Lutero no cayó del cielo

René Malgo

En este año, con el 500 aniversario de la Reforma protestante, se publican un sinnúmero de artículos y libros que conmemoran los logros, pero también los pecados de Martín Lutero y de otros reformadores. También Llamada de Medianoche tematiza durante este año la importancia de la Reforma.

Parece que el tono general de las publicaciones sería más bien el de crítica contra Lutero y de un sentimiento de superioridad. Los teólogos evangélicos conservadores se quejan de que haya permanecido demasiado cerca de la Iglesia Católica. Sin embargo, no se dan cuenta de lo extraordinarios y revolucionarios que fueron los conocimientos y las ideas de Lutero en la cultura de aquel entonces. Resulta irónico que, muchas veces, los mismos teólogos fundamentalistas tienden a no mirar más allá del límite de su propia cultura. Si criticamos a Lutero–y ciertamente hay cosas en su vida que podemos cuestionar–tendríamos que cuidarnos mucho de no hacerlo como cristianos que se cierren a toda reforma y que, tal como la Iglesia Católica Romana, se aferren a dogmas rígidos, sin ninguna disposición a reconsiderar los propios sistemas y premisas con base en la Biblia. Lutero, como teólogo católico romano, lo hizo.

La peligrosa trampa en la cual podemos caer, justamente en este año de conmemoración de la Reforma, es la de ver continuamente lo que hay que corregir en otros, ­pero no en nosotros mismos. También nosotros, como cristianos evangélicos, necesitamos una reforma. No existe ningún sistema perfecto, ninguna iglesia perfecta ni teología perfecta, por eso cada posición debe ser revaluada una y otra vez con base en la Santa Escritura. Los 2000 años de historia eclesiástica deberían alcanzar para enseñarnos esto.

Por supuesto que el reformador alemán no carecía de pecado. Si celebramos sus logros, no deberíamos negar sus lados oscuros. Su odio contra los judíos hacia el final de su vida, es y permanece siendo injustificable. Es verdad que existen explicaciones para esta terrible actitud. Si bien estas no embellecen el antisemitismo de Lutero, sí corrigen nuestro enfoque, de manera que se nos hace más difícil condenar a Lutero desde una posición de cómoda superioridad. Pues fueron justamente las expectativas de Lutero para el tiempo postrero las que contribuyeron, hacia el final de su vida, a estos ataques contra el pueblo elegido de Dios, Israel.

Hay historiadores laicos y católicos que cuestionan la interpretación protestante de la Reforma. Subrayan que la Reforma no comenzó porque Lutero buscaba a un Dios de gracia y lo encontró en la Santa Escritura– como se anuncia generalmente en nuestros círculos. Dicen que el descubrimiento del Dios de gracia vino recién más tarde. Estos teólogos enfatizan más la continuidad del pensamiento de Lutero a partir de los teólogos y pensadores medievales anteriores de él. Su opinión ciertamente no es errónea. La Reforma ocurrió cuando el tiempo estaba maduro. Lutero no cayó del cielo. Como cualquier otra persona, estaba formado y marcado por la cultura y el tiempo en el cual vivía y por los eruditos cristianos que lo habían precedido– así como nosotros hoy en día.

Es verdad que las 95 tesis que Lutero clavó, según la tradición, en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg en octubre de 1517, no tienen mucho que ver con la doctrina de justificación por la cual el reformador se hizo famoso más tarde. Y como demuestra el historiador Carl Trueman, ya antes de las 95 tesis, Lutero había dicho cosas mucho más radicales sobre la fe verdadera, en las cuales la cruz del Señor desempeñaba un papel central. Y este lugar central de la cruz en la teología de Lutero es el legado que nosotros, como protestantes evangélicos, podemos y debemos hoy recibir de él. ¡Por eso, a 500 años de la Reforma, dejémonos llamar a volver a la cruz!

Hasta que nuestro Señor regrese para nuestra redención, queremos permanecer junto a Su cruz, a Su obra de salvación, a Su amor y a Su Persona. No queremos saber “cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado” (1 Corintios 2:2). ¡Maranata–ven, Señor Jesús! ¡Quizá sea en este año!

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