¿Quién oyó cosa semejante?

Fredy Winkler

El profeta Isaías dice en su libro, en el capítulo 66, versículo 8: “¿Quién oyó cosa semejante? ¿quién vio tal cosa? ¿Concebirá la tierra en un día? ¿Nacerá una nación de una vez? Pues en cuanto Sion estuvo de parto, dio a luz sus hijos”.

¿Se cumplió esta profecía con la fundación del Estado de Israel en 1948? Sin lugar a duda, puede interpretarse de esta manera, pero su contexto nos revela que va más allá de este acontecimiento. Los versículos que siguen, en el último capítulo del libro de Isaías, muestran que se refiere a un suceso relacionado con la segunda venida del Mesías y con los tremendos eventos que la acompañarán.

En los versículos 15 y 16, leemos respecto a un fuego con el cual Dios juzgará al mundo en la segunda venida del Señor Jesucristo: “con poder y gran gloria”. Luego, según el versículo 18, Dios juntará a todas las naciones. Esto coincide con exactitud con lo que Jesús explicaba a sus discípulos en Mateo 25, después de haber hablado sobre el tiempo final en el capítulo anterior. Los pueblos serán reunidos y se determinará quién entrará al Reino milenario y quién no. Esto vale también para Israel, que no estará excluido del juicio a las naciones. Israel también es una nación, un goi, como se dice en hebreo. De hecho, es llamado varias veces goi en el Antiguo Testamento.

Según el plan de Dios, recién pasado ese hecho llegará su restauración definitiva –cuando el reino de Dios y de su Mesías sea establecido en la tierra–. Solo entonces, conforme al versículo 19, serán evangelizadas las naciones. No olvidemos que gran parte de la humanidad no conocerá aún la verdadera gloria de Dios. Pero Israel, junto a los llamados entre las naciones, cumplirá su verdadera misión divina y será una bendición para todas ellas.

En Romanos 11:15, Pablo habla de este futuro “renacimiento” espiritual: “Porque si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión, sino vida de entre los muertos?”. Esta declaración no es fácil de entender. De seguro, Dios no quiso excluir a Israel, su pueblo elegido. Pero los acontecimientos en Hechos 15 nos explican lo sucedido: Pablo viajó a Jerusalén para resolver, una vez y para siempre, la cuestión de la circuncisión. Pues algunos decían: “Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos” (Hch. 15:1). Entendían que la salvación dependía de actos externos. Esta fatal malinterpretación de los fariseos acerca de la obra salvífica del Señor Jesucristo fue lo que determinó, al fin y al cabo, la exclusión de Israel. A los ojos de los religiosos, cumplir los mandamientos seguía siendo el fundamento de la salvación, y no la obra salvadora que Jesús consumó en la cruz del Gólgota. Dios rechazó tal tergiversación y con eso también al pueblo de Israel, el cual, en su mayoría, se aferraba a su propio legalismo.

Cuando llegue el día en el que el remanente de Israel reconozca que solo la obra de salvación de Jesucristo los puede salvar, realmente será, como dice Pablo, “vida entre los muertos”. La verdad que hallarán, después de tanto tiempo estando errados, les dará alas para anunciar la gloria de Dios entre las naciones, cumpliendo así la profecía de Isaías.

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