, caminó sobre las aguas, haciéndonos pensar en el pasaje de Job 9:8: “Él solo extendió los cielos, y anda sobre las olas del mar”.

En muchos pasajes, las Sagradas Escrituras nos cuentan acerca del accionar de Dios por medio de las fuerzas de la naturaleza y los fenómenos atmosféricos (Salmos 29:3-10; 104:4; 135:6-7; 147). Cuando Dios se reveló a Job, después de todas las preguntas y la falta de comprensión de Su siervo, lo hizo “desde un torbellino” (Job 38:1). Luego habló con él y le demostró cómo su inconmensurable grandeza puede percibirse también en los fenómenos naturales. Además, uno de sus amigos, Elifaz, intentó que Job dirigiera sus ojos al Señor, haciéndole recordar sus poderosas obras en la naturaleza (Job 36 y 37).

Es verdad que también las fuerzas de las tinieblas obran a través de la naturaleza, pero existe una clara diferencia. Leemos, por ejemplo, en Job 1:19 acerca de un gran viento mandado por Satanás para matar a los hijos de Job, pero esto aconteció bajo el absoluto control de Dios, como lo afirman con claridad los primeros versículos del capítulo 1.

Con respecto a la relación existente entre los fenómenos de la naturaleza y la autoridad suprema de Dios, Amós 3:6 dice: “¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?”. Cuando comprendemos cuán absoluta es la autoridad de Dios sobre los fenómenos naturales, la discusión alrededor del clima pasa a segundo plano. Aquí también pierden sentido las teorías de conspiración acerca de las estelas químicas o quimioestelas y de las supuestas armas climáticas, gigantescos aparatos tecnológicos que se usarían para provocar desastres naturales, teorías que deambulan incluso entre los cristianos fundamentalistas.

Es posible que el hombre logre influir en el clima de una manera limitada y puntual, por ejemplo, en la utilización de ondas de choque para reducir el granizo en el agua nieve. Pero como dice la Biblia, la única autoridad sobre el tiempo la tiene el Dios vivo. Él habla a los hombres a través de los fenómenos climáticos: usa las fuerzas de la naturaleza para llevar a cabo sus planes y propósitos. Nada podrá cambiar el hombre respecto a esto. Dios preguntó a Job: “¿Has entrado tú en los tesoros de la nieve, o has visto los tesoros del granizo, que tengo reservados para el tiempo de angustia, para el día de la guerra y de la batalla?” (Job 38:22-23).

En el pasado, la gente observaba, mucho más que hoy en día, con profundo respeto el actuar de Dios en la naturaleza. Viene a mi mente, por ejemplo, la cuarta estrofa del himno nacional suizo, que dice (traducido de la versión alemana):

“Vienes en la tempestad salvaje,
Tú mismo nos eres abrigo y protección,
¡Tú, Todopoderoso y Salvador!
En la noche de tempestad y miedo,
¡confiemos en Él con corazones sencillos!
Sí, el alma piadosa siente,
la presencia de Dios en la venerada patria,
Dios, el Señor, en la venerada patria”.

Aquí notamos algo de la devoción popular que reinaba en el pasado.

El conocido himnólogo alemán Paul Gerhardt (1607-1676) escribió en su famoso himno Befiehl du deine Wege:

“El que a las nubes, al aire y a los vientos
les da camino, rumbo y dirección,
también encontrará caminos
sobre los cuales tu pie pueda andar”.

Vemos en estos ejemplos cuánto tiene que ver la creencia en la soberanía de Dios, manifestada en las fuerzas de la naturaleza, con nuestra fe en Él al pasar por problemas y dificultades.

Analizando la historia de la salvación­: el incidente que ha causado todos los problemas que sufre la Tierra –la creación de Dios– y que padecemos nosotros –la corona de su creación–, fue la caída del hombre en pecado (Génesis 3). Desde el pecado original, nada fue igual. Por causa de este suceso y sus trascendentales consecuencias –y no por las centrales termoeléctricas ni por los motores a diesel–, toda la creación “fue sujetada a vanidad” (Ro. 8:20). Por el pecado, la muerte entró a nuestro mundo (Romanos 5:12). Este no solo afecta al ser humano, como nos enseña Romanos 8:20, sino a toda la creación. Por esta situación, el fin de nuestra Tierra ya está determinado por Dios. En 2 Pedro 3:10 leemos que en el día del Señor “los elementos ardiendo serán deshechos”. Ningún proyecto para la preservación del clima podrá cambiar esto. Tenemos que tener en cuenta esta verdad fundamental, si no queremos desviarnos del propósito que Dios tiene para nuestras vidas.

