Cristo en Su Iglesia

Wim Malgo (1922–1992)

Una interpretación del último libro de la Biblia. Parte 11. Apocalipsis 1:12

Juan sigue informando: «Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro» (v.12). El Espíritu Santo que se había apoderado de Juan, lo hace darse vuelta, es decir, hace que se aparte del mirar natural, mundano –alejándolo de lo terrenal. Porque el hombre natural no percibe nada de las cosas del Espíritu. Le son una necedad.

¿Qué ve Juan cuando se vuelve? ¿Ve al Cristo glorificado? Al principio no, sino: «y vuelto, vi siete candeleros de oro» (v. 12). ¿Qué son estos candeleros de oro? Eso lo dice el versículo 20: «y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias». Lo que aquí enseguida llama la atención es que Juan, antes de ver la gloria de la persona de Jesús, ¡primeramente ve a la Iglesia! Eso significa que nadie es capaz de ver a Jesús en gloria, a no ser a través de la iglesia verdadera. ¡Qué responsabilidad la que tenemos! «Vosotros sois la luz del mundo» dijo el Señor (Mt. 5:14).

Cuando una persona, desilusionada de todo el engaño del mundo finalmente se vuelve, entonces ve primero a la Iglesia. Allí se encuentra nuestra misión sublime, porque la gloria de la Iglesia es la gloria de Jesucristo. Por eso, se debe decir con toda seriedad y muy radicalmente: la Iglesia de Jesús pierde su derecho de existencia, cuando ya no es el principio de la revelación de Jesucristo. Esa es la gran vergüenza de nuestro tiempo, que el mundo se ríe de la Iglesia, de los creyentes y dice: «¿Qué quieren estos? ¡No son nada mejores que nosotros!»

Siete es el número de la perfección divina. Dios es refinado y puro, es valioso y constante. El oro en el Antiguo Testamento le era santificado a Dios. Pensemos en el precio tan alto del oro. ¡Esa es la Iglesia, que fue comprado por la valiosa sangre de Jesús! Pero más aún: en el hecho de que Juan ve a la Iglesia como candelero de siete brazos, vemos con él el llamamiento de Israel. Ya que la verdad de Israel en los tiempos modernos es la menorá, el candelero de oro de siete brazos.

A nosotros, como Iglesia de Jesús, por un tiempo limitado –hasta el arrebatamiento– se nos ha traspasado el llamamiento de Israel, de ser portadores de luz. Que ahora Juan vea primero a la Iglesia, demuestra la maravillosa unidad orgánica con el Señor Jesucristo a quien él ahora ve. Y lo dice muy claramente: «Y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre». Eso significa que la Iglesia de Jesús es perfecta porque Jesucristo está en medio de ella.

Todo es confuso y ambiguo cuando Él no es más el centro de tu vida. ¿Es Él el centro en ti, como Pablo testifica en Filipenses 1:21, diciendo: «Cristo es mi vida»? Ese es el problema de tantas personas, que Jesucristo es puesto a un lado, siendo tantas otras cosas y personas más importantes que Él. Él era el centro en el establo en Belén. Incontables ángeles cantaron. Científicos (sabios) llegaron desde lejos para adorarlo a Él. Del mismo modo también los pastores. Todos buscaron y encontraron al niño Jesús, y todos hablaban de Él. Él era también el centro del obrar de Dios en la Cruz del Gólgota. Ya que «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo» (2 Co. 5:19).

Él, el Cordero de Dios, será el centro de la gloria de Dios e iluminará a la nueva Jerusalén. Tan solo Él es la fuente, la vida, el poder, el futuro, la cabeza de la iglesia. Es así como Juan ve la inseparabilidad entre Jesús y Su iglesia. Esta no tiene ninguna luz sin Él. No tiene poder sin Él. No tiene vida sin Él. No es capaz de amar sin Él. Todo es de Él y a través de Él y hacia Él.

¿No llama la atención que Juan no describe a los candeleros en sí? Él tan solo establece su existencia. Sus miradas inmediatamente se quedan en Aquel que se encuentra en medio de los candeleros, la verdadera fuente de luz. Nunca debemos pensar que Él se mantiene pasivo en el centro de nuestra vida, es decir de nuestra Iglesia. ¡No! En Apocalipsis 2:1 sigue diciendo, que Él camina «en medio de los siete candeleros de oro». Eso significa que Él no se queda parado. Él examina e investiga a Sus portadores de luz.

¡Deja que tu luz brille! Él limpia la mecha, Él rellena el aceite del Espíritu Santo, para que tú brilles.

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