El deseo inexpresado del hombre

Wim Malgo

“Él entonces dijo: te ruego que me muestres tu gloria” (Éx. 33:18).

En esta petición, Moisés articula el más profundo anhelo, el deseo inexpresado del ser humano. En el Nuevo Testamento está escrito: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5:8). Jung-Stilling ha expresado su anhelo y esperanza en las siguientes palabras: “Bienaventurados los que sienten nostalgia, porque ellos llegarán a casa”. Todas las difíciles peticiones que hasta el momento impulsaban a Moisés– la salvación, la reconciliación –desaparecen para ocupar un segundo plano. El punto esencial de su nostalgia ya no se encontraba en la contestación de sus ruegos, ya que sabía que el Señor lo oía, sino en la sublime persona del Señor mismo: “Él entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria”. A propósito, este deseo del corazón humano recorre como un hilo rojo toda la historia de la humanidad. En el Nuevo Testamento lo mismo se expresa en Juan 12:21: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. ¿Por qué querían ver a Jesús? El Señor mismo nos da dos veces la respuesta a eso: “...Y el que me ve, ve al que me envió” (Jn. 12:45). “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9b). Que el hombre mayormente no pueda articular ese anhelo tiene su origen a consecuencia del distanciamiento de Dios por el pecado. Así, el hombre busca en todos lados tratando de ver aquello que llene su más íntimo anhelo, pero no lo encuentra. Esta búsqueda nos la relata el libro de Eclesiastés de la siguiente forma: “Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír” (Ecl. 1:8). Solo pensemos en los esclavos de la televisión, los cuales nunca se pueden saciar de ver. Eclesiastés 4:8b dice: “...pero nunca cesa de trabajar, ni sus ojos se sacian de sus riquezas, ni se pregunta: ¿para quién trabajo yo, y defraudo mi alma del bien? También esto es vanidad, y duro trabajo”. Entonces un poco más adelante en Eclesiastés 5:10: “El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad”. Un poeta lo dijo así:

He ido por el mundo,
y el mundo es grande y lindo
y a pesar de esto mi anhelo me lleva
muy lejos de la Tierra.

El mundo entero nunca podrá satisfacer el corazón humano. Eso lo puedo decir de los años de mi juventud, cuando pensaba que sería más sabio si pudiera conocer al mundo con todo lo que es y tiene. Pero ese grande e inmenso mundo no fue capaz de dar paz a este diminuto corazón. Mi anhelo más profundo no fue aplacado. En todo tu buscar y hacer, en todos tus pasatiempos, especialidades y pasiones no has encontrado aquello que en verdad buscas. Pero no sabes dar expresión a ese anhelo, y así sigues buscando hasta encontrar aquello que hace calmar tu más profundo deseo. Sin embargo, no lo encuentras. Solo una cosa satisface: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal. 17:15). ¡En cuanto llegues allí tu anhelo inexpresado finalmente será satisfecho! ¡No tenemos idea de cuán glorioso será cuando le veamos a Él!

Este versículo “estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” señala a la promesa de 1 Juan 3:2: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Esto también lo denota Apocalipsis 22:4: “...Y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes”. Nuestro Señor Jesús, en la oración sacerdotal, utiliza una expresión que nunca ha utilizado para Su provecho: “Padre, yo quiero”, y lo hizo en relación con la meta final de este anhelo: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24). Por ese primero y último “yo quiero” que el Señor Jesús expresa ante Su Padre, Él quiso dar Su vida. Aquí podemos prever algo de la inmensa profundidad de 1 Corintios 2:9b: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. También Isaías, repetidas veces, ha hablado sobre ver al Señor. Por ejemplo, en Isaías 35:2b-4a: “Ellos verán la gloria de Jehová, la hermosura del Dios nuestro. Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles. Decid a los de corazón apocado: esforzaos, no temáis”. O en Isaías 33:17: “Tus ojos verán al Rey en su hermosura; verán la tierra que está lejos” En esa luz, se nos hace comprensible la petición de Moisés: “Te ruego que me muestres tu gloria”.