Es normal que un creyente mantenga una buena relación con la creación caída, incluso mejor que la de un no creyente; esto se manifiesta por ejemplo en su trato con los animales (Proverbios 12:10), pero por otro lado, conoce el orden de prioridad de Dios: sabe que el hombre fue puesto como corona sobre todas las otras cosas creadas y entiende que esta Tierra es temporal y pasajera. Nuestra verdadera meta es la eternidad y la nueva creación.

El hombre sin Dios, sin embargo, idolatra la creación y a la vez la destruye. Se pone a sí mismo y a la creación en lugar del Creador y coloca al ser humano,
a la bestia y a la naturaleza en un mismo nivel. Podemos verlo hoy en el ecologismo.

Gracias a la ciencia comprendemos muchos asuntos que antes desconocíamos. Se descubren cada vez más sustancias que pueden dañar la salud y provocar enfermedades graves. Se constató, por ejemplo, que al quemar leña natural, la combustión de carbón libera metales pesados como el cromo (vi), letales para la salud. Pero ¿deberían estos descubrimientos asustarnos y desequilibrarnos? ¿No confirma la ciencia lo que la Biblia viene diciendo desde hace mucho tiempo, que a través del pecado entró la muerte al mundo y que todo está sujeto a la transitoriedad? El perfecto huerto de Edén quedó en el pasado anterior a la caída del hombre.

Podríamos aplicar el mismo principio a los medicamentos y sus efectos colaterales. Recién en la nueva creación, en el cumplimiento de todas las cosas, cesarán las enfermedades, los dolores, los sufrimientos y la muerte. Por eso, no es posible que el ser humano elimine todos los efectos dañinos y obtenga una vida absolutamente sana por medio de la medicina. Comprender esto nos permite apreciar y utilizar los medios que tenemos al alcance, como un transitorio botiquín de auxilio, aceptando que tienen efectos colaterales. Como creyentes nunca deberíamos olvidar que “no tenemos aquí ciudad permanente” (He. 13:14).

Todo está sujeto a la transitoriedad. Por esta razón, aumentan los defectos genéticos y las enfermedades hereditarias a través de las generaciones, contradiciendo la teoría de la evolución. Nuestra creciente propensión a ciertas patologías, sobre todo enfermedades alérgicas, no solo se debe a la contaminación del medioambiente, sino que simplemente confirma que el hombre no evoluciona hacia una vida cada vez más sana hasta alcanzar la inmortalidad, por el contrario, más bien se degenera.

La Biblia tiene mucho que decirnos acerca del cambio climático, pero muy diferente a lo que hoy venimos escuchando. El primer gran cambio climático ocurrió con el pecado original. Cuando el hombre se rebeló contra su Creador, entraron la muerte y la transitoriedad a toda la creación. Todo cambió. A pesar de esto, los hombres de aquella época tenían una esperanza de vida diez veces mayor a la nuestra.

El segundo gran cambio climático llegó con el juicio del gran diluvio. Otra vez, la causa que desencadenó la catástrofe fue el pecado del hombre –no los óxidos de nitrógeno ni un elevado consumo de carne roja–. En relación con el gran diluvio, es aquí donde por primera vez es menciona la lluvia en las Escrituras. Recién después del Diluvio, esta nos comienza a hablar del verano y el invierno, del frío y el calor (Génesis 8:22). Antes de este hecho, deben haber reinado en la Tierra condiciones climáticas totalmente diferentes.

En el período posdiluviano, la vida humana comenzó a acortarse con mucha rapidez, hasta estancarse en 70 u 80 años (Salmo 90:10). El promedio de nuestra expectativa de vida ha alcanzado este límite, y la medicina clásica ha contribuido de manera considerable en esto.

Por encima de todos los trastornos consecuentes del segundo gran cambio climático, está la promesa de Dios de que el verano y el invierno no cesarán mientras exista la Tierra. Por supuesto, puede haber un margen de variaciones climáticas dentro de estos límites, pero si tomamos en serio la Palabra de Dios, podemos permanecer tranquilos frente al alarmismo actual.

ContáctenosQuienes somosPrivacidad y seguridad