Producción en exceso

Wilfred Hahn

¡Si pudiéramos vivir en un país donde fluyan leche y miel! Todos entendemos a qué se refiere esta expresión: un país sin preocupaciones, donde se vive con abundancia y en paz. En el tiempo actual, en el cual los ricos se hacen cada vez más ricos y la clase media disminuye, la mayoría de la gente estaría conforme con estas dos cosas.

¿De dónde viene la expresión “leche y miel”? Originalmente, es una expresión del Antiguo Testamento. Hoy, varios milenios más tarde, la usamos también en nuestro diario hablar.

La expresión “leche y miel” aparece por primera vez en Éxodo 3:8. Allí Dios dice a Moisés: “He descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo”.

Ya mucho tiempo antes, Dios había revelado a Abraham que un día, la tierra de Canaán –“toda la tierra que ves” (Gn. 13:15)– le pertenecería. Le fue prometida de parte de Dios a Abraham y a sus descendientes como “heredad perpetua” (Gn. 17:8).

Pero cuando apareció por primera vez la expresión “leche y miel”, servía como revelación y recordatorio para Moisés de que la tierra prometida abundaba en riquezas. Uno pensaría que no era necesario prometerle “leche y miel” a Moisés, puesto que Abraham había vivido ya en la tierra. Moisés tenía que saber cómo era. Pero quizás simplemente necesitaba un incentivo –un anzuelo, por así decirlo– para poder convencer a los israelitas a dejar Egipto y a aventurarse a emprender el éxodo a la tierra prometida.

La humanidad siempre se ha ocupado en buscar crecimiento económico a través del aumento de la productividad y de otros medios. El rendimiento económico (que hoy en día llamamos producto interno bruto o PIB) se ha convertido en la más importante norma geopolítica del bienestar y en el indicador clave del así llamado “progreso humano”. Es la esencia fundamental del humanismo. Vivimos hoy en un tiempo en el cual muchos países sufren, en lugar de escasez, de opulencia. ¿Por qué?

Hay demasiada oferta y falta la demanda. En muchos países, es incluso más fácil comprar algo que vender algo. Por supuesto que también existen regiones en las cuales comprar es más difícil que vender y donde hay escasez de alimentos. Hoy en día, en realidad, esto ya no debería pasar. En estos casos, las causas son avaricia, corrupción, cleptocracia, guerras o conflictos políticos.

A pesar de esto, podemos decir que la industrialización y el afán de lucro que acompaña el comercio y la industria, crearon un mundo de excedentes de bienes de consumo y de calorías. Existen numerosos indicios de este hecho. Como indicio del excedente en calorías, se puede considerar, por lo menos parcialmente, la epidemia de obesidad a nivel mundial, como lo expresó la OMS. Pero no quisiera simplificar aquí este problema, que es muy complejo.

El excedente en alimentos me hace recordar un cuento de hadas alemán. Cuando era niño, me contaron la historia de “Mecki en el país de las mil maravillas”. Mecki vive en este país, que es una tierra de abundancias. Por todos lados hay leche y miel –y por supuesto, jamones, pasteles y todas las exquisiteces que uno podría desear. En esta historia, todo le cae a uno en la boca cuando la deja abierta, desde tocino hasta pollo asado. Por supuesto, es una representación totalmente exagerada de una “tierra que fluye leche y miel”.

Sin embargo, tal exceso no es ideal –al contrario. Los efectos secundarios son: enfermedades, dependencias, falta de eficiencia, etc. Nosotros los seres humanos, tendemos a sentir gran apetito y fuertes codicias, pero solamente tenemos una capacidad limitada para satisfacerlas. Una alimentación equilibrada y modesta es buena y disfrutable. Pero el exceso – incluso en comidas ricas y lujosas – causa problemas.

Parece increíble, pero la industria láctea y el sector apícola sufren hoy por una sobreoferta. Los dos alimentos se producen en cantidades impresionantes, como leemos en el siguiente informe sobre la industria láctea: “Si alguna vez usted quiso llorar sobre leche derramada, hágalo ahora: entre enero y agosto de 2016, los productores de leche en los EE.UU. derramaron en total más de 162 millones de litros de leche. Esta leche fue volcada en campos, muladares, alimento para animales o en el desagüe de instalaciones de regeneración. Según indica el Wall Street Journal, esta cantidad de leche sería suficiente para llenar 66 piscinas olímpicas. Este número es el más alto de los últimos 16 años”.

