Amor y conocimiento van de la mano (Filipenses 1:9-10)

Nathanael Winkler

El corazón de Pablo estaba lleno de un gran deseo: que la iglesia de Dios en Filipos creciera espiritualmente, tanto colectiva como también individualmente, o sea cada uno de sus miembros. Su meta era poder presentarlos un día “irreprensibles” ante Jesús. Deseaba poder entregarlos a Jesús sin tropiezos, sin escándalos, irreprochables y totalmente libres de culpa. Este era su más profundo anhelo.

El apóstol nos revela su corazón–y descubrimos el corazón de un pastor. Pablo era un pastor que luchaba por las iglesias y por cada creyente que las integraba. Sufría en su alma cuando alguno de los miembros andaba por caminos equivocados. Lloraba con los hermanos y se alegraba con ellos cuando estaban contentos. Cada uno de los creyentes le importaba de todo corazón.

Y nosotros, ¿sentimos lo mismo? ¿Luchamos en la iglesia por cada uno de los creyentes? Consideremos que ese deseo de Pablo no solamente se refería a la iglesia en Filipos, sino también a la de Corinto, a los creyentes en Éfeso y a los de Tesalónica. En la carta a los efesios, por ejemplo, leemos: “…a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Ef. 5:27). Este era el deseo que impulsaba a Pablo.

Y era este mismo celo el que impulsaba a Pablo a la oración. Deseaba presentar a la iglesia de Dios en Filipos pura y sin mácula delante de Dios y escribió en el versículo 9: “¡Esto pido en oración!” El resumen de su oración es: “que vuestro amor abunde aun más y más” (1:9). Pablo oraba específicamente por el crecimiento del amor entre los hermanos de la iglesia en Filipos.

¿También lo hacemos nosotros? ¿Oramos por los problemas existentes? ¿Oramos por las dificultades, por las familias en problemas?

Pablo estaba cautivado por el amor de Dios. De joven, el apóstol había sido fariseo. Pensaba poder obtener la justicia delante de Dios por su legalismo. Su tarea más importante era la de cumplir la ley lo más exactamente posible. Pero ahora ya no podía imaginar su vida sin el amor de Dios. Este amor lo había cautivado a él, que antes perseguía a los cristianos y odiaba a Jesús. Pablo sabía que era el amor de Dios que le había perdonado su culpa. Este amor había convertido al orgulloso y engreído fariseo en un mensajero de Jesucristo. Ya que había experimentado ese amor en su propia vida, Pablo oraba por la iglesia en Filipos con estas palabras: “Que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento” (1:9).

Pablo une los dos términos “amor” y “ciencia” en forma inseparable al decir: “…que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia” (1:9). Ciencia tiene que ver con conocimiento. Recién al saber lo que Jesús hizo por mí, lo puedo amar de verdad. Recién con el conocimiento de quién es Jesús, puedo adorarlo con verdadero amor. Pablo tenía ciencia y conocimiento acerca de Jesucristo. Él estaba tan cautivado por la persona de Jesús que no podía hacer otra cosa sino adorarlo.

¿Qué tan conmovido estás tú por lo que hizo Jesús? ¿Hasta qué punto estás cautivado por Jesús? ¿Cómo conociste a Jesús? Cuando recibo conocimiento divino y lo experimento en mi vida, sin lugar a dudas eso me lleva a adorar a Dios. Cuanto más comprendo el plan de salvación de Dios en mi vida, tanto más gozoso y tranquilo estoy. Cuando eso sucede, ya no salgo del asombro acerca de la persona de Dios, del milagro de la salvación, de la gracia de Dios y la gloria de Jesucristo. Entonces, solamente puedo caer de rodillas y adorar, y a través de esa adoración crece mi amor y me desborda. Por eso, Pablo desea: “…que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia” (1:9).

¿Será que lo amamos muy poco porque no lo conocemos, porque no hemos comprendido quién es Dios? ¿Será que lo amamos tan poco porque Jesús tiene poca importancia para nosotros y nunca hemos investigado las grandes verdades bíblicas?