Después de que vimos en uno de los mensajes anteriores que el Señor hablaba con Moisés, el mediador, en el tabernáculo afuera del campamento, como un hombre habla con su amigo, leamos la conversación entre Dios y Moisés: “Y dijo Moisés a Jehová: mira, tú me dices a mí: saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos. Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo. Y él dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso. Y Moisés respondió: si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos lo pueblos que están sobre la faz de la tierra? Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre. Él entonces dijo: te ruego que me muestres tu gloria” (Ex. 33:12-18).

Nosotros solo podemos entender esa preocupación de Moisés si hacemos una relación con los acontecimientos anteriores. Por lo tanto, recapitulemos por un momento: Cuando Moisés estuvo cuarenta días y cuarenta noches sobre el Horeb en la presencia de Dios, para recibir las instrucciones, a fin de construir una morada para Dios en medio de Su pueblo, el pueblo apóstata y se hizo un becerro de oro y lo adoró. Entonces se encendió la ira de Dios. Él quiso destruir a ese pueblo, y en su lugar hacer de Moisés una gran nación. Pero Moisés se interpuso sacerdotalmente y consiguió así la reconciliación. Pero una cosa ya no quería Dios: Él ya no quería subir en medio del pueblo. Y ahora Moisés dice: “Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos. Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos...”. Hay seis veces, en ese diálogo de Moisés con Dios, la palabra hebrea jada = saber, conocer, entender. Se trata de un reconocer en el sentido hebreo de la palabra, eso es: no un conocer teórico, sino el obtener una relación con el “objeto del reconocimiento”, se trata de “entrar en relación de vida con una persona”, en este caso. con Dios mismo. Después del rompimiento de las relaciones ­entre Dios y Su pueblo, eso significa también: reconciliación, comunión y reconocimiento entre ambos.

Este es un punto de extrema importancia: toda nuestra vida aquí sobre la Tierra es la preparación para aquel gran momento cuando le veremos tal como Él es. Esa preparación, por un lado, consiste en el crecimiento del conocimiento de Dios y en nuestra transformación en Su imagen. La gran petición insistente del apóstol Pablo es que crezcamos en el conocimiento de la sublime persona de Dios: “...Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él” (Ef. 1:17). En otra parte dice: “...Y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longaminidad” (Col. 1:10b-11). Porque, ¿cómo podríamos verlo como Él es, cómo podríamos ser semejantes a Él, si aquí no hemos crecido en el conocimiento de Su Persona? “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18).

De la misma manera como nuestro conocimiento va creciendo, nuestra vida espiritual se encuentra en un proceso continuo de transformación mientras que estemos aquí sobre esta Tierra: “Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu.” (2 Cor. 3:18, BlA). “Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu.” (NVI) En Gálatas 4:19, leemos referente a esa lucha que Pablo tenía por ellos: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros...”. Así que, creciente conocimiento espiritual significa al mismo tiempo transformación, y ese proceso de transformación, la Biblia lo denomina santificación. Por eso es una necesidad forzosa, considerando el hecho que no solo le veremos como Él es, ¡sino que le seremos iguales! Porque si no somos transformados a Su imagen, entonces no le veremos. Esto lo dice la Biblia con la expresión: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb. 12:14). ¿Creces en el conocimiento del Señor? Te encuentras en el camino de la ­santificación? ¿Te encuentras en ese proceso de crecimiento, o sea, de transformación? Si creces en el conocimiento de Su Persona, entonces también el conocimiento de ti mismo aumentará y serás humillado ­interiormente en gran manera. Y eso tiene como consecuencia que tu relación con tu entorno, con tu prójimo, sea otra.

Al ver cómo Moisés ora y ruega ante la faz del Señor, debemos considerar que el tema que Moisés trata con el Señor está entrelazado con un segundo, estrechamente ligado a aquel, y que, en suma, es el mismo pensamiento solo desarrollado en otra dirección. Se expresa como sigue: “Hallar gracia.” Esa frase se repite cinco veces en Éxodo 33:

“...Sin embargo, tú dices: ...has hallado también gracia en mis ojos.” (v. 12c).
“Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos” (v. 13a).
“...y halle gracia en tus ojos” (v. 13b).
“¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo” (v. 16a).
“...por cuanto has hallado gracia en mis ojos” (v. 17b).

