“Seamos dignos de confianza”

Norbert Lieth

En nuestra ciudad Dübendorf y su región adyacente se están construyendo muchos nuevos edificios. Vemos crecer una torre después de otra, las cuales figuran entre los edificios más altos de Suiza. Se están haciendo enormes esfuerzos, y la ciudad se expande. Además, desde hace unos años hay una estación de tranvía y otra de tren desde las que se llega al centro de Zúrich en quince minutos.

A algunos les molesta esta explosión en la construcción y la critican, otros se alegran del crecimiento. El hecho es que aumenta el volumen de negocios, suben los impuestos y el lugar gana en importancia. Se dice que el jefe máximo de una de estas grandes empresas constructoras es un hombre de palabra, que sigue trabajando a la antigua usanza, cerrando sus negocios con un mero apretón de manos. Pero ¡pobre de aquel que no cumple el acuerdo! 

Quisiera dirigir nuestra atención ahora a la Iglesia, que es descrita en la Biblia como una casa, también como un templo, o como un cuerpo. Los creyentes somos llamados a edificar el cuerpo de la Iglesia y a estar cohesionados entre nosotros. Debemos preocuparnos por la paz dentro de la Iglesia y esforzarnos por ella, seguirla y luchar por ella:

“Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación”, dice Pablo en Romanos 14:19.

Lamentablemente, muchas veces observamos en las iglesias lo contrario: en lugar de edificación se hace una obra de demolición, hay discusiones sobre cosas poco importantes; hay división y desmantelamiento espiritual en lugar de construcción, y todo esto solo para mantener los propios intereses. “Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados” (1 Co. 11:19).

En tiempos de Jesús había doce discípulos. Uno de ellos aparentaba ser particularmente fiel y espiritual: Judas. Expresaba el deseo de apoyar a los pobres, pero en realidad era un ladrón. Se presentó como amigo de Jesús, pero era un traidor. Se hacía llamar discípulo, pero era un demonio. Disfrutaba de la cercanía con Jesús en la mesa de comunión, pero interiormente estaba muy lejos. Se presentaba como seguidor, pero era todo lo contrario. Besó al Señor con los labios, pero con la boca lo traicionó. En lugar de integrarse en el grupo, siguió su propio camino perverso. En vez de convertirse en un constructor de iglesias junto a los demás, finalmente se quitó la vida. En lugar de “recoger” con Jesús, se dejó comprar, causó distracción y “desparramó” (comp. Mateo 12:30).

Solo una persona había entendido cuál era el juego desde el principio, y era el mismo Señor Jesús. En el Salmo 41:9, David profetizó: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar”. Jesús aplicó este pasaje a la traición de Judas y dijo: “No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido; mas para que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar” (Jn. 13:18).

En su cita Jesús evitó las cuatro palabras “en quien yo confiaba”. ¿Por qué? Porque sabía que Judas lo traicionaría, y por eso no confiaba en él. Cristo no se dejó engañar, como lo había hecho David. Ya antes, el Señor había dicho a sus discípulos: “Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar” (Jn. 6:64). Y también leemos de Él que “no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Jn. 2:25).

Seamos verdaderos discípulos, dignos de confianza y auténticos; seamos así edificadores de la Iglesia de Cristo.

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