Parece que hay tantos excedentes de leche, que, literalmente, uno se podría bañar en ella. Hace algunos siglos, los súper ricos incluso lo hacían –ya que bañarse en leche caliente es bueno para la piel.

“El problema es que los Estados Unidos se encuentran en medio de una sobreproducción de leche”, dice el artículo. En Europa, la situación es similar. Además existe aquí también una sobreoferta en quesos. Incluso en Canadá, donde la producción láctea es controlada, la capacidad es mucho más alta que la demanda.

De la misma manera, el mundo sufre de un excedente de miel (¿es posible que haya demasiado de algo tan bueno?). Los EE.UU. casi desbordan de la miel. En Canadá, las importaciones de miel desde China, Sambia, Vietnam y otros países, aumentaron tanto que muchos apicultores canadienses tuvieron que cerrar su negocio. En el comercio al por mayor, durante los últimos años, el precio de la miel bajó a la mitad. La tierra que “fluye leche y miel”, con la cual soñaban los israelitas en aquel entonces, en nuestro tiempo tan solo es una historia pintoresca. Por lo menos en América del Norte, seguramente no escasean los excedentes y las sobreofertas.

Como ya mencionamos, la sobreproducción también puede causar problemas, por ejemplo, por la acumulación de reservas. Santiago escribió acerca de este fenómeno relacionándolo con el tiempo final: “Habéis acumulado tesoros para los días postreros” (Stg. 5:3). La acumulación de riquezas (y con esto el aumento de la brecha entre pobres y ricos), es descrita aquí claramente como una práctica de los días finales. La Biblia rechaza las acumulaciones de reservas si se hace por codicia u otros motivos ilícitos. Hay una importante relación entre la mentalidad bíblica al respecto y la expresión “leche y miel”, que usa.

Pero ahora quisiera concentrarme en la palabra “fluye”, que siempre aparece en relación con “leche y miel”. Este verbo expresa que algo está en movimiento, que algo se está repartiendo. Con toda seguridad, no significa “acumular”. La tierra prometida que fluía leche y miel, no tenía que ser ninguna despensa inmensa llena de leche y de miel. Allí, la leche y la miel, en lugar de ser acumuladas, fluían –tenían que ser consumidas y estar al alcance de todos.

La Biblia da su visto bueno a este “fluir”. Cuando estudiamos el Padre Nuestro, nos llama la atención que dice: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mt. 6:11). No debemos pedir a Dios una despensa llena de pan, que nos alcanzaría por un mes, sino solamente el pan que necesitamos en el día. También los israelitas en el desierto, recibían cada día nuevo maná y no podían guardarlo, excepto la ración para el día de reposo.

Como cristianos, deberíamos “fluir”, no acumular para nosotros.

La economía de Dios consiste mayormente en ríos que fluyen, no en despensas repletas, llenas de dinero sin usar. Así como Dios es amor en movimiento – amor vivido, debería pasar lo mismo con los bienes materiales. Por supuesto que debemos planificar y ahorrar para nuestros gastos de vida. Pero hay un límite a partir del cual el ahorrar se transforma en acumular. Los cristianos pueden ahorrar, pero lo deberían hacer como buenos administradores de Dios.

El mundo, sin embargo, promueve la acumulación de cosas, pues las riquezas terrenales son consideradas expresión de éxito y de fama, y baluarte de seguridad. La mayoría de los dones de Dios, tanto espirituales como materiales, nos son dados para que los compartamos y seamos de bendición para otros a través de ellos. Podemos ser una fuente a través de la cual fluye “leche y miel” para los que estén necesitados.

Deje fluir sus posesiones, no las acumule.

La promesa de una tierra que “fluye leche y miel” es válida para todos los cristianos, aunque no sean israelíes. Un día, cuando estemos en la nueva Jerusalén, Dios secará “toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: he aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Ap. 21:4-5).

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