Qué significa ser musulmán

Hermano Mehdi

El hijo de una familia noble marroquí encontró a Jesucristo. Aquí escribe cómo era crecer como musulmán y sin preocupaciones materiales, y por qué él nunca cambiaría al Señor por sus privilegios pasados.

Todos los musulmanes creen que la Biblia fue falsificada por los judíos. Según la opinión de ellos, la verdadera Biblia escrita por Dios, fue llevada al cielo por Jesús cuando se le quiso crucificar. Por esta razón, Jesús no murió en la cruz. Por lo tanto, él no pagó el alto precio por nosotros y no hubo ninguna salvación de nuestros pecados. Esta convicción también la compartía yo durante mi vida en Marruecos. Una convicción que es difícil dejar atrás, si uno es musulmán.

En vista de este hecho es necesario aclarar algo muy importante. Quizás sea la primera vez que lees algo sobre el islam. Quizás solo hayas escuchado del mismo o crees lo que dicen los medios de comunicación. En primer lugar, se trata de un punto del que muchos están mal informados: la diferencia entre árabes y musulmanes.

En el caso de los árabes, se trata de un pueblo que tiene sus raíces en el Oriente Medio y en África del Norte, y cuya lengua es el árabe.

Ser árabe, sin embargo, no significa ser musulmán. Alguien que nació en las regiones palestinas puede ser árabe, pero puede pertenecer, por ejemplo, a una familia cristiana. En otras palabras: también hay árabes cristianos.

Ser musulmán es algo muy diferente. Cuando hablamos de un musulmán, eso no necesariamente quiere decir que es árabe. En Brasil, por ejemplo, encontramos varios brasileños que se han convertido al islam, es decir que, a pesar de que ahora son musulmanes, ellos siguen siendo brasileros, no árabes.

Lastimosamente, tenemos una opinión distorsionada de los musulmanes. ¿Qué es lo primero que te viene a la mente cuando escuchas la palabra musulmán? ¿Quizá términos tales como “terrorista”, “terrorista suicida”, “pedófilo”, “uno que se casa con cuatro mujeres”, etc., sea con lo que has sido confrontado hasta ahora? Seguramente yo podría llenar página tras página para repasar las palabras despectivas para describir la imagen que tienen de los musulmanes en occidente.

Si también piensas así, te pido que revises tu punto de vista. Porque sabemos que los medios de comunicación influencian fuertemente nuestras opiniones. Recuerda que nuestra lucha no se dirige contra musulmanes, budistas, católicos o alguna otra persona, sino contra satanás y sus ángeles. Yo amo el pueblo musulmán. En un tiempo, yo también fui uno de ellos, y mi familia pertenece a él hasta el día de hoy. Pero estoy en contra de la teología radical que ellos predican. Una vez más: ser árabe es una cosa, ser musulmán es otra.

El 25 % de la población mundial hoy consiste de musulmanes. El islam se basa en cinco pilares:

El primer pilar del islam es la “Shahada”. Se trata aquí del credo. Toda persona que quiera aceptar el islam como su religión, está comprometido a dar este primer paso: tiene que ir a una mezquita, escoger un líder religioso, y hablar con él de su deseo de convertirse en musulmán. Luego, cuando todos están presentes, en medio de la multitud levanta el dedo índice, pasa al frente y repite con voz fuerte y clara las palabras del líder en lengua árabe, el “lenguaje de Dios”: “yo creo que Alá es el único Dios; yo creo que el último profeta es Mahoma”. Después de que el nuevo convertido ha expresado estas palabras, los presentes confirman el testimonio con las palabras: “¡Alaho Akbar, Alaho Akbar!”, que significa: ¡Alá es el más grande!

El segundo pilar es la “salat”, lo que significa oración. Los musulmanes oran cinco veces al día en dirección a La Meca –hacia la casa de Dios que se encuentra en Arabia Saudita. Cuando un musulmán ora, él no habla con Dios como lo hacemos nosotros. Él no lo considera como un amigo de confianza o un padre lleno de amor. Su oración consiste solamente en rituales y citas memorizadas del Corán.