En la Biblia el número cinco es el número para la gracia. No existe perdón como simple remisión de pena, sino que gracia siempre es simultáneamente una inclusión en el ­reconocimiento y el conocimiento, esto es: en una relación personal y comunión con Dios mismo. ¡Deseo de todo corazón que eso te sea concedido a ti, querido/a lector/a! Quizás tu corazón esté vacío y estás con muchas penas. Nada te ha satisfecho interiormente. ¡Solo la amistad con Jesús es capaz de hacer eso completamente! Por lo tanto, estas dos oraciones que Moisés dice a Dios–“para que te conozca” y “halle gracia en tus ojos”(Éx. 33:13)–expresan en principio una y la misma cosa. Dicho de otra manera: una cosa implica la otra.

Trataré de mostrar, con la ayuda del Espíritu Santo, que el reconocer al Señor y la gracia obradora son la misma cosa. Juan 1:16 dice: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”. En Colosenses 2:9 leemos: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”. Al mismo tiempo, los versículos 2 y 3 de Colosenses 2 subrayan: “Para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento”. Por lo tanto, esto quiere decir que la fuente de la gracia también es la fuente del conocimiento. En Efesios 3:18-19, Pablo resume la plenitud de Dios respecto al conocimiento del amor de Cristo, y a la gracia, cuando escribe: “Seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. En principio no “solo” es un diálogo entre Dios y Moisés. Es más. Al observar este diálogo desde afuera parece haber un esfuerzo unilateral de parte de Dios de manifestarse y establecer comunión, pero visto de adentro vemos una lucha de Moisés para echar mano de esa comunión y mantenerla. Sí, al leer bien los versículos 12 y 13 de Éxodo 33:“Y dijo Moisés a Jehová: mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos. Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo”; reconocemos que aquí emana un similar espíritu de oración como el de Jacob, siglos atrás. Cuando el Señor se le apareció a Jacob en Peniel y le dijo: “...Déjame, porque raya el alba”, entonces él le respondió: “No te dejaré, si no me bendices” (Gn. 32:26). Otro paralelismo entre Moisés y Jacob se encuentra en el hecho que ambos estaban en camino a la tierra prometida.

En la atenta lectura de Éxodo 33:12-18, constatamos que Moisés presenta un reclamo ante Dios con base en la comunión que le fue obsequiada por Dios, y como miembro del pueblo, al cual Dios había prometido el pacto de la comunión, y el cual Moisés debería llevar a la tierra de Dios. Moisés expone ante Dios la profunda contradicción entre Su acción y Su voluntad de solidaridad, Su conducta y Su promesa. La contradicción, que tampoco Moisés entiende, es la siguiente: Dios habló a Su siervo, que Israel siguiera su camino hacia la tierra prometida y que Moisés los guiara. Pero al mismo tiempo, el Señor siguió explicando que Él mismo se retiraría de en medio del pueblo. Eso era inconcebible y Moisés no lo pudo comprender. Lo mismo era tan contradictorio que Moisés no era capaz de encontrar la solución. La salvación de la casa de esclavitud de Egipto, el pasaje por el Mar Rojo, la conducción a través del desierto por medio de la columna de nube y fuego, el maná como pan celestial, la revelación de la ley sobre el Sinaí–todo, hasta el momento, había procedido de parte de Dios. Ahora la partida debería provenir de Moisés, sin que este supiera a quién mandaría Dios para que lo acompañase. Nosotros también conocemos ese conflicto, esa tensión que casi no podemos expresar en oración. Desde ese conflicto interior de su alma, Moisés habla aquí con Dios. Él se apoya en la fe sobre la referida promesa, de que Dios estaría con él. Por lo tanto, Moisés pide al Señor: “Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos” (Éx. 33:13a). En otras palabras: ¡Señor, cumple tu palabra! Jacob Kroeker tradujo ese versículo así: “Y ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, déjame reconocer la unidad y diversidad de Tus caminos, de tal modo que Te reconozca a Ti, para (que así se demuestre) que yo (verdaderamente) he hallado gracia en Tus ojos, y recuerda (además), que este es Tu pueblo!”. Moisés era audaz, pues así no habla el temor servicial. Así solo habla la sinceridad despertada por la confianza en Dios.