El Señor Jesucristo, en un evento que nos relata el evangelista Lucas, nos muestra lo que es un amor desbordante: “Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume” (Lc. 7:37-38). Su acción era el resultado de su conocimiento de la persona de Jesús y de lo que el Señor Jesús había hecho en su vida. Eso la llevaba a sentir un amor desbordante por Él, que no era entendido por los demás. Pero, Jesús es diferente y defendió su manera de actuar, afirmando que: “sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho” (Lc. 7:47).

Cuando he conocido a Jesús, cuando sé quién es Él, qué hizo por mí y qué significa Él para mí, entonces no puedo hacer otra cosa que desbordarme de amor. Es justamente lo que le pasó a esta mujer. Ella era una pecadora conocida en toda la ciudad, pero ella había comprendido lo que Jesús significaba para ella. Ella había reconocido su propia perdición, su incapacidad y su culpa, a la luz de Jesús. Y al experimentar cómo Él se puso en un mismo nivel con ella y la trató con amor, sin despreciarla ni de­secharla, su corazón estaba listo para la obra del perdón. Ella fue sanada en espíritu y alma, y su corazón se desbordó de amor por Jesucristo.

¿Es desbordante nuestro amor por Jesucristo? Precisamente, este es el deseo del apóstol Pablo para los creyentes en Filipos: “que vuestro amor abunde aún más y más”.

Pablo escribe en el versículo 9: “Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento”. ¿Cómo encajan el amor, la ciencia y el conocimiento? ¿No se excluyen, más bien?

Una breve explicación de algunos términos:

El término bíblico “amor” (ágape) no tiene nada que ver con el sentimentalismo, esto se nos explica en 1 Corintios 13:4-8: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. ¡El amor nunca deja de ser!”.

Conocimiento, a su vez, se refiere al hecho de comprender, entender y registrar las verdades bíblicas y cómo se relacionan entre sí.

El término “discernimiento bíblico” reúne el conocimiento bíblico antes mencionado y el amor bíblico. De esto resulta un discernimiento bíblico en la vida diaria, que nos da la capacidad de entender lo que es correcto y de hacerlo.

¡Cuántos cristianos hay que no pueden juzgar las cosas espiritualmente, porque les falta amor (ágape), o les falta conocimiento de las grandes verdades bíblicas! Hoy en día, esto es un problema en las congregaciones. La gente se desborda de amor, pero no tiene ninguna doctrina bíblica clara, o, por otro lado, hay mucho conocimiento, se sabe todo, pero falta el amor. Por eso, Pablo ora por los creyentes en Filipos, para que tengan ambas cosas: “Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento” (1:9).

Amor y conocimiento deben llevar a que los creyentes sean competentes en la vida diaria. Ellos deben ser un testimonio, deben ser sal y luz, lo cual es un reflejo vivo de Jesucristo. De este modo, no serán como veletas en el viento, que se mueven de aquí para allá. Sino que sabrán lo que enseña la Biblia y podrán opinar sobre eso en amor. Y sin despreciar o lastimar a nadie, podrán exhortar al hermano diciéndole: “Mi querido hermano, mira, la Biblia lo enseña así”.

Si practico lo recién leído, sabré hacer lo correcto en el momento correcto. Podré diferenciar entre el bien y el mal. Sabré separar lo importante de lo menos importante. El impulso en todo esto será el amor. Al mismo tiempo, tendré una esperanza pujante, al esperar diariamente el arrebatamiento. Pablo escribe en el versículo 10: “…para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo”.

Pablo contaba cada día con que Jesús pudiera regresar. Esta esperanza del inminente arrebatamiento lo acompañó su vida entera. La esperanza del arrebatamiento era el motivo e impulso de su tarea diaria.

Pablo era suficientemente realista para saber que la lucha en la vida diaria continuaría. Recién cuando estuviera con Jesús, la lucha habría terminado. Recién después de cerrar los ojos aquí en la tierra para abrirlos en la gloria de Jesucristo, habría alcanzado la meta. Hasta ese día, Pablo quería seguir luchando. Quería seguir aferrado a Jesús y no dar lugar al cansancio.

El apóstol motivaba a los creyentes en Filipos a imitarlo. Por eso, oró por sus amigos con estas palabras: “Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo” (Fil. 1:9-10).

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