¿Quién pondrá fin al caos?

René Malgo

Con todos los sucesos que están pasando quizá nos preguntemos temerosos qué nos deparará el futuro próximo. El mundo está cabeza abajo. El gran colapso de Occidente, con toda su decadencia, parece ser tan solo una cuestión de tiempo. Los cristianos no son los únicos en notar este declive social. Cuando hace falta una base ética común a todos, cuando la moral es un simple asunto de opinión, cuando ya no hay principios absolutos e, incluso, cuando se diluyen las diferencias sexuales entre el hombre y la mujer, las frágiles columnas de una sociedad desorientada, tarde o temprano, se derrumban. ¿Quién pondrá fin al caos promovido por esta supuesta élite progresista? ¿Quién se pondrá en la brecha? En general, frente a una crisis, son los demagogos, los dictadores y tiranos, los hombres grandes y fuertes los que se apoderan del timón y prometen restablecer la paz y la seguridad. Pensemos tan solo en Hitler al colapsar la República de Weimar.

¿Quién repondrá el “orden” en Europa? ¿Será otra vez un tipo de anticristo o el Anticristo en persona? Más allá de lo que suceda y nos toque vivir, aferrémonos a la Palabra del Señor, la cual dice que Su Reino no es de este mundo y que seremos recibidos en el cielo, en una ciudad mejor y permanente. En este 2019, llenemos nuestro corazón de la Palabra de gracia, el Evangelio, y recordemos, una y otra vez, lo que nos dice:

El Creador de la vida, quien de ninguna manera podía ser afectado por la muerte, quien es “primicias de los que durmieron” y “primogénito de entre los muertos”, se identificó con nuestra pobre, débil y perecedera naturaleza, y se hizo semejante a nosotros, tomando el “cuerpo de la humillación nuestra”, para transformarnos a imagen de su gloria y unirnos con Dios el Padre, como seres puros e inmortales, elevándonos hacia él, haciéndonos partícipes de su naturaleza inmortal y adoptándonos como amados hijos de Dios para toda la eternidad. Esto es lo esencial para los cristianos, no el rumbo incierto de un mundo perdido que se acerca a su fin.

Cristo nos enseñó a ser humanos, haciéndose humano. Venció a la muerte, muriendo. Borró nuestros pecados, haciéndose pecado. Nos dio vida eterna, resucitando de entre los muertos. Nos trasladó al cielo, ascendiendo primero como nuestro precursor e intercesor. Nos unió con el cielo, mandándonos al Espíritu Santo, el que fue enviado por el Padre, y conserva esta unión, intercediendo por nosotros, hoy y siempre, como nuestro Sumo Sacerdote.

Es así como su llegada al mundo nos unió de manera perfecta y eterna con Dios. Su obediencia nos hizo por completo dignos. Su sangre nos purificó y su muerte nos justificó de manera perfecta. Su ascensión al cielo nos abrió de par en par el camino a la gloria. El derramamiento del Espíritu Santo nos transformó por completo. Y Su eterna intercesión ante el Padre como nuestro Sumo Sacerdote nos mantiene seguros en las manos de Dios. ¡Nunca lo olvidemos!

Este es el “misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres”, a saber, que somos “coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús” (Ef. 3:4-6). Somos hijos de Su Padre, moradores de Su casa, ciudadanos de Su Reino, templo de Su Espíritu, habitantes de Su paraíso y, sobre todo, miembros de Su cuerpo. Es por eso que fijamos los ojos de nuestros corazones y vivimos tan solo para Él, con toda libertad y confianza. Pues, ¿adónde iríamos? Cristo tiene palabras de vida eterna. Él es la vida eterna. En Él está la plenitud, no en este mundo. En Su gracia vivimos. En el amor de Su Padre subsistimos. Y tenemos comunión con Su Espíritu Santo (2 Corintios 13:14).

“¡Y a aquel que es poderoso para guardarles sin caída y presentarles sin mancha delante de Su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por toda la eternidad! Amén” (Jud. 1:24-25).

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