Un médico informa acerca de un parto anormal

Elia Morise

Se trata de un niño sano, en la ciudad de Belén, que llegó al mundo bajo circunstancias excepcionales. Al nacer, su primera cuna fue un pesebre.

Su madre estaba embarazada de él antes de haberse casado y siendo virgen. El niño no tiene padre humano.

Su nacimiento fue anunciado desde el cielo por unos mensajeros inusuales: ángeles. Llamaron al niño Salvador, Mesías y Señor, y entonaron un cántico celestial (Lucas 2:10-14). También resultó insólito que los destinatarios del mensaje fueran sencillos pastores, los que luego divulgaron la noticia del nacimiento en Belén.

Ocho días después, el bebé recibió un nombre inusual: Jesús, lo que significa “Dios salva”. Su nacimiento había sido profetizado más de 700 años antes: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límites, sobre el trono de David y sobre su reino […]” (Is. 9:6-7).

Es conocida hoy en nuestras iglesias la tradición de presentar a los bebés ante el Señor. El médico nos cuenta que la madre y su esposo, María y José, llevaron al niño al templo de Jerusalén para presentarlo ante Dios. Allí ocurrieron dos hechos extraordinarios:

En primer lugar, llegó un anciano “justo y piadoso” llamado Simeón. Él “esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo: ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel” (Lc. 2:25-32).

En segundo lugar, apareció una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada. El médico nos relata: “Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (Lc. 2:38).

María recibió además una extraña profecía acerca de su niño: “He aquí, este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones” (Lc. 2:34-35). Fue una revelación que hacía referencia a la cruz de Jesucristo.

Queridos amigos, vemos aquí el maravilloso plan de Dios para los hombres: Dios mismo hecho carne (Juan 1:14), tal como Pablo escribe a su discípulo Timoteo: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Ti. 3:16).

El nacimiento de Jesús lo cambió todo. Hoy da sentido a nuestras vidas y puede dar sentido también a la tuya. Además, ha traído una nueva era e hizo de una insignificante ciudad un lugar famoso y muy frecuentado.

Jesús también transformó la vida de su madre, María, que no se distinguía de otras mujeres de aquel entonces, de las cuales nunca escuchamos nada. María era una joven sencilla, pero por el nacimiento del Señor se convirtió en una mujer bendecida y conocida en todo el mundo. Ella pudo orar las siguientes palabras:

“Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre, y su misericordia es de generación en generación a los que le temen. Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre”(Lc. 1:46-55).

Estas son las inusuales, pero maravillosas y buenas noticias para ti: Jesús ha nacido, ha muerto, ha resucitado y ha ascendido al cielo por ti, y retornará de allí para llevarte con él adonde él está.

Me despido cordialmente con el esperanzador saludo “maranatha” (1 Co. 16:22), que significa ‘Ven, Señor nuestro’.

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