Los seguidores de Jesús tienen el privilegio de tener acceso libre al Padre. Sabemos que Él se ocupa de los sucios, débiles y enfermos. Un musulmán, sin embargo, tiene que purificarse antes de orar, lavándose manos, pies, ojos y orejas. Todo esto porque Alá no habla con personas impuras y sucias. Una imagen clásica que se presenta en nuestro recuerdo son los musulmanes con vestimenta blanca, que oran arrodillados. Pero nosotros, que fuimos lavados por medio de la sangre de Cristo, sabemos que nuestra vestimenta espiritual es más blanca que la nieve.

El hablar de este pilar me hace recordar una vivencia que tuvo un amigo mío. Él era representante de una empresa y se encontraba en Dubai. Mientras él presentaba su proyecto a los musulmanes presentes, notó que todos salían de la sala en cuanto escuchaban el llamado a la oración desde la mezquita. Por nada querían perderse la hora de la oración.

Él me contó con profunda reverencia cómo ese día Dios le habló al corazón y le dijo: “¿cómo quieres contarle de Jesús a esta gente que ora cinco veces por día, si tú no llevas una vida de oración?”. Querido lector, con esto no quiero decir que debes orar cinco veces al día, ni que los musulmanes oran de la manera correcta y al Dios verdadero. Tan solo deseo despertar en ti el deseo de buscar la presencia de Dios de todo corazón. No podemos hablar con alguien de Jesús, si nosotros mismos no mantenemos una relación íntima con Él.

El tercer pilar es el “zakat”, que significa limosna. Esta palabra es entendida por muchos como peyorativa cuando quieren decir con eso, lo que “sobra”. Pero en el mundo musulmán eso es diferente. Significa literalmente: “aquello que bendice a mi dinero”.

Todo musulmán está comprometido frente a los pobres y débiles. Este pilar es muy importante y se basa en la donación del 2.5 % de todos los fondos monetarios y bienes, que son guardados para algún musulmán en necesidad. Vale la pena realizar algunas reflexiones sobre este pilar. El zakat es realizado una vez por año, y solo Alá sabe a quien le sobra y a quien no. De modo que se trata de un compromiso que debe ser cumplido con toda fidelidad y cuidado.

Recuerdo todavía que mi padre se encerraba en su oficina cuando en Marruecos llegaba el tiempo del zakat. Juntamente con un contador, preparaba las cuentas de lo que él había adquirido en ese año. A continuación, entregaba esa parte de lo que Dios le había dado en ese período. Un amigo musulmán me dijo un día que no existiría ningún musulmán pobre, si todos los que dicen ser musulmanes dieran el zakat.

El cuarto pilar se llama “asiyam”, y significa ayunar. Este pilar representa el mes más conocido de los musulmanes. Aun aquellos que entienden poco de religión, ya han oído hablar alguna vez del mes Ramadán –un mes significativo, no solo con respecto a la renuncia a alimentos durante treinta días, sino también en lo que se refiere a todo el simbolismo de la fe y la religión.

Según la interpretación islámica, en ese mes, Alá se reveló al profeta Mahoma a través del arcángel Gabriel. Al mismo tiempo, Dios habría creado el cielo y la tierra. Y justamente en el mes Ramadán, Dios perdona todos los pecados a los musulmanes que han ayunado y orado durante esos treinta días.

Quien alguna vez ha vivido en un país musulmán, o ha viajado en el tiempo del Ramadán por uno de esos países, entenderá lo que voy a decir: ese es el tiempo en que todos los musulmanes llegan a ser “santos”. Ladrones, incrédulos, musulmanes no practicantes, niños, jóvenes, personas mayores, todos cumplen literalmente todo el ritual de ayuno con un solo motivo. Quizá preguntes: “¿por qué?”. Porque este mes, más allá de todas las características que ya he mencionado es, en primer lugar, el mes del juicio. Es un mes en el cual los demonios y también el diablo mismo están atados para que el pueblo pueda adorar solamente a Alá.