También nosotros tenemos esa confianza. Nosotros tenemos la posibilidad de hablar con Dios, podemos argumentar; sí, Dios nos desafía a eso en Isaías 1:18, y nosotros nos podemos asegurar de Sus promesas. Moisés fue un hombre como nosotros y no entendía el embrollo de los caminos. Él ya no encontraba una unidad superior en la diversidad. Todo lo que había sucedido y sucedía se disolvió para él en un desorden incomprensible y en una desesperación sin destino. Mas, lo que en sus ojos era complicado, no lo era desde el punto de vista de Dios. Por eso Moisés le pide: “Déjame reconocer la unidad y diversidad de tus caminos”. Lutero lo traduce más simplemente como: “...por tanto, déjame saber tus caminos...”. ¿No es a menudo también tu oración, cuando en tu pesar y desaliento no sabes qué hacer: “Señor, no entiendo tus caminos; todo es tan contradictorio; es un embrollo; ya no le veo el sentido”? Pero lo mismo pasa con un bordado primoroso: el lado de abajo es un tremendo embrollo de hilos, el lado de arriba es una hermosa figura. Incluso, a menudo nuestra vida tiene la apariencia de tal desorden. Dios nos guía, pero permite tentación y contratiempos. A veces, también nosotros ya no podemos apreciar la armonía del “bordado,” porque solo vemos el lado de abajo. Pero el día en que estemos en gloria, podremos ver el maravilloso dibujo lleno de armonía y excelencia, y adoraremos diciendo: ¡Señor, Tú has hecho todo maravillosamente! “...Para hacer maravilloso el consejo y engrandecer la sabiduría” (Isaías 28:29).

Es como si Moisés quisiera decir al Señor: “Señor, a mí me falta el entendimiento sobre como Tú, en la variedad de tus caminos, siempre solo persigues la única meta, como en ese caso singular con Israel: como Tú no abandonas el propósito original en la modificada conducción del pueblo– porque quieres enviar un ángel delante de ellos–, sino que seguramente sabrás alcanzar la meta que persigues incluso de ese modo. ¡Pero Señor, no lo puedo entender!”. Lo mismo lo expresamos en el himno: “Aunque no conozca el camino, Tú sí lo conoces...”.

Desde que Dios había dicho a Moisés: “Y yo enviaré delante de ti el ángel, y echaré fuera al cananeo y al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo (a la tierra que fluye leche y miel); pero yo no subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino” (Éx. 33:2-3), hubo la contradicción irresoluble: “yo estaré contigo” y después “no subiré en vuestro medio”. Lo que sucedía y cómo habría de desarrollarse la conducción de Israel, en la práctica, en el camino a través del desierto, habría destrozado al alma de Moisés si su fe no procediera de Dios, si Moisés no hubiera encontrado la unidad, la armonía en la diversidad de los caminos e igualmente en las direcciones más encubiertas, no habría reconocido al Salvador de Israel.

