Primero muy animado, luego muy deprimido

Morgan Fay

Esta es la historia de una estudiante.

Edward T. Welch lo expresa muy acertadamente, cuando describe la depresión como «oscuridad persistente»– porque es exactamente eso. La depresión es persistente, porque, por más que usted se esfuerce, simplemente no mejora como usted lo desea; más bien, empeora en la mayoría de los casos antes de que pueda mejorar. Es una oscuridad, porque realmente a usted le parece que fuera la única persona en el mundo que le sucede eso, y como que nadie puede comprenderle. Se siente, como si no hubiera esperanza alguna – ¡ es exactamente eso!

En mi caso parecía durar una eternidad. Pensé que siempre me había sucedido eso y que siempre seguiría así. De una persona alegre, vivaz, que amaba servir al Señor y a las personas, me transformé en alguien que incluso odiaba la idea de vivir un día más. 

Realmente no puedo recordar nada que me haya llevado a la depresión. No me había sucedido nada… En el estudio todo iba bien, en el vóleybal todo iba bien, y la vida familiar era como siempre. Todo era normal. Al menos eso pensaba, y esto aumentaba aún más mi frustración y mis sentimientos de culpa. 

Recuerdo el día en que noté por primera vez que algo andaba mal. Fue el lunes antes de Halloween, cuando sentí que pensaba de manera ilógica. Mis pensamientos daban vueltas en círculos y condenaban y devoraban todo. Literalmente cuestionaba todo lo que yo hacía, y llegué a la conclusión de que todo era pecado. Pensé que estaba perdiendo la cordura. Para mí, los síntomas psíquicos eran lo peor y lo más frustrante: ¡todos esos pensamientos furiosos y obsesionados, que nunca me dejaban descansar; el miedo, la falta de concentración o de la posibilidad de pensar claramente, y aquellos momentos en que me parecía, que estaría perdiendo la conexión con la realidad! ¿Estaría yo a punto de enloquecer? 

Si bien sabía que estaba mal pensar así, eso no cambiaba nada. En el correr de un solo día, mi vida parecía haber dado un vuelco de 180 grados en la dirección equivocada. Recuerdo lo mucho que estaba enojada conmigo misma, porque ya no podía poner mi vida en orden. ¿Por qué no podía simplemente dejar de pensar así? 

Ya no tenía deseos de hacer cosa alguna. Ya tan solo salir de la cama por las mañanas, me parecía ser el desafío más grande del mundo. Ya ni siquiera podía sonreírle a alguien cuando iba a mi clase. Recuerdo todo ese llanto– ¡tantas lágrimas! El lloro se convirtió en mi ritual diario. Me parecía que esto sería la única posibilidad de dar rienda suelta a mis sentimientos, sin herir a alguien más. Los síntomas físicos eran igualmente serios. Sufría de fatiga y debilidad; incluso era una lucha mantener la cabeza erguida, o caminar de un salón de clase al otro. Sufría de insomnio, de modo que de noche despertaba repetidamente mientras intentaba dormir. Perdí también el apetito y todo interés en actividades, los amigos y la familia. Tenía problemas de digestión, probablemente por aquella deficiencia de alimentación y sueño. Dolor de cabeza, aturdimiento, trastornos visuales–de todo esto sufría. 

Ese fue el tiempo en el que por primera vez en mi vida pensé en el suicidio. Si bien nunca estuve cerca de intentarlo (¡glorificado sea el Señor!), recuerdo bien pensar que prefería estar muerta y no sentirme de este modo por el resto de mi vida. 

Después de aproximadamente una semana y media en este pozo oscuro y desconcertante, Dios me llevó con el Dr. Somerville. Llegué a él llorando y desesperadamente buscando ayuda. Estaba segura, que todo eso era mi culpa, y que yo habría cometido algún pecado grande, pero no podría comprender cuál era. Estaba desanimada, destruida y ya no sabía qué hacer. Pero Dios, quien siempre es fiel a sus hijos, nunca me dejó salir de Su mano–y Él tenía un plan. 

Después de haber descargado todo lo que me había perseguido por más de una semana, el Dr. Somerville me preguntó primeramente por patologías previas, cuánto dormía y como estaba mi nivel de estrés. ¡Esto me sorprendió mucho! Ni en sueños había pensado que podría tener que ver con la salud. Ese día descubrí que sufría de depresión. 

Al principio me costó mucho aceptar eso. Pensaba que los cristianos nunca deben de estar deprimidos. ¡Después de todo, debían tener gozo en el Señor! Pero tuve que aprender rápidamente, que para nosotros los humanos, como seres espirituales y físicos, la depresión es más que solo tristeza. La misma puede convertirse en una condición paralizante, que puede resultar de debilidades espirituales o físicas. Desde el principio, muchos cristianos han sufrido de depresion. Estas deben ser combatidas con el cuidado de cuerpo y alma. 

Este episodio depresivo duró entre tres y cuatro semanas, pero mejoró claramente durante las vacaciones de navidad. Después de regresar al estudio en febrero, tuve una recaída. Eso finalmente me obligó a investigar qué causa médica podría existir. Resultó que yo presentaba un desequilibrio hormonal, y que sobre todo me faltaban algunas hormonas necesarias. Comenzamos a combatir el problema, pero durante todo el semestre seguí luchando con esa depresión. Si bien estaba cada vez mejor, el problema seguía siendo algo que debía superar a cada momento. 

