No os afanéis

Nathanael Winkler

En el correr de esta crisis sanitaria, hemos escuchado múltiples voces de políticos, virólogos, médicos, profesores y otros especialistas con opiniones muy divergentes. ¿Quién tenía al final la razón? ¿En quién creímos? Cada nación, Estado o provincia enfrenta el problema de manera distinta. Algunas opiniones fueron silenciadas y ridiculizadas por los medios de comunicación de mayor tendencia. El mundo entero se detuvo. Desde la Segunda Guerra Mundial nunca hubo tal estado de emergencia global. ¿Cómo saldrán adelante las pequeñas empresas, las compañías aéreas o el sector de la hostelería y los restaurantes? ¿Cuán alto será el precio a pagar en la lucha contra el virus?

Las democracias se vieron transformadas en Estados policiales. El control de la ciudadanía fue llevado a cabo a través de drones de vigilancia y el rastreo de teléfonos móviles. La policía italiana persiguió en helicóptero a un grupo de pescadores, y en España, un surfista fue arrestado por una unidad de operaciones especiales. Se recurrió a métodos que en otros tiempos habían sido utilizados tan solo para combatir el terrorismo. Volvieron los controles fronterizos y no quedó mucho de la “Unión” europea. Desapareció también la multiplicidad de géneros impuesta por la ideología de género, ya que las estadísticas de casos confirmados por coronavirus solo enumeraban a hombres y mujeres. De repente, los padres estaban en casa y disponían de tiempo para estar con sus hijos. Las guarderías y jardines estaban cerrados, y las escuelas y colegios dictaban clases vía internet, a la vez que muchos padres optaban por el teletrabajo.

¿De qué nos servirá esta crisis? Algunos cristianos hablan de conspiraciones ocultas detrás de todo lo sucedido. Sin embargo, ¿no es la crisis del coronavirus un llamado de Dios? Él quiere que nos humillemos delante de Él, que lo busquemos y cambiemos nuestra manera de pensar. El tiempo de gracia sigue vigente, pues Dios aún está hablando.

Pero esta situación también nos recuerda que llegará el tiempo donde Dios hablará por última vez. Este sí será un tiempo de juicio divino que vendrá sobre toda la Tierra (Apocalipsis 6:7-8; 9:13-15). Sin embargo, en la Gran Tribulación, los hombres se obstinarán en su rebelión (Apocalipsis 9:20-21), en la misma que observamos en la actualidad.

Aunque Dios nos muestra que no somos capaces de tenerlo todo bajo control, el ser humano sigue promocionando el lema: “¡Nosotros podemos!”. Es posible que logremos controlar la extensión de algunas pestes y catástrofes, y en parte podamos evitarlas, pero seguirán apareciendo. La rebelión humana culminará con una nueva adoración: el culto al Anticristo.

Los sucesos de los últimos meses nos muestran lo sencillo que es obtener el control sobre toda la humanidad. El confinamiento, necesario para combatir la pandemia, fue acatado de manera global, sin protestas. En muchos lugares, los movimientos comerciales solo podían efectuarse a través de pago electrónico. El Anticristo sabrá cómo utilizar estos acontecimientos, pues es muy inteligente (Daniel 8:23-25), retórico, (Apocalipsis 13:5,11-12), político (Apocalipsis 17:11-13), economista (Apocalipsis 13:16-17), militar (Apocalipsis 13:4) y religioso (Apocalipsis 13:8), como muestra el escritor Mark Hitchcock en su libro ¿Quién es el Anticristo?, donde escribe: “Tendrá respuestas a los grandes problemas de la humanidad. […] Será la obra maestra del engaño satánico y el falso mesías del mundo. Con ilimitado entusiasmo, las grandes masas lo seguirán y le entregarán el trono de sus corazones, aceptándolo como salvador y dios del mundo”.

Frente a esto, el Señor Jesucristo nos ofrece una invitación llena de gracia: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28). Los cristianos no esperamos al Anticristo, sino a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. No sabemos el día ni la hora en que vendrá, por eso velamos y oramos. La Palabra de Dios nos insta a que no nos preocupemos, sino que echemos nuestra ansiedad sobre el Señor y busquemos, sobre todas las cosas, su reino y su justicia (Mateo 6:25-33; Filipenses 4:6-7). Pues: “el que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro. 8:32). Esta es la razón por la cual debemos fijar bien nuestras prioridades, a pesar de toda esta inseguridad.

Pensemos en la iglesia de Tesalónica. Su situación era similar a la del tiempo final. Sufrían persecución, duelo y angustia. Pero a pesar de ello, Pablo alababa a los tesalonicenses por su firmeza y crecimiento en la obra del Señor y en el amor. ¿Por qué? Porque esperaban el retorno de su Señor y no permitían que las circunstancias o las preocupaciones los absorbieran. Cristo era su única meta, Él llenaba sus vidas. Así debe ser hoy con nosotros: “¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!”.

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