Sí, mi amigo, solo la persona iluminada por Dios ve la unidad en medio de toda diversidad; delante de toda contradicción tiene determinación; en toda oscuridad es capaz de ver el rostro de Dios. Demuestra ser lo suficientemente fuerte para dar un nuevo futuro a su pueblo, a pesar de su respectivo fracaso. Así era Moisés. Esta era la diferencia principal entre Moisés y todo Israel. El Salmo 103:7 lo describe en pocas palabras así: “Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras”. Los hijos de Israel veían cada día un milagro durante cuarenta años: llovía pan del cielo. Pero más tarde el Señor se lamenta: “...Me probaron, y vieron mis obras cuarenta años ...y no han conocido mis caminos” (Heb. 3:9b,10b). Pero Moisés reconoció Sus caminos. Esa es una expresión de madurez espiritual, el distintivo de paternidad espiritual. El Señor pudo dar a conocer a Moisés Sus caminos porque Moisés mismo buscaba al Señor. Moisés no quería un ángel ayudador, ningún ángel que bendijera y ningún ángel que luchara por Israel, Él quería al Señor mismo: “Y Moisés respondió: si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos lo pueblos que están sobre lo faz de la tierra?” (Éx. 33:15-16).

¡Moisés argumenta con la gracia de Dios ante la faz de Él! Solo una fe de profeta así recibe respuesta de Dios como ningún otro hombre se la puede imaginar. En seguida Dios le habló a Moisés: “...Mi presencia irá contigo, y te daré descanso” (Éx. 33:14). En el trato con Dios se desarrolla una fe, a la cual no le basta la dádiva, sino únicamente el dador, ya no le basta la bendición de la conducción, sino únicamente la dirección personal de Dios. Por lo tanto, Moisés responde: “...Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí” (Éx. 33:15). ¡Porque lo que es capaz de salvar un pueblo y llevarlo a la meta prometida, no solo es la bendición de la faz del Señor, sino el Señor mismo! Eso también vale para ti, mi amigo: no es que te vaya bien, que seas bendecido y que tengas prosperidad que te puede salvar, sino únicamente Dios mismo. ¡Necesitas a Jesús! ¡Antes de necesitar un cristianismo y una iglesia, necesitas al Señor mismo! “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn. 5:12). Únicamente Jesús no se agota en Su amor perdonador y paciencia. Únicamente Él no falla en su conducción certera y saludable revelación. Únicamente Él no se cansa, a pesar de todas las debilidades del creyente y errores del pueblo, y eso será así hasta aquella hora, cuando Él pueda cumplir todo lo que Su revelación ha prometido.

Y ahora Moisés declara su anhelo inexpresado hasta el momento: “...Te ruego que me muestres tu gloria” (Éx. 33:18). Es como con Job. Job había perdido en un solo día a sus diez hijos y todos sus bienes, y su mujer se había apartado de él. Y, además de eso, él mismo estaba mortalmente enfermo. Entonces llegaron sus amigos piadosos y lo aconsejaron con proverbios bíblicos, en vez de verdaderamente ayudarlo. Y allí, en su mayor calamidad y desesperación, él de pronto exclama: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” (Job 19:25-26). “Te ruego que me muestres tu gloria.” Entonces tu anhelo más profundo, tu deseo más escondido será satisfecho. Es hasta entonces cuando seremos en nuestro interior plenamente dichosos y felices, cuando llegue el momento en que le veremos como Él es. Por eso Moisés es tan audaz, después de haber experimentado tantas oraciones contestadas, de pedir lo último y más sublime: “Te ruego que me muestres tu gloria”.

Pero, ¿cómo puede Moisés pedirle eso, si en el versículo 11 dice: “Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero”? Sí, por cierto, el Señor hablaba cara a cara con él, pero lo hacía por medio de la imagen del Ángel del Señor y nunca directamente. Si Moisés hubiera visto directamente el rostro del Señor tendría que haber muerto, porque el Señor dice en el versículo 20: “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá”. Pero el Señor le muestra el camino por el cual ese deseo de Moisés podía ser satisfecho: “Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Dijo más: no podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá. Y dijo aún Jehová: he aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro” (Éx. 33:19-23). Entre otras cosas, tenemos aquí una profecía directa de la boca de Dios en cuanto a la Salvación, la cual se realizó así por medio de Jesucristo: “...yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado.” ¿Quién era esa peña? Esto lo responde Pablo inspirado por el Espíritu Santo en 1 Corintios 10:4b: “...porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo”.