Cuando recuerdo mis episodios depresivos, noto que honestamente fueron los tiempos, hasta ahora, más oscuros de toda mi vida. Me parecía como si incluso me había rechazado el Único a quien siempre me había dirigido durante las pruebas. Tenía la impresión como si el Salvador me había abandonado. Parecía como que ya no tendría ninguna relación con Jesucristo, como si realmente estuviera abandonada, y que por el resto de mi vida debería sufrir de esta manera. 

Pero, no importando cómo me sentí en este respecto, constantemente debía hacerme recordar… ¡que eso no era verdad! Tuve que aprender que, por más que mi cuerpo y mi espíritu cambiaran, ¡Dios no cambia nunca! Él es constante, y me ama del mismo modo en tiempos así como en tiempos buenos.

Después de que llegué a ser Su hija, me «pegué» a Él. Como dice Romanos 8:38-39, nada puede separarme del amor de Jesucristo. Tengo que confiar en Dios y apoyarme en Él cada minuto de cada día. Durante toda mi vida me había sentido realmente segura de mi relación con Dios. Pero una vez que fui golpeada por la depresión, llegué a ser más que nunca antes, dependiente de Él. Tuve que aprender a confiar, saber que Dios cumple Sus promesas–no importando lo que suceda. 

¡Todo cristiano debería aprender esta lección! Aprendí a ya no prestar atención a mi actual condición física, sino mirar más bien la gloria celestial, donde tendré un cuerpo perfecto, sin tacha y donde podré disfrutar eternamente de Su presencia. ¡Eso llegó a ser mi esperanza! Aún si por el resto de mi vida en esta Tierra debiera pasar por depresiones, eso estaría bien, porque Dios me da la fuerza para resistir. Un día en el Cielo ya no las tendré más. Dios me dio esta esperanza y diariamente me lo hace recordar. ¡Ni siquiera puedo decir que yo haya «caminado através de una depresión», porque Dios me ha cargado a través de ella! ¡Él me ha llevado todo el camino!

Aún tres meses después de mi depresión, sigo luchando constantemente con pensamientos errados, preocupaciones y sentimientos equivocados. Este tiempo ha dejado una cicatriz profunda con la que posiblemente tenga que vérmelas por el resto de mi vida. ¡Pero Dios es misericordioso y lleno de bondad! Diariamente Él me sigue dando fuerza y valor para enfrentar todo eso. Día a día noto cómo Él me sana y me impulsa hacia adelante. He aprendido a orar sobre todo eso– toda preocupación, pregunta o temor. ¡Eso me ha obsequiado una relación más estrecha con mi Salvador que no lamento! Sigo en proceso de descubrir lo que contribuye a mi sanación, y trabajo en mis hábitos de dormir, el deporte y la alimentación. Esto es un proceso lento, que requiere de mucho probar, pero Dios lo utiliza para enseñarme paciencia constantemente, y a confiar solamente en Él. 

Las tres cosas más importantes que le recomiendo a alguien que sufra de depresiones, las que yo misma tuve que aprender cuando pasé por mi prueba, son: 

1. Vea primero si existe una causa médica. En este punto tuve realmente que humillarme, porque soy una jugadora de vóleybol joven del equipo de nuestra universidad. ¡Yo debería estar bien! Tuve que aceptar que primero tenía que ocuparme de mi salud, antes de poder seguir con mi vida «normal». A veces, debemos primero ver lo primero en los aspectos terrenales de un asunto, antes de atribuirlo solamente a razones espirituales. 

2. Recuerde diariamente la verdad. Aprenda a hablarse a sí mismo, en lugar de escucharse a sí mismo. ¡Desearía haber aprendido esto mucho antes! Una depresión puede llevar a que sus pensamientos solo den vueltas en círculos. Se repasa una y otra vez los mismos pensamientos, aquellos que más lo condenan a uno. Tuve que aprender a ya no escuchar estos pensamientos constantes y obsesivos, y en lugar de eso llenar mi mente con la verdad. El Dr. Somerville me enseñó cómo puedo tomar cautivo todo pensamiento y llenar mis pensamientos más bien con aquello que la Biblia llama verdad. Filipenses 4:4-9 es lo que más me ayudó en eso. 

3. Piense en Romanos 8:28. Este posiblemente haya sido el versículo más terapéutico durante mi depresión. Constantemente me preguntaba por qué Dios me dejaba pasar por algo así, y cómo eso jamás podría ser bueno. Tuve que ser recordado, ¡que Dios hace solamente aquello que más lo glorifica, y lo que es lo mejor de lo mejor para Sus hijos! Tuve que aprender a no mirar más mi situación actual, sino mirar hacia adelante a la Eternidad, y reconocer, que Él hace esto para mi propio bien y para Su glorificación. Hoy puedo decir que, a muchas personas les di ánimo con mi testimonio, hablando de cómo ser dependientes de Dios. Y lo más importante: ¡Dios hizo que mi relación con Él, como mi Redentor, sea más fuerte que nunca antes! Por eso solo puedo decir: ¡Alabado sea el Señor!

Fragmento resumido de: Robert B. Somerville, Christ und depressiv – wie kann das sein? (¡Un cristiano depresivo! – ¿Cómo es posible?).

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