Aquí se debe mencionar que el ayuno va desde el amanecer hasta la puesta del sol. En ese tiempo, está prohibido comer, beber y tener relaciones sexuales. Este tiempo sirve exclusivamente a la oración y la adoración. No obstante, como en toda religión, también en el islam hay muchos que, si bien se abstienen de todo, no practican el lado espiritual.

En cuanto uno cumpla quince años, debe comenzar con el ayuno. Recuerdo muy bien que mi padre, cuando yo tenía ocho años, me animó a ayunar por lo menos algunas horas por día. Este entrenamiento estaba pensado para ayudarme y motivarme para que algún día llegase a ser un seguidor fiel de la fe islámica.

Como buen hijo, y sobre todo como niño que ya cumplía con todas las prácticas religiosas, ayuné en algunos días del Ramadán. Como es costumbre, a la puesta del sol había una mesa de banquete alrededor de la cual se reunían todos los miembros de la familia para comer. Y yo, el hijo de ocho años, fui honrado con un lugar especial en la mesa. Todos me felicitaban que ya de niño era tan “piadoso de Alá”. Yo me sentía complacido y estaba contento de “haber cumplido con mi obligación”.

El quinto y último pilar es “alhajj”, lo que significa peregrinaje. Este pilar simboliza el día en que Mahoma, el Profeta, después de su expulsión regresó a su ciudad de La Meca.

Todo musulmán tiene la obligación de viajar por lo menos una vez en la vida a ese lugar. En un mes determinado, debe salir de su país, y visitar esta ciudad que es considerada como la cuna del islam y se encuentra en Arabia Saudita. En cuanto llega ahí, debe repetir todas las actividades que el profeta practicó en ese lugar. En el centro de La Meca hay, por ejemplo, un edificio negro cuadrado llamado Al-Kaaba. Los musulmanes creen que este lugar haya sido edificado por Abraham e Ismael, y que simboliza “la casa de Alá”. Por eso un musulmán, tal como se dice que lo hizo Mahoma, debe caminar siete veces alrededor de ese edificio, mientras que alaba a Alá, lo adora y glorifica su nombre.

Varias veces viajé a La Meca con mi padre, pero una de esas veces marcó mi vida de manera especial, y nunca olvidaré lo que sucedió en ese lugar. Un año antes de yo fuera a estudiar a Europa, hicimos juntos esa peregrinación. Caminamos alrededor de Al-Kaaba cuando, repentinamente, sentí la mano fuerte de mi padre, quien me sostuvo y me apretó contra la pared del edificio. Él me cubrió con un velo blanco y rogaba llorando: “¡Oh Dios! Muestra tu gracia a mi hijo y a todos sus descendientes. Protege a mi hijo, sea donde sea que se encuentre”.

Cuatro años después, entregué mi vida a Jesucristo, y estoy firmemente convencido que el Dios verdadero ese día cumplió la oración de mi padre.

Me gusta decir: “todo musulmán, ya con la leche materna, absorbe las doctrinas del islam”. Aun cuando más adelante no sea un musulmán practicante, sabe todo sobre la religión. Recuerdo el nacimiento de mi hermana. Apenas había llegado al mundo, cuando todos querían celebrar su llegada y conocerla. Con emoción, la familia había esperado al niño nuevo. Mi padre fue el primero en alzarla en brazos, y habló fuerte y claramente en sus diminutos oíditos, que Alá es el único Dios verdadero y Mahoma el último profeta. Él quería asegurarse que la primera palabra que mi hermana escuchara sería el nombre de Alá, porque así ella un día andaría en sus caminos.

