A través del sufrimiento a la Gloria

Wim Malgo (1922–1992)

Una interpretación del último libro de la Biblia. Parte 18. Apocalipsis 2:8-11.

«Y escribe al ángel de la iglesia en Esmirna: el primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás. No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte» (Ap. 2:8-11).

Esmirna, en aquel tiempo, era una ciudad comercial hermosa y rica en Asia Menor, fundada por Alejandro el Grande. En ella vivía una iglesia pobre y oprimida de creyentes en el Señor Jesucristo. Es significativo que Esmirna significa «árbol de mirto» o «mirra», también «amargura». Los hijos de Dios allí experimentaban muchas cosas amargas y difíciles.

En el Antiguo Testamento, era justamente la mirra, la que debía ser triturada antes de ser puesta sobre el altar del incienso del Señor para olor grato. Ese fue el camino que le tocó a la iglesia en Esmirna. También nosotros, al igual que los creyentes en Esmirna, somos aplastados, quebrantados y molidos, para que no solo nuestras oraciones, sino todo nuestro ser sea un olor fragante para el Señor. Esmirna era la ciudad de los mártires. El patriarca Policarpo, más adelante, fue quemado en la ladera de la colina Pagos en Esmirna; en el mismo lugar, el suelo fue embebido con la sangre de 1500 testigos de Jesús que fueron ejecutados al mismo tiempo, y más tarde otros 800. A esta ciudad fue que el Señor dirigió Sus ojos, ya que en el tiempo en que Juan se encontraba en Patmos, una de Sus iglesias estaba en gran tribulación.

Lo primero que le hace saber el Señor a esta iglesia es: «Yo conozco tus obras…». Curiosamente, Él no determina esas obras. Eso, contrario a la carta a la iglesia en Éfeso, a la que hace escribir: «Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado» (Ap. 2:2-3).

Pero nuestro Dios mira a través del trabajo cuantitativo, y ve lo esencial. Si bien el Señor le dice a Esmirna: «Yo conozco tus obras», parece que ella no hace nada. La ley de la acción se encuentra totalmente en manos de los adversarios de la iglesia de Esmirna, y esta sufre lo que aquellos le hacen. ¡Pero justamente en eso se encuentra su mayor actividad! Esta consiste en la semejanza con el Señor Jesús quien hizo la obra más grande al dejar la ley de la acción a los enemigos.

Cuando el Señor Jesús comenzó Su obra más grande, certificó a Sus captores diciendo: «Esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas» (Lc. 22:53). Él extendió Sus manos y se dejó atar. A Pilato le dijo: «Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba» (Jn. 19:11). De modo que a Pilato le fue entregada la ley de la acción para que Jesús pudiera hacer lo más grande.

¡Deja también tú, que se te quite la iniciativa, la capacidad para actuar, para que el Señor, a través tuyo, pueda actuar y hacer algo grande!

«Yo conozco tus obras, y tu tribulación». El Señor lo sabe todo –también tu aflicción y tribulación. ¿Pero no es eso justamente la razón por la cual Él al comienzo de esta carta se denomina a sí mismo como «el primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió»? Con eso, Él le dice a Su pequeño rebaño intimidado: «Yo estuve en gran tribulación antes que tú. Tu tribulación es mi tribulación. Pero el enemigo que te apremia nunca tiene la última palabra. Yo soy el primero y el último. Cuando tú colapsas, Yo extiendo mis brazos y estoy contigo. Yo morí, y mira, Yo vivo. Y tú debes participar de mi muerte para que puedas vivir.»

«Yo conozco tus obras, y tu tribulación». ¡Cuán alto consideró el Señor justamente las obras no visibles de los creyentes que estaban sufriendo en Esmirna! Él mide a los Suyos de manera muy diferente que nosotros. Él dijo con mucha seriedad a la iglesia de Éfeso que en realidad era maravillosamente activa: «Arrepiéntete… Pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido» (Ap. 2:5).

La iglesia en Éfeso estaba espiritualmente en peligro de vida, porque estaba por perder el primer amor. También nosotros nos encontramos en el mayor peligro de vida, si se introduce la autocomplacencia. Esmirna estaba en problemas, Éfeso no. Nuestro problema e, que no tenemos problemas. Por la iglesia pobre y sufriente en Esmirna el Señor no estaba preocupado, a pesar de que probablemente solo consistía de gente de los niveles sociales bajos de la ciudad industrial acaudalada. Los creyentes eran intimidados y burlados. Ellos tenían tentaciones por las doctrinas falsas, y su vida se veía amenazada por las autoridades. Con gran temor, pensaban en las cosas venideras. Y justamente porque eso era así, porque la congregación estaba casi por derrumbarse, el Señor no le emitió ninguna reprimenda, sino que tenía promesas y consuelo maravillosos para ellos. ¿No es verdaderamente conmovedor que el Señor exaltado en el versículo 9 responde con cuidado tierno a cada problema, es más, que Él no pasa nada por alto, ni olvida nada? «Yo conozco tus obras y tu tribulación».

Las obras, esa era la tribulación por Jesús. Sus almas trabajaban por Jesús. Oh, cuán cerca estás de Jesús, cuando sufres por causa de Él, cuando estás dispuesto a dejarte llevar a la comunión en Su sufrimiento. Entonces Él se inclina hacia ti y dice: «Yo conozco tus obras y tu tribulación». ¿Y quién podría saberlo mejor que Él? Para Él lo fueron las horas de Su enmudecer delante de los humanos y el ser clavado en la cruz. Cuando Él estaba colgando en la cruz, Él ya no podía mover Sus manos para imponérselas a alguien. Repito: ¡justamente allí realizó la obra más grande! Con toda razón Adolf Pohl dice: «¡Qué acción en la pasión!».

Por eso tiene que haber sido como bálsamo para la iglesia en Esmirna, cuando le escuchó decir: «Yo conozco tus obras y tu tribulación». Del mismo modo, cuando Él dijo de Sí mismo: «El que estuvo muerto y vivió». Él se lo dice desde la gloria, a la que llegó después de Su sufrimiento. Y con base en este hecho, Él le dice a la iglesia en Esmirna: «No temas en nada lo que vas a padecer» (v.10). Se pasa por el sufrimiento para ir a la gloria. Sí, la medida de tu sufrimiento por la causa de Jesús determina la medida de tu gloria futura. Así lo dice Pablo: «Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Co. 4:17-18).

Es conmovedor que el Señor mismo determina la medida de la tribulación de la iglesia en Esmirna, y que también se lo dice: «He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días» (Ap. 2:10). De modo que la tribulación está medida con exactitud. El Señor no permite que se pase la medida (cp. también 1 Co. 10:13), sino que Él se ocupa de que Sus hijos no se desanimen. Dice ahí: «para que seáis probados». Eso mismo quiere decir Pablo, cuando en su primera carta, dice: «En lo que vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo» (1 P. 1:6-7).

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