¿De veras todo lo puedo en Cristo?

René Malgo

En gran manera me gocé en el Señor de que ya al fin habéis revivido vuestro cuidado de mí; de lo cual también estabais solícitos, pero os faltaba la oportunidad. No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Sin embargo, bien hicisteis en participar conmigo en mi tribulación. Y sabéis también vosotros, oh filipenses, que al principio de la predicación del evangelio, cuando partí de Macedonia, ninguna iglesia participó conmigo en razón de dar y recibir, sino vosotros solos; pues aun a Tesalónica me enviasteis una y otra vez para mis necesidades. No es que busque dádivas, sino que busco fruto que abunde en vuestra cuenta. Pero todo lo he recibido, y tengo abundancia; estoy lleno, habiendo recibido de Epafrodito lo que enviasteis; olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios. Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.” Filipenses 4:10-19.

Según Nathan Busenitz, profesor de Master’s Seminary de California, Filipenses 4:13 es uno de los versículos más conocidos y citados del Nuevo Testamento. Una breve búsqueda en internet nos inunda con la posibilidad de comprar llaveros, anillos, botones, remeras, autoadhesivos, tarjetas, pulseras, bolsos y algún otro adorno cristiano, bordados o estampados con las palabras de este versículo. La ironía, dice Busenitz, es que de esta forma su verdadero mensaje es tergiversado y convertido en un “lema para el autorrefuerzo”, en un “manifiesto de autorrealización, ambición y mentalidad exitosa”. Sigue diciendo: “Muchos reducen este versículo a una especie de frase motivacional para lograr el bienestar material, el avance profesional o el éxito deportivo”. Sin tener en cuenta el contexto, la mayoría de las personas transforman Filipenses 4:13 en un cheque en blanco que promete darnos todo lo que deseamos. Busenitz dice: “Pero cuando consideramos el contexto, entendemos que este versículo está hablando acerca del contentamiento. No se trata de ayudarnos a realizar nuestros sueños o de alcanzar nuestras metas. Más bien de lograr el gozo, el contentamiento y la constancia, aun en una vida dura y en circunstancias que parecen imposibles de soportar”.

Hablamos de la conocida afirmación del apóstol Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).

En Filipenses 4:1, Pablo invita a los filipenses a estar firmes “en el Señor”, acordándose que su ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20-21). En los versículos 2 y 3 muestra que estar firmes “en el Señor” tiene que ver con la unidad de la iglesia. Del 4 al 7, da algunas pautas concretas para lograr estar firmes “en el Señor” en la vida personal: gozarse siempre “en el Señor” y llevar todo a él en oración, entre otras. En el versículo 8, muestra cómo el creyente puede permanecer, en sus pensamientos, firme “en el Señor”. En el 9, revela que estar firmes “en el Señor” significa obedecer, poniéndose Pablo, con una fe genuina, a sí mismo como ejemplo. Y ahora, en Filipenses 4:10-19, vemos, por un lado, en qué consiste la actitud ejemplar del apóstol y, por otro, la actitud ejemplar de los filipenses reconocida y observada por Pablo.

Pablo se regocija “en el Señor” a causa de la donación que ha recibido de parte de los filipenses. Es consciente de que debe este sustento a Dios. Por ese motivo, le da la honra al Señor por esta provisión. Y no solo se regocija por la ofrenda –en realidad no es lo que buscaba (v. 17): Pablo no era adepto de la teología de la prosperidad–, sino que se alegra por el fruto que los filipenses dieron al hacerlo. El apóstol piensa tan poco en sí mismo que puede escribir: “busco fruto que abunde en vuestra cuenta” (Fil. 4:17).

En todo lo ocurrido, piensa en honrar a su Señor Jesucristo. Esto es revelado además en su testimonio, cuando dice: “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad” (Fil. 4:11-12).

Pablo aprendió, por la gracia de Dios, a estar contento en cada situación de su vida y a descansar en su Señor. Aunque sufriera humillación, hambre o necesidad, o, por el contrario, tuviera abundancia y saciedad, en todo, estaba firme “en el Señor”. Cuando le iba mal, no acusaba a Dios por ello, sino que se sostenía en él. Por otra parte, si le iba bien, no se olvidaba de Dios, sino que se aferraba a su persona. Pues como dice Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. El teólogo John MacArthur explica que Pablo utiliza para esta afirmación un verbo griego con el significado de «ser fuerte o tener fuerza» (compárese con el uso de este verbo en Hechos 19:16,20; Santiago 5:16). El apóstol tenía la fuerza para soportar de manera victoriosa cualquier situación (vv. 11-12), tanto en la escasez como en la abundancia material.

Este es el arte de una vida cristiana plena: vivir de una manera tal de dependencia y estrecha comunión con Cristo que ni la necesidad ni la abundancia son capaces de alejarnos de él. Este es el significado de: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. No se trata de autorrealizarnos con la ayuda de Jesús, sino de que a través de la comunión con él y por medio de su fuerza podamos estar contentos y gozosos en cualquier situación y permanecer firmes en la fe, más allá de cuál sea la circunstancia que vivimos.