Cuando yo tenía dieciséis años, ocurrió un cambio grande en mi vida. Había decidido irme de Marruecos para continuar mi estudio de ingeniería en computación en Francia. Para un marroquí es muy difícil establecerse en Europa, porque son dos mundos totalmente diferentes. Yo no pude disfrutar correctamente la nueva libertad que había logrado, porque era tan joven todavía.

Al nomás llegar, me llamó mi padre. Quería saber si había llegado bien, pero luego preguntó muy afligido: “¿hay una mezquita cerca de ahí?”. En ese momento, tuve la impresión que mi vida espiritual era más valiosa que yo mismo. Esta actitud también la mostré frente a mis colegas de estudio. Me imaginaba que todos ellos estarían quemándose en el infierno si no aceptaban a Alá en su vida como único Dios y a Mahoma como el último profeta. Ese pensamiento me ponía muy triste.

Recuerdo mi primer día de clases en la universidad, cuando vi a toda esa gente diferente. A nadie le importaba si alguien era negro o blanco, musulmán, ateo o cristiano, árabe o europeo. Yo solo era uno entre ellos, y en lo profundo de mi corazón sabía, que yo, Mehdi, era mejor que todos allí, porque según mi convicción, todos ellos no eran otra cosa sino pecadores sucios.

Debo enfatizar que aún en Francia llevé una vida de “hijito de mamá”. Si bien ya siempre había tenido costumbres exageradas, pero no se debe olvidar que crecí en una familia adinerada y poderosa. Lastimosamente, la familia real marroquí vive en un país que le pertenece en su totalidad. Alguien que no vive bajo un gobierno marroquí, no puede ni imaginarse esa dimensión. La mayor parte del país, las empresas, e incluso la arena de la playa, son su propiedad. Cuando sales del país en un avión sabes que incluso ese avión le pertenece a la familia real.

En un entorno de ese tipo crecí, lo que significa que nunca tuve preocupaciones con respecto al dinero. Si entraba a un comercio, no me preocupaba del precio de las cosas. Sencillamente escogía lo que me gustaba. Eso era todo. En nuestra casa paterna teníamos tres empleadas. Una de ellas me amamantó después de mi nacimiento y me cuidaba la mayor parte del tiempo. Yo no necesitaba ocuparme de absolutamente nada.

Todavía acostumbrado a ser servido, de repente, ahora en Francia me encontraba totalmente solo en una vivienda. De cocinar, limpiar y cosas similares no tenía la menor idea. Recuerdo cuando mis ropas estaban sucias. Dos veces simplemente me las quité y las tiré. Luego iba y compraba nuevas. Después de todo, no tenía ni idea de cómo encender una lavadora…

En ese tiempo, siempre comía fuera sin preocuparme de los gastos. Y los fines de semana, siempre regresaba a Marruecos, no importando el precio de viaje.

Todo esto no lo relato para alardear, ni para mostrar lo que mi familia y yo poseíamos. No estoy ni un poquito orgulloso de eso, de lo contrario: me avergüenzo de haber llevado un estilo de vida tan desenfrenado y derrochador. Todo esto lo relato para mostrar que todo eso de lo que en un tiempo tuve y pude disfrutar lo cambiaría por lo que tengo ahora desde que Cristo me salvó. Antes yo no tenía ningún valor, pero ahora lo tengo. Hoy puedo decir: pertenezco a la verdadera familia real. Soy un hijo del Rey de todos los reyes, y por encima de mí, se encuentra la sangre más valiosa del mundo, la sangre vertida en el Gólgota. Ningún dinero de este mundo alcanza para pagar el precio tan alto que Jesús pagó por nosotros con Su sangre en la cruz. Nadie puede adquirir la vida eterna con dinero. Aun la familia real, con todas sus posesiones, no puede comprar la dicha. Nada de lo que existe en la Tierra es capaz de dar la paz que recibí, cuando me convertí en propiedad de Jesucristo –una paz que me fue obsequiada por gracia. Esta paz es la que quiero trasmitirte a ti y a todas las personas que todavía no conocen a Jesucristo –especialmente al pueblo musulmán.

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