No todo pecado es igual

René Malgo

A veces nosotros los cristianos tenemos que abordar temas muy serios. Esta edición tiene ese propósito. Hay muchas cosas que pueden llevar a la caída a una persona y, finalmente, pueden llegar a destruirla. Pero, hay un área en la cual las asechanzas del diablo son especialmente pérfidas y destructivas. Y es necesario –hoy más que nunca– advertir contra ellas sin falsa timidez, aunque no sea un tema agradable.

En nuestro artículo principal, el autor y profesor en teología Jeff Kinley, toca un tema delicado, no apto para niños, pero que está trastornando en gran manera a jóvenes y adultos: la inmoralidad sexual.

De una manera muy interesante, Kinley muestra la relación entre la profecía para el tiempo final, el tiempo de Noé, y la actual decadencia moral en cuanto a la sexualidad, y lo avanzado que esto está. Desarrolla el tema con sensibilidad, pero sin ocultar nada. No maquilla la realidad. Y lo que es cierto para Estados Unidos –de donde él es parte –lamentablemente hace mucho que también es actual en Europa y en todo el mundo occidental. Los pensamientos de Kinley son tomados de un libro de su autoría acerca del tiempo final (As It Was in the Days of Noah).

Cuando leemos Romanos 1, vemos que el colmo de la ira divina sobre toda la impiedad y la injusticia del hombre, se alcanza con las “pasiones vergonzosas” (Ro. 1:26). Es una señal de juicio cuando Dios entrega a una sociedad a cambiar “el uso natural por el que es contra naturaleza”. Duele, y como es comprensible, al hombre moderno no le gusta leer esto. Y sí, sin duda es cierto que: cada ser humano individualmente es amado y buscado por Dios –para todos Cristo fue a la cruz, sin importar si es homosexual, lesbiana o quiere ser algo intermedio. No hay pecado o desviación que sea demasiado grande para el perdón. Dios busca a los pecadores. Pero, es como Kinley muestra en su artículo: no todos los pecados son iguales. Y en el mismo, podemos leer el porqué de esto.

Tiene su fundamentada razón el hecho de que la Biblia esté llena de órdenes de santificarse, y una y otra vez nos llame a huir de la inmoralidad. “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros”, ordena Pablo, “fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Col. 3:5). Como cristianos, debemos ser diferentes al resto del mundo. No le hacemos ningún bien a los que no creen, si vivimos desordenadamente y aplaudimos o toleramos todo lo que haría una persona incrédula. Si no dejamos brillar nuestra luz, no somos luz.

El amor es necesario. No podemos odiar ni menospreciar a nadie. Pero, lamentablemente, cuando hablamos de homosexuales e inmorales, nosotros los creyentes, muchas veces, damos esa impresión. Está mal. Incluso los pecadores más grades fueron creados a la imagen de Dios y diseñados para la gloria de Dios, no para el desvío, la muerte y la destrucción. El amor desinteresado forma parte de la luz.

También lo hace la verdad. Decir que el camino de la inmoralidad y la impureza conduce a la perdición, es una expresión de amor. Precisamente, al respecto, Pablo enfatiza: “Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos” (Ef. 5:6-7).

La inmoralidad sexual lleva a la esclavitud. Y el remedio contra esta esclavitud de las tinieblas, solamente puede ser la luz misma: Jesucristo. Si ocupamos nuestro pensamiento con Él, si crecemos en el conocimiento de Su Persona y de Su amor, si le obedecemos y le seguimos, es decir, si nos concentramos en “todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza”, entonces el “Dios de paz” estará con nosotros, hasta en la mayor oscuridad de este tiempo (Fil. 4:8-9; comp. Efesios 3:14-19; 5:1-2; 1 Juan 2:1-5). ¡Maranata, ven, Señor Jesús!

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