Notre Dame es más que un hermoso edificio, es un símbolo

Nathanael Winkler

Justo al inicio de la Semana Santa se incendió la catedral de Notre Dame de París. Los medios de comunicación reaccionaron con consternación. La gente lloraba. Muchos oraban delante del edificio en llamas. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, anunció de inmediato su reedificación y llegaron de todas partes del mundo promesas de donaciones para el proyecto.

Todo esto es notable. Pero me vi obligado a pensar en los atentados terroristas en países de África, en donde personas creadas a la imagen de Dios son asesinadas. Ante tales tragedias, el pesar internacional es limitado. Sin embargo, cuando una obra hecha por hombres se incendia en uno de nuestros países occidentales, la congoja no tiene límites.

Después de todo, resulta una reacción lógica: Notre Dame es más que un hermoso edificio, es un símbolo. Representa un elemento condenado a desaparecer en nuestros días, algo que se está “quemando”: el cristianismo, quien supo durante mucho tiempo dominar Occidente con sus valores morales. En este sentido, la catedral incendiada de París es una imagen acertada, una buena ilustración del cristianismo actual: una linda fachada, pero sin contenido ni mensaje. Y esta también es la razón por la cual está desapareciendo.

La iglesia de Notre Dame fue construida entre los años 1163 y 1345. Seis generaciones trabajaron en ella durante casi 200 años. La catedral es una de las más antiguas iglesias de estilo gótico de Francia. También es un lugar emblemático de París. Su restauración durará unos cinco años, según se prevé.

Las dos torres de piedra natural tienen 69 m de altura. La nave posee una longitud interior de 130 m, una anchura de 48 m y una altura de 35 m. Cuenta con un aforo de 10 000 personas. La catedral fue construida para simbolizar la grandeza de Dios, sin embargo, el lamento de la prensa fue a causa de la destrucción de un bien cultural occidental –apenas se habló de la fe cristiana, algo típico en nuestro tiempo–. La Catedral de Notre Dame de París, como es su nombre completo, es la catedral del arzobispado católico romano de la capital francesa. Su nombre significa ‘Nuestra Señora de París’ por estar dedicada a la “madre de Dios”, María.

El edificio es una obra maestra de la arquitectura y posee una belleza insuperable. A pesar de esto, todo su esplendor exterior resulta vano si dentro de sus muros no se adora a Dios Padre en espíritu y en verdad. El primer templo de Jerusalén estaba cubierto con oro, con una valoración actual de unos diez mil millones de euros. A pesar de esto, Dios mismo dijo con ocasión de la dedicación del edificio: “Mas si obstinadamente os apartareis de mí vosotros y vuestros hijos, y no guardareis mis mandamientos y mis estatutos que yo he puesto delante de vosotros, sino que fuereis y sirviereis a dioses ajenos, y los adorareis; yo cortaré a Israel de sobre la faz de la tierra que les he entregado; y esta casa que he santificado a mi nombre, yo la echaré de delante de mí, e Israel será por proverbio y refrán a todos los pueblos; y esta casa, que estaba en estima, cualquiera que pase por ella se asombrará, y se burlará, y dirá: ¿por qué ha hecho así Jehová a esta tierra y a esta casa? Y dirán: por cuanto dejaron a Jehová su Dios, que había sacado a sus padres de tierra de Egipto, y echaron mano a dioses ajenos, y los adoraron y los sirvieron; por eso ha traído Jehová sobre ellos todo este mal” (1 Reyes 9:6-9).

Estas palabras nos dan qué pensar cuando comparamos a Notre Dame en llamas con el estado espiritual del cristianismo actual.

Acerca del segundo templo, aun más majestuoso que el primero, Jesús dijo: “¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada” (Mateo 24:2).

Aunque la catedral de Notre Dame sea restaurada, es tan solo una reliquia del pasado sin ninguna esperanza verdadera. El Señor dijo a la iglesia de Sardis, en Apocalipsis 3:1: “Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto”. El que está muerto, en un sentido espiritual, carece de esperanza, anda ciego y perdido. ¡Nuestro fiel Dios nos guarde de ser lindas fachadas sin vida interior! Maranatha, ¡ven, Señor nuestro!

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