Hasta entonces Moisés solo había rogado que el Señor mismo subiera, de allí en adelante, con él y Su pueblo; y, a través de Su guía, reconocer al Señor. Sin embargo, ahora Moisés se atreve a pedir el reconocer a Dios en persona primeramente, para después poder entender Su guía. Ese anhelo sobrepasa en mucho a todas las experiencias tenidas hasta el momento. Pero este es el actuar de Dios: preparar vasos de misericordia para poder llenarlos con un contenido superior: la plenitud divina. Pero como Dios no podía mostrar Su rostro a Moisés mientras este estaba en carne y sangre, le obsequiaba la mirada sobre Su ser, Su gloria. Cuánto más el pueblo al pie del monte revelaba e iba a revelar su versatilidad, testarudez y desaliento, tanto más Moisés debía conocer la verdadera figura de Dios, al Señor en toda la riqueza de Su bondad, a fin de tener aquella autoridad profética para también poder servirle al pueblo como intérprete de Dios. Por lo tanto, Dios le responde a Su siervo: “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro”. Solamente el hombre que ve a Dios en la plenitud de Su bondad es capaz de ver al hombre en su caída más profunda, sin perder la esperanza de poder servirle como profeta.

Este diálogo entre Dios y Moisés tuvo lugar en el tabernáculo en las afueras del campamento. Nosotros sabemos que todo aquel que quería preguntar algo al Señor debía salir al tabernáculo en las afueras del campamento: “Y cualquiera que buscaba a Jehová, salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento” (Éx. 33:7b). Aquellos del pueblo que se arrepintieron no solo pasivamente, sino que “buscaban al Señor” activamente, tenían que dejar el campamento bajo la mirada de cientos de miles. Para esa persona era imposible quedarse en la “multitud de los creyentes”. Había que separarse de los demás para buscar y encontrar al Señor en el tabernáculo de reunión afuera del campamento. Es muy significativo que–salvo Moisés y otra única excepción –no se nos relata que nadie más haya seguido ese camino. Porque nadie sabía lo que Dios iba hacer. Él había dicho: “...Para que yo sepa lo que te he de hacer”. Esa única excepción era Josué: “...Pero el joven Josué hijo de Nun, su servidor, nunca se apartaba de en medio del tabernáculo” (Éx. 33:11). ¡Josué es el que más tarde llevará a todo Israel a la tierra prometida en la plenitud de Dios! Josué significa Jesúa. Él señala a Aquél que nos muestra al Padre. Solo Uno del pueblo, siglos más tarde, ha sufrido fuera del campamento: “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta” (Heb. 13:12). Jesucristo es nuestro Josué celestial.

En el trasfondo del andar de Moisés–hacia el tabernáculo de reunión, de la venida de la columna de nube hacia el tabernáculo, de la estadía de Moisés en el mismo y su retorno hacia el campamento–se encuentra pues, insinuada rápidamente, la figura de Josué quien se queda en el tabernáculo, el que verdaderamente introdujo a Israel en la tierra prometida.

En la comparación de ambos personajes, Moisés es hecho una señal, el que indica hacia otro, del cual él dice al pueblo de Israel: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios” (Dt. 18:15). Y de aquí en adelante es a este al que señala como el Redentor y Cumplidor, el que dice de sí mismo: “...¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Lc. 2:49). Nosotros reconocemos a Josué, quien no se apartaba de en medio del tabernáculo, como la única clara señal hacia Jesucristo, el cual no se dejó provocar, sino que persistió hasta llegar a la cruz. Él es el que nos muestra al Padre: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9). Lo que en el tiempo de Israel nadie hizo–a pesar de haber sido dada la invitación, considerando que la reconciliación con Dios todavía no había sido hecha por medio de nuestro Salvador–nosotros sí somos exhortados a hacer, en obediencia a Hebreos 13:13, si queremos ver a Dios: “Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio.” ¡Oh, que también nosotros como Moisés, como Josué, nos refugiemos en Él, el fuerte Salvador, y que seamos progresivamente transformados en Su imagen! ¡Él viene–quién sabe cuán pronto–y entonces lo veremos tal como Él es!

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