Pero no solo resulta notable el testimonio de Pablo, sino también el que él afirma tienen los filipenses. Se acuerda de que la iglesia de Filipos fue la única en apoyarlo cuando estuvo en la provincia de Macedonia (Filipenses 4:15). Esto ocurrió una vez que comenzaba su ministerio en aquella región, en Filipos, Tesalónica y Berea (Hechos 16-17). De todos aquellos que habían recibido el evangelio por el trabajo incansable de Pablo, solo los filipenses lo apoyaron desde lo material. Además, un tiempo después, cuando el apóstol estuvo en Tesalónica, los filipenses le enviaron “una y otra vez” para sus necesidades (Fil. 4. 16).

Y ahora, “al fin”, volvieron a pensar en él, como dice Pablo en Filipenses 4:10. Su tono no es de rezongo, pues sabe muy bien que: “[…] de lo cual también estabais solícitos, pero os faltaba la oportunidad” (Fil. 4:10). Durante mucho tiempo, los filipenses no habían escuchado nada de Pablo. No sabían bien dónde se encontraba, sin embargo, no se olvidaron de él –¡y esto en una época desprovista de teléfono e internet!–. Tan pronto como escucharon algo sobre el apóstol y supieron que estaba preso en Roma, mandaron a Epafrodito con una ofrenda. ¡Qué iglesia más atenta!

Es así como, dos mil años más tarde, aún permanece en nuestra memoria como la iglesia que apoyó en lo material al apóstol Pablo. El teólogo James Montgomery Boice dice al respecto: “En el caso de la iglesia de Corinto, nos acordamos de sus divisiones y de su debilidad moral; en cuanto a la iglesia de Laodicea, de su apostasía; en el caso de la congregación de Tesalónica, de sus cuestiones teológicas con respecto al retorno de Cristo”. –¿Qué recordará la gente de mi iglesia? ¿Por qué es reconocida?–.

Pablo llamó a la donación de los filipenses “olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios” (Fil. 4:18). El lenguaje utilizado es del Antiguo Testamento. Parece hacer referencia a los sacrificios hechos al Dios de Israel en el Antiguo Pacto, los que debían ofrendarse de manera correcta. La ofrenda de dinero dada por los filipenses fue un olor fragante para Dios, un verdadero sacrificio, un “fruto que abunde[a] en vuestra cuenta [la de los filipenses]” como dice Pablo en Filipenses 4:17. Los frutos espirituales no solo se manifiestan en nuestro carácter, como el amor, la paciencia, el gozo, etc., sino que consisten también en la aplicación práctica de lo espiritual –en este caso, a través de una donación de dinero a un hermano necesitado–.

Pablo dice en Filipenses 4:5: “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres”. ¿La estamos haciendo conocer por medio de nuestros actos? ¿Pensamos en otros, en los hermanos, en los misioneros, en los amigos, en los necesitados, en los que piden ayuda y en los que sufren, tal como los filipenses lo hacían con Pablo? ¿Cuán atentos estamos a las necesidades de los demás?

El dinero que los filipenses enviaron a Pablo significaba, de seguro, un verdadero sacrificio. No era el caso de una iglesia con abundancia que había ofrendado luego de cubrir el saneamiento de sus casas, comprar nuevos caballos y confirmar sus vacaciones en la Galia. Al contrario, pues Pablo les da una promesa después de haberles agradecido: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Fil. 4:19). El apóstol hizo saber a los filipenses que lo que habían hecho como sacrificio personal, no sería olvidado. La necesidad que ocasionó esta donación sería suplida. Dios, a quien pertenecen todos los tesoros, les daría todo lo necesario. Él cuidaría de ellos.

Pablo llama a Dios mi Dios. Conocía a su Señor. Descansaba en él. Podía afirmar: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”, más allá de si le iba bien o mal.

El apóstol parecía estar diciendo: “Él siempre está conmigo, él siempre me da la fuerza que preciso y siempre cubrirá mi necesidad”. Y asegurar a los filipenses: “También a ustedes, él les dará lo que necesiten; también ustedes lo pueden todo en aquel que los fortalece. También ustedes serán capaces de estar contentos y satisfechos en él”.

Dios cuida de nosotros. Podemos, en nuestro Señor Jesucristo, contentarnos en cada situación. Las preguntas que debemos hacernos son: ¿qué hacemos con lo que Dios nos da? ¿Cómo actuamos en las situaciones en las que Dios nos coloca? ¿Estamos contentos, como Pablo? ¿Somos generosos, como los filipenses? ¿Pensamos en otros? ¿Pensamos en dar fruto? ¿Pensamos en nuestro Señor? En todo lo que hagamos, en cualquier situación que atravesemos, reflexionemos en lo que Pablo creía, sabía y vivía: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).

“Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Fil. 